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Un jardín digital para cultivar la curiosidad y el placer de repensar el cerebro, la mente y la conciencia.

Complejidad, evolución, ciencias cognitivas, causalidad, sentido. La inferencia de ser sistemas dentro de sistemas al borde del caos... y sonreír. El significado del símbolo Psi (ψ), letra que suele emplearse como símbolo de la psicología, surge a partir de su asociación con la palabra griega ψυχή (psykhē), que originalmente tenía el significado de «mariposa» (de hecho, podemos asimilar fácilmente

30/08/2025

Felicidad es compartir.

Los resultados del Framingham Heart Study evidencian que el estado de ánimo de quienes nos rodean influye en el nuestro y que esos efectos pueden propagarse más allá de las relaciones directas, hasta tres grados de separación: el bienestar de un amigo, de un amigo de ese amigo e incluso de uno más puede incidir —aunque con menor intensidad— en cómo nos sentimos.

El estudio, longitudinal, siguió a 4.739 personas durante 20 años y muestra que la felicidad no es solo una experiencia individual, sino un fenómeno social.

Las gráficas muestran una “red social” empleando un conjunto restringido de lazos —hermanos, cónyuges y amigos. Para resaltar la agrupación por estado anímico, cada nodo está coloreado en un espectro que va del azul (infeliz) al amarillo (feliz).

Aunque la felicidad responde a múltiples factores —desde la genética y la salud hasta el empleo, los ingresos y acontecimientos vitales— esta investigación pone el foco en la influencia recíproca entre personas conectadas socialmente.

Las personas felices tienden a ocupar posiciones centrales en sus redes y forman clústeres de bienestar; de igual modo existen agrupaciones donde predominan la infelicidad y la desafección.

La transmisión emocional puede explicarse, en parte, por mecanismos de imitación y “contagio emocional”: copiar expresiones faciales y conductas emocionalmente relevantes facilita que otros capten y reproduzcan un mismo estado anímico.

Desde una perspectiva evolutiva y social, la circulación de emociones positivas cumple una función colectiva: al mostrarlas reforzamos vínculos, premiamos comportamientos cooperativos y fomentamos el mantenimiento del contacto social.

Gestos como la risa o la sonrisa —con raíces en expresiones de primates— no solo expresan un estado interno, sino que activan respuestas agradables en otros y contribuyen a la cohesión grupal, lo que habría sido ventajoso para grupos humanos y homínidos organizados en redes más amplias que las de pares aislados.

Las implicaciones para la salud pública son relevantes. Reconocer que estamos insertos en redes sociales cuyos estados emocionales nos afectan abre nuevas vías para la promoción de la salud mental.

26/08/2025

🤖💡 👤 El en el AULA MAYOR dialogarán el computólogo Carlos Coello y el escritor sobre . ¿La puede pensar, crear, sentir… o solo imitar?

☝️🤓 Además podrás adquirir y firmar el libro "No soy un robot", de Juan Villoro, por Editorial Anagrama.

🔸 Lunes 25 de agosto · 18 h
🔸 Ciclo: Miedos, mitos y verdades de la computación

📍 Actividad presencial

🌐 https://colnal.mx/agenda/que-tan-humana-es-la-inteligencia-artificial/

INAOE Centro de Investigación y de Estudios Avanzados Tecnológico de Monterrey Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM Facultad de Derecho, UNAM, Oficial Los Testigos de Villoro

17/08/2025

Could the greatest threat to humanity be a trap of our own making?

In this wide-ranging interview, science communicator and poker champion Liv Boeree introduces the concept of Moloch: a metaphorical deity representing destructive, runaway competition between individuals.

From the perverse incentives of social media to the “race to the bottom” dynamics in business and AI, Boeree explores how individually rational actions can lead to collectively irrational outcomes.

Why do we keep choosing short-term gains that harm the long-term good? Why does it feel impossible to stop?

Drawing on insights from game theory, behavioural psychology, and technology, Boeree paints a picture of a world locked in a high-stakes coordination problem. She reflects on the addictive dopamine cycles of virality, the hidden cognitive costs of over-reliance on technology, and the sacrificing of some human values over others under capitalism.

