08/12/2025
El jueves 4 de diciembre decidí ir a escuchar a la Filarmónica de Jalisco al Teatro Degollado de Guadalajara. En estos tiempos, parte del centro de la Perla Tapatía, es un campo minado debido a las obras apresuradas de cara a la Copa del Mundo 2026.
Constato que la Orquesta Filarmónica de Jalisco es una de las mejores de México (su director titular es José Luis Castillo). Se trata de un ensamble de sonido brillante, gran homogeneidad, a pesar de que algunos le achacan una incapacidad de tocar en las dinámicas más sutiles. Al menos, respecto al concierto que me tocó escuchar, no me lo pareció así.
Para este octavo programa de la temporada se presentó la directora inglesa Catherine Larsen-Maguire, quien ha dirigido algunas de las orquestas más importantes del Reino Unido y otras partes de Europa. Su trabajo ha sido una grata revelación para mí. El solista de este programa (con el Concierto para piano y orquesta de Grieg) fue el pianista italiano Luigi Borzillo, quien me gustó mucho menos.
El concierto abrió con una grata sorpresa: el poema sinfónico “Lamia” (1919) de la compositora inglesa Dorothy Howell. Howell fue una de las compositoras más reconocidas de su tiempo, gozando del apoyo y respeto de Sir Henry Wood, precisamente este poema sinfónico la colocó entre los compositores británicos más reconocidos de su tiempo.
Si bien a Howell se le colocó el mote de “La Richard Strauss inglesa” su música me parece que posee una orquestación mucho más impresionista, un estilo inglés cercano a Holst pero abundantes dosis de individualidad; su construcción de clímax orquestal es notable además de lo memorable de sus ideas; un tema en escala ascendente de pronto se vestía de armonías de gran se*******ad. Un segundo tema, más lírico, deleitaba en cada aparición. Lamia es un ser mitológico de la Grecia antigua, una especie de espíritu monstruoso, mitad mujer, mitad dragón o vampiro. A pesar de lo anterior, la obra de Howell me acerca más a la pintura de Lamia de Herbert James Draper, con sus explosiones de sonido magistrales, armonías sensuales y solo en un pasaje central, un carácter más oscuro. La versión que escuchamos fue magnífica, con grandes intervenciones de las maderas, particularmente del clarinete principal Jeslan Fernández.
Después del comienzo tan emotivo siguió el Concierto para piano y orquesta en la menor de Edvard Grieg, uno de los más queridos del repertorio y uno de mis favoritos de todos los tiempos. Desafortunadamente, la interpretación del joven Luigi Borzillo no fue tan persuasiva debido a ciertos pasajes sucios. Borzillo apostó por un pianismo más estruendoso y menos poético. Desde el solo inicial, tras el famoso redoble de timbales, Borzillo exhibió cierta digitación desigual. No encontré la poesía ideal en el segundo tema. Convenció más en el desarrollo del primer movimiento. El segundo movimiento, adagio, me convenció un poco más, mostrando a un pianista capaz de encontrar mayores sutilezas en el material, pero desafortunadamente esto no se concretó en el tercer movimiento: el allegro moderato presentó algunos momentos de pianismo tentativo incluyendo pasajes de digitación vacilante en la parte presto. Tampoco el mágico segundo tema mostró suficiente poesía. Más notable fue el atento acompañamiento de Catherine Larsen-Maguire y la ejecución orquestal, incluyendo la sección de cornos, trompetas, una interpretación tersa en sus pasajes por parte de la primera flauta de Antonio Dubatovka y la homogeneidad del sonido. El aplauso del público fue generoso pero mesurado, Borzillo salió a tocar el Sueño de Amor de Liszt; sin mayor o menor incidente.
La noche, sin embargo, se redondeó con la mejor ejecución que he escuchado en vivo de “Una Sinfonía de Londres” de Ralph Vaughan Williams. Larsen-Maguire, mostrando un conocimiento absoluto de la música de su país, nos dio una lectura de antología; tiempos bien juzgados, control de dinámicas notable y sonido cultivado. Desde la perfecta articulación en el arpa del sonido del Big Ben en la oscuridad inicial, hasta la suntuosidad del allegro risoluto: trompetas, trombones y tuba emocionaron con ese sonido rotundo que también encontró moderación en la parte central con unas cuerdas y arpa lustrosas. El segundo movimiento, lento, me pareció etéreo con sus cuerdas calladas. Notable el trabajo de Ismael Campos, viola principal, que fraseó con gran estilo y emotividad. El Scherzo, fugato, con sus ritmos contrastantes, me agradó en su vitalidad. El segundo tema, allegro vivace, contrastó sabiamente en la batuta vehemente de Larsen-Maguire. La parte central, que ilustra a un músico que toca el acordeón durante la noche, fue un momento bellamente caracterizado por la orquesta. El final, que comienza con ese grito sobrecogedor, redondeo esta página notable del sinfonismo inglés. La marcha inicial poseyó la gravedad ideal antes del allegro en forma, con la intervención bien ejecutada de las percusiones. Tras el clímax apabullante el epílogo nos regresó a las campanadas de Westminster, cerrando con un pasaje entre ominoso y emotivo que marca la atemporalidad de esa gran ciudad. El aplauso del público, ahora sí de gran plenitud, reconoció una bella noche para la música.
Guadalajara, a diferencia de Monterrey, sí tiene un teatro que hace honor a las artes orquestales (para ser justos hay dos espacios; el Teatro Degollado y la gran sala del Conjunto de Artes Escénicas de la Universidad de Guadalajara). Pero, además, Guadalajara tiene un público que llena su teatro y en el que hay muchos jóvenes en la audiencia. En las tierras regias seguiremos soñando o durmiendo en los laureles.

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