26/11/2018
Un 25 de noviembre, pero de 2016, una multitud de jóvenes rebeldes, de tenaces irredentos, de revolucionarios infatigables, de luchadores y luchadoras sin pausa en todo el mundo, se quedaban sin un faro luminoso llamado . Para recordarlo, publicamos un fragmento del libro , editado por , la biografía del hombre que es, al mismo tiempo, referencia, ejemplo y sendero. Ventanas abiertas a la vida de un aventurero que rompió el curso de los tiempos y que cambió para siempre la perspectiva de una liberación americana:
EL DEDO Y EL HURACÁN (2004)
Un oscuro nubarrón cubre el cielo cubano de septiembre. Esta vez, la que amenaza con devastar la revolución no es la ni sus aliados. Es Iván, el terrible, el que se yergue sobre el horizonte y muestra sus garras. Iván es un huracán categoría 5 (la de máxima intensidad en la escala Saffir-Simpson), el peor en los últimos cincuenta años, con un epicentro de 40 kilómetros de diámetro y una carga de vientos de hasta 275 kilómetros por hora, que ya ha dejado su huella de muerte y destrucción en las pequeñas islas caribeñas, y ahora se acerca a Cuba.
Desde que los meteorólogos advirtieron la dimensión de la amenaza, toda Cuba comenzó a prepararse para el azote de Iván. Eran horas de angustia para el pueblo, pero también de poner manos a la obra: tala de algunos árboles, ventanas tapiadas, búsqueda de alternativas a la falta de gas y electricidad. La escritora Celia Hart no se olvidaría fácilmente de aquellas horas en las que Fidel recorría las zonas amenazadas, discutía con los gestores barriales, se preocupaba por cada detalle para la prevención de medio millón de evacuados: “Por tres noches consecutivas un Presidente se olvidó de toda responsabilidad oficial y se lanzó con su pueblo a presenciar los rumores de Iván. Sentimos que Fidel andaba en casa. Fidel tiene eso: hacernos sentir en casa cuando empiezan a flaquear las esperanzas”. Así fue. La propia Celia recordaba con tristeza aquel momento de tensión, de lágrimas contenidas, de profunda incertidumbre, de contar