Escaping the grip of Moloch, Boeree argues, will require not just better tech, but better collective wisdom. Tap the link to watch the full interview now: https://iai.tv/video/competition-destroys-collective-intelligence

06/08/2025

Lo que en estudios de género se conoce como escuela de pensamiento esencialista propone que las diferencias de género surgen de disparidades innatas en la composición biológica de mujeres y hombres. Además de señalar las diferencias físicas, la perspectiva biológica esencialista sugiere que las mujeres y los hombres poseen variaciones cromosómicas y hormonales distintas que influyen en sus roles sociales específicos: la esencia de la masculinidad y la feminidad. Según esta perspectiva, la mujer es cariñosa y está en sintonía emocional de forma instintiva, mientras que el hombre es intrínsecamente un sustentador y protector más competente. Las teorías esencialistas suelen asumir que el nexo entre la corporeidad de género y los comportamientos específicos de género nace de las diferencias hormonales y neurológicas entre el hombre y la mujer, aunque no todos los científicos coinciden. Según un extendido enfoque basado en la psicología evolutiva, los roles sexuales del mundo moderno siguen el mismo patrón prescrito por naturaleza por el cual los hombres cazan y las mujeres buscan comida y cuidan a los niños. Hay quienes sostienen que cada s**o es el más adecuado para su función asignada porque ha desarrollado las características óptimas para llevarla a cabo: podría decirse que, por ejemplo, la fuerza de la parte superior del cuerpo del hombre (en promedio mayor que el de la mujer) y los altos niveles de testosterona (que aumentan la tendencia a la agresión y a la asunción de riesgos) hacen que sea más apto para la caza. Cuando la ciencia desarrolló sus ideas del género como un concepto binario, se echó mano de la biología para justificar la asociación del hombre con la racionalidad y la cultura, y la de la mujer con la emotividad y la naturaleza. Esta disparidad de poder ha sido difícil de derribar.

Pese a ello, hay científicos que cuestionan cada vez más el modelo de género que se centra en la diferenciación y que centran, por el contrario, en señalar las similitudes entre mujeres y hombres. Existen, en concreto, algunos que rechazan lo que llaman neurosexismo y que ponen en tela de juicio la idea de que hombres y mujeres son neurológicamente diferentes. En su libro Delusions of Gender(Cuestión de s**os, 2010), Cordelia Fine argumenta que el cerebro de hombres y mujeres es «flexible, maleable y cambiable». Lise Eliot, académica médica, también cuestiona que hombres y mujeres están hechos de manera diferente, y en 2010 señaló que «no hay casi nada que hagamos con nuestro cerebro que sea innato. Cada habilidad, atributo y rasgo de personalidad se ven moldeados por la experiencia». Según este modelo, la fisiología humana es la causa de la conducta y, a la vez, se ve afectada por ella; nuestras experiencias conectan nuestro cerebro, que retroalimenta la forma en que experimentamos las cosas. En Gender Trouble [El género en disputa, 1990), la filósofa y académica de estudios de género Judith Butler (nacida en 1956) separa aún más el s**o biológico del género: «Cuando la condición construida del género se teoriza como algo por completo independiente del s**o, el género mismo pasa a ser un artificio ambiguo, con el resultado de que hombre y masculino pueden significar tanto un cuerpo de mujer como uno de hombre, y mujer y femenino tanto uno de hombre como uno de mujer». Históricamente, al igual que en la sociedad contemporánea, la moral es clave en la construcción de la feminidad. Junto con los valores culturales y los derechos legales, la religión también es importante a la hora de establecer y mantener los códigos morales y los roles de género. Los códigos morales religiosos que hacen hincapié en la pureza de la mujer y en la importancia de su castidad legitiman la segregación sexual en la vida pública y en la práctica religiosa. Los cambios en las circunstancias y en las políticas económicas pueden contradecir la visión religiosa del género.

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06/08/2025

En el libro recientemente publicado por el conocido biólogo Lewis Wolpert, Why Can’t a Woman Be More Like a Man?: The Evolution of S*x and Gender [¿Por qué una mujer no puede ser más como un hombre? La evolución del s**o y el género], tras repasar toda una retahíla de "diferencias naturales incrustadas en nuestros genes", termina diciendo que la "respuesta obvia" a la famosa pregunta de Henry Higgins en My Fair Lady, «¿Por qué las mujeres no pueden ser como los hombres?», es "porque somos diferentes, y así será siempre". Al parecer, esta es la única conclusión sensata que puede extraerse. Después de todo, el argumento de que la testosterona y el cromosoma Y no influyen en nuestra forma de pensar y sentir atenta contra la credibilidad. Asumir que, por necesidad, estos dos agentes biológicos de determinación del s**o no solo crean un sistema reproductivo masculino, sino también una psique ostensiblemente masculina, encaja perfectamente con la antigua visión de la selección sexual, según la cual suele existir un vínculo sólido y predecible entre el hecho de ser un productor prolífico de es***ma barato y un comportamiento típicamente masculino. Pero, incluso en los animales no humanos, el s**o biológico no siempre determina la naturaleza sexual, especialmente en nuestro caso. Las realidades biológicas de la reproducción nunca son irrelevantes, pero incluso en el caso de los escarabajos peloteros y de los acentores existen otros factores que pueden influir enormemente también en el comportamiento relacionado directamente con el apareamiento y el éxito reproductivo. Estos ejemplos nos llevan a la sorprendente conclusión de que el s**o biológico puede no ser la fuerza fija y polarizadora por la que solemos tomarlo.

Esta visión tan claramente binaria de los s**os se ve reforzada por el supuestamente innegable estado del mundo. El 98-99% de la población tiene, o bien cromosomas XY y ge***ales masculinos (testículos, próstata, vesículas seminales y pene), o bien cromosomas XX y ge***ales femeninos (ovarios, trompas de Falopio, va**na, labios va**nales y clítoris). La neurocientífica de la Universidad de Tel Aviv Daphna Joel se refiere a estos tres marcadores claves de la masculinidad y de la feminidad como s**o genético, s**o gonadal y s**o ge***al; o, para abreviar, s**o 3G. Pero esta explicación, según la cual el s**o de una persona depende de la presencia o ausencia del todopoderoso cromosoma Y, es demasiado simple. La visión de Testosterona rex podría servir si los hombres fueran así y las mujeres fueran asá. Cuando caemos en generalizaciones del tipo «los hombres son competitivos, las mujeres son cariñosas», las diferencias en los niveles de testosterona parecen una explicación lógica. Pero ¿acaso puede la historia de Testosterona rex explicar de qué forma se materializan las diferencias entre los s**os? O, por ejemplo, ¿puede explicar de dónde se saca que «los chicos son como son», teniendo en cuenta que no existe un perfil masculino esencial que agrupe a un chico o a un hombre con el resto de los chicos u hombres, a la vez que los separa irrefutablemente de las mujeres? ¿Cómo encaja la historia de Testosterona rex con el hecho de que el comportamiento de género no produce una sola dimensión que discurra desde la masculinidad hasta la feminidad, o incluso solo dos dimensiones, en contra de lo que se pensaba en el pasado? Solo cuando se parte de concepciones del género unidimensionales o bidimensionales, simplistas y desfasadas tiene sentido suponer que un nivel más elevado de testosterona puede aumentar la masculinidad del individuo y/o disminuir su feminidad. Pero esta idea deja de tener sentido cuando la masculinidad y la feminidad son multidimensionales y la mayoría de personas poseen «una complicada variedad de características masculinas y femeninas».

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06/08/2025

La mayoría de las personas, y muchos investigadores, emplean los términos género y s**o de manera intercambiable, lo que es un error. Si consideramos una habitación llena de gente, por lo general podemos distinguir a los machos de las hembras. Nos gusta pensar que utilizamos para hacerlo buenas características biológicas, como la forma del cuerpo, la presencia de pechos y la forma de la cara y la cabeza. Pero no lo hacemos. Utilizamos básicamente detalles como el vestido, los estilos de peinado y de maquillaje, la postura, las maneras de hablar y de andar, y la manera en que la gente se «comporta». Para los humanos, el género es lo que importa. Género se refiere a las construcciones sociales, culturales y psicológicas que se imponen a las diferencias biológicas del s**o. A diferencia de otros organismos que se reproducen sexualmente, incorporamos el hecho del s**o biológico a una compleja red de género. Nunca se trata solo de nuestro s**o. El s**o es biología, masculina o femenina, basada en cromosomas y en si uno produce o no es***matozoides u óvulos. El género es mucho más que biología. La formación del género es el proceso por el que machos y hembras desarrollan las características psicológicas y de comportamiento esperadas que los equipan para las tareas que su s**o realiza típicamente en las sociedades en las que crecen. Tendemos a pensar que el género es binario (masculino o femenino), pero la cosa no funciona así. En la mayor parte de las sociedades, pero no en todas, hay un espectro entre lo masculino y lo femenino. En un extremo tenemos la feminidad total y en el otro la masculinidad total, y la mayoría de la gente se halla entre estos puntos. En nuestra sociedad, esperamos que las hembras según el s**o caigan en gran parte en el lado de comportamiento femenino y que los machos según el s**o se hallen principalmente en el lado masculino. Los comportamientos que asociamos culturalmente con la masculinidad, como autoafirmación, agresión e interés intenso en los deportes, se consideran normales para el s**o masculino. De modo que cuando hay mujeres que muestran estos comportamientos, consideramos que se comportan como hombres en el espectro del género. En relación al s**o, esperamos que un socio de uno de los componentes de una relación sexual actúe de manera femenina y que el otro actúe de manera masculina; esperamos la complementariedad de género en las interacciones sexuales. Las parejas del mismo s**o pueden cuestionar las expectativas sociales porque muchos de nosotros asociamos firmemente el género con el s**o biológico y esperamos que el comportamiento siga los supuestos de género acerca de patrones de reproducción heterosexual, aun cuando muchos individuos de nuestra especie no lo hacen. Nuestra opinión de dichos roles y expectativas divergentes, y necesariamente complementarios para el género ofuscan nuestra capacidad para ver en realidad que los géneros no son tan diferentes como pensamos.

La psicóloga Janet Shibley Hyde propuso la hipótesis de las semejanzas de género hace más de una década. Dicha hipótesis sostiene que machos y hembras son similares en la mayoría de las variables psicológicas, pero no en todas. Es decir, hombres y mujeres, así como chicos y chicas, son más parecidos que diferentes unos de otros. El género importa porque es una parte fundamental del tejido social en que todos los humanos desarrollan la manera en que ven e interpretan el mundo. El género también importa porque modela nuestra biología, incluso al nivel de nuestro cerebro. Hay una investigación sustancial que demuestra que hay diferencias estructurales muy limitadas entre el cerebro masculino y el femenino. En realidad, hay mucha más variación entre toda la gama de cerebros humanos que la que existe entre el cerebro masculino y el femenino, de manera que la investigación sobre la variación cerebral se suele realizar mejor no al nivel de comparar el cerebro masculino con el femenino, sino al nivel de la variación entre individuos y poblaciones. Podemos identificar algunas pautas de diferencia entre el cerebro del macho adulto y de la hembra adulta que parecen tener su base en las diferencias en el s**o biológico, pero son muy matizadas y por lo general están representadas por cambios en las densidades de las neuronas o por los patrones de conectividad entre áreas pequeñas y muy específicas del cerebro. Si sostuviéramos un cerebro humano en la mano, no habría manera de decir con seguridad si se trataba de un cerebro masculino o femenino simplemente mirándolo. En los niños, es muy difícil encontrar alguna diferencia en el funcionamiento o la estructura de los cerebros femenino y masculino. Pero he aquí la sorpresa: hay pautas en la función del cerebro humano adulto que nos ayudan a separarlos por género. A medida que un humano se desarrolla, los patrones de conexiones que el cerebro desarrolla están influidos por la experiencia del individuo cuando él o ella adquieren el género. El proceso por el que los humanos adquirimos el género modela nuestra neurobiología.


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05/08/2025

El Principio de Energía Libre (PEL) se presenta como un marco teórico unificado que busca comprender cómo los sistemas adaptativos se auto-organizan. Esta teoría postula que los sistemas vivos están intrínsecamente motivados para minimizar una cantidad denominada "energía libre" con el fin de preservar su integridad y contrarrestar la tendencia natural hacia el desorden entrópico. La energía libre, en este contexto, se relaciona directamente con la noción de sorpresa o la improbabilidad de las percepciones sensoriales que experimenta un agente, todo ello en función de su modelo interno de cómo funciona el mundo. En esencia, un sistema con un modelo preciso de su entorno experimentará menos sorpresa, lo que se traduce en una menor energía libre. La Inferencia Activa (IA) emerge como una formulación específica del PEL que describe los mecanismos por los cuales los agentes, ya sean de naturaleza biológica o artificial, logran minimizar esta energía libre. La IA sostiene que esta minimización se lleva a cabo a través de dos procesos fundamentales: la percepción y la acción. En este marco, la percepción se entiende como el proceso de actualizar las creencias internas del agente para que se ajusten mejor a las entradas sensoriales, mientras que la acción se concibe como la modificación del entorno por parte del agente para que se corresponda con sus predicciones internas. La IA unifica así la percepción, la acción y el aprendizaje bajo el principio rector de minimizar la energía libre esperada (EFE). Los agentes, según este principio, emplean modelos generativos internos que codifican sus creencias sobre cómo los estados ocultos del entorno causan sus sensaciones, y actúan de manera proactiva para reducir la incertidumbre y alinear sus predicciones con la realidad experimentada.

En el ámbito de la neurociencia, se han realizado estudios que investigan cómo el cerebro representa valores e incertidumbres, como la novedad y la variabilidad, y cómo resuelve estas incertidumbres bajo el marco de la inferencia activa en el contexto del equilibrio entre la exploración y la explotación. La evidencia sugiere que la inferencia activa explica mejor la toma de decisiones humana en situaciones de novedad y variabilidad en comparación con los modelos tradicionales de aprendizaje por refuerzo. Además, se ha logrado disociar la energía libre esperada y las diferentes formas de incertidumbre, identificando sus correlatos neuronales, lo que respalda la validez constructiva de la inferencia activa para caracterizar los procesos cognitivos de las decisiones humanas. Esto indica que la inferencia activa proporciona un marco teórico potente para comprender los procesos cognitivos subyacentes a la toma de decisiones humana, especialmente en situaciones que implican incertidumbre y la necesidad de equilibrar la exploración de nuevas opciones con la explotación de las conocidas. La inferencia activa también se ha aplicado para comprender una amplia gama de procesos cognitivos básicos, como la percepción, la toma de decisiones y el aprendizaje. Se presenta como una teoría unificada de la percepción y la acción, donde ambos procesos están impulsados por el objetivo fundamental de minimizar la diferencia entre lo que se espera y lo que realmente se experimenta, lo que se conoce como error de predicción. Esta perspectiva sugiere que procesos cognitivos aparentemente distintos podrían basarse en principios computacionales comunes, ofreciendo una explicación parsimoniosa y coherente de la cognición.


31/07/2025

Las personas no siempre desean el compromiso que supone un emparejamiento a largo plazo. Los hombres y las mujeres buscan a veces deliberadamente una relación corta, una unión temporal o una breve aventura. Y cuando lo hacen, sus preferencias cambian, a veces de forma espectacular. Una de las decisiones cruciales que tienen que tomar los humanos a la hora de escoger un compañero es si lo que buscan es una pareja a corto plazo o a largo plazo. Las estrategias sexuales que se desarrollan dependen de dicha decisión. La teoría darwiniana de la selección sexual comienza a explicar la conducta de emparejamiento identificando dos procesos decisivos en el cambio evolutivo: la preferencia por una pareja y la lucha por ella. Pero, durante un siglo, los científicos (varones) se opusieron enérgicamente a esta teoría, en parte debido a que la elección activa de pareja parecía conferir un poder excesivo a las hembras, que, según se creía, debían permanecer pasivas en el proceso de emparejamiento. Los científicos sociales también se opusieron a la teoría de la selección sexual porque su descripción de la naturaleza parecía basarse en la conducta instintiva, minimizando de este modo la unicidad y flexibilidad de los seres humanos. Se suponía que la cultura y la conciencia nos habían liberado de las fuerzas evolutivas. El avance de aplicar la selección sexual a los seres humanos se produjo a finales de los años setenta y ochenta, en forma de progresos teóricos en los campos de la psicología y la antropología. Tratamos de identificar los mecanismos psicológicos subyacentes producto de la evolución, mecanismos que contribuyen a explicar tanto la extraordinaria flexibilidad de la conducta humana como las estrategias de emparejamiento activo que desarrollan hombres y mujeres. Esta nueva disciplina se denomina psicología evolucionista.

Aunque las presiones ancestrales de selección son responsables de haber creado las estrategias de emparejamiento que usamos en la actualidad, las condiciones actuales difieren de las condiciones históricas en que se desarrollaron. Nuestros antepasados obtenían hortalizas mediante su recolección y carne mediante la caza, en tanto que ahora obtenemos la comida en supermercados y restaurantes. Del mismo modo, las personas que en la actualidad viven en ciudades despliegan sus estrategias de emparejamiento en bares para solteros, fiestas, a través de redes de ordenadores o por agencias matrimoniales, no en la sabana, en cuevas protegidas o en campamentos primitivos. Aunque las condiciones modernas de emparejamiento difieren de las antiguas, las mismas estrategias sexuales siguen operando con fuerza irrefrenable. Sigue vigente nuestra psicología evolutiva del emparejamiento: como es la única que tenemos, la ponemos en práctica en el entorno actual. Es posible que nuestras estrategias evolutivas de emparejamiento, como las de supervivencia, se hallen mal adaptadas a la supervivencia y reproducción actuales. Sólo comprendiendo nuestras estrategias sexuales evolutivas, de dónde proceden y en qué condiciones se concibieron cabe esperar una modificación de su curso actual. La puesta en práctica de determinadas estrategias sexuales del repertorio humano no sólo depende de las circunstancias individuales, sino también, y de forma decisiva, de las culturales. Algunas culturas tienen sistemas de emparejamiento polígamos, en los que el hombre tiene múltiples esposas; en otras culturas se practica la poliandria y la mujer tiene múltiples maridos; en otras rige la monogamia y las parejas deben limitarse a un solo cónyuge cada vez; y otras son promiscuas y en ellas se practica un alto grado de cambio de pareja. Nuestras estrategias evolutivas de emparejamiento son muy sensibles a estas normas legales y culturales. En los sistemas de emparejamiento poligámico, por ejemplo, los progenitores ejercen una presión tremenda sobre sus hijos varones para que compitan por las mujeres, en un intento claro de evitar la falta de pareja que sufren algunos hombres cuando otros monopolizan a múltiples mujeres. En las culturas monógamas, por el contrario, los padres presionan menos para que sus hijos compitan. Desde una determinada perspectiva, el contexto lo es todo. Los contextos recurrentes de nuestro pasado evolutivo crearon las estrategias que perviven en nosotros. El contexto del momento y las condiciones culturales determinan qué estrategias se activan y cuáles permanecen inactivas.


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29/07/2025

Karl Friston es el último de los grandes científicos. En mi opinión, es un genio y (objetivamente) el neurocientífico más influyente del mundo en la actualidad. La influencia de un científico se mide por su «índice h», que mide el impacto de sus publicaciones. Como regla general, cuando el índice h es mayor que el número de años transcurridos desde el doctorado, un científico lo está haciendo bien. El índice h de Friston es de 235, el más alto de todos los neurocientíficos. Según Friston, sistemas biológicos como las células deben de haber surgido a partir de versiones complejas del mismo proceso que formó sistemas «autoorganizados» más simples, como los cristales a partir de un líquido, porque comparten un mecanismo común. Este mecanismo, comenta, es la «minimización de la energía libre». Todos los sistemas autoorganizados, incluidos cada uno de nosotros, tienen una tarea fundamental común: seguir existiendo. Friston cree que lo logramos al reducir al mínimo nuestra energía libre. Los cristales, las células y los cerebros solo son para Friston manifestaciones cada vez más complejas de este mecanismo básico de supervivencia. De hecho, en los albores mismos de la organización biológica aparecen tantos aspectos de lo que consideramos vida mental que la contribución de los cerebros reales puede empezar a parecer bastante sutil. No obstante, si nos aferramos al concepto de energía libre, todo (realmente todo) se va a aclarar. El vínculo entre el trabajo de Friston y el mío es la homeostasis. La esencia de la homeostasis es que los organismos vivos deben ocupar una gama limitada de estados físicos: sus estados viables, o estados valorados o preferidos, o lo que Friston llama (refiriéndose a todo lo anterior), sus estados «previsibles». No podemos permitirnos una dispersión por todos los estados posibles. Este imperativo biológico tiene un profundo vínculo con uno de los conceptos explicativos más básicos de la física, a saber, la entropía.

La mayoría de la gente tiene una comprensión intuitiva de lo que es la entropía. Piensan que es una tendencia natural al desorden, la disipación, la disolución y cosas por el estilo. Las leyes de la entropía son las que hacen que el hielo se derrita, las baterías se descarguen, las bolas de billar se detengan y el agua caliente se mezcle con la fría. La homeostasis funciona en sentido contrario. Combate la entropía. Garantiza que ocupemos un rango de estados limitado. Así es como nos mantiene la temperatura necesaria y como nos mantiene vivos: como evita que nos disipemos. Los seres vivos deben combatir uno de los principios fundamentales de la física: la segunda ley de la termodinámica. La segunda ley establece que los procesos naturales son siempre irreversibles. Puede incluso que la entropía sea la base física del hecho de que el propio tiempo parezca tener una dirección y un flujo. La homeostasis pone límite a la gama de estados macroscópicos que podemos ocupar sistemas como ustedes o yo. Recordemos que la homeostasis nos mantiene vivos mediante la realización de trabajo efectivo; por lo tanto, si la entropía supone una pérdida de la capacidad de trabajo, es «mala» desde nuestro punto de vista en cuanto que sistemas biológicos. La función más básica de los seres vivos es combatir la entropía.

Tras generar espontáneamente un complejo sistema dinámico autoorganizado, Friston comprobó si este conjunto permitía predecir estados externos a partir de los estados internos del sistema. De ser así, según Friston, podría ser que los estados internos de un sistema hayan modelado sus estados externos a lo largo del tiempo. Y también podría decirse que representan esos sucesos externos dentro de sí mismos. Sé que suena a magia, pero eso simplemente quiere decir que el sistema se ha ajustado a los patrones de los sucesos externos, que se ha acomodado a ellos. Friston examinó el estado funcional de los subsistemas internos de su organismo simulado y lo que encontró fue justamente esta capacidad predictiva. La dinámica interna que predice [un suceso externo] parece emerger en sus fluctuaciones antes del propio suceso, como cabría esperar si los sucesos internos estuvieran modelando los sucesos externos. Tras observar esta sincronía, por la que los estados internos del sistema modelaban sucesos físicamente distantes, Friston concluyó que los estados internos son capaces de «inferencias». Esta resulta ser la propiedad más significativa de tales sistemas. La manta de Markov dota a los estados internos de los sistemas autoorganizados de la capacidad de representar probabilísticamente los estados externos ocultos, de modo que el sistema puede inferir las causas ocultas de sus propios estados sensoriales, algo parecido a la forma en que funciona la percepción. Esta capacidad, a su vez, le permite actuar intencionadamente sobre el medio externo, basándose en sus estados internos, con acciones que se asemejan a la actividad motriz. De ahí procede el concepto de «estados previsibles» y la razón por la que los sistemas biológicos autoorganizados son homeostáticos. La homeostasis parece haber surgido con la autoorganización. Los estados sensoriales y activos de una manta de Markov son simplemente los receptores y efectores de un sistema autoorganizado, y el modelo de estados externos que genera es su centro de control. Los sistemas biológicos autoorganizados deben poner a prueba sus modelos del mundo, y si el mundo no les devuelve las respuestas esperadas, deben hacer urgentemente algo diferente o morirán. Las desviaciones de los estados previsibles son, por tanto, una forma fundamental de las «respuestas suscitadas por el equipo» de Wheeler. Así es como surge la formulación de preguntas: la autoorganización llama a la existencia a los observadores participantes. La pregunta que siempre se hace un sistema autoorganizado es simplemente: ¿sobreviviré si hago eso? Cuanto más incierta sea la respuesta, peor para el sistema.


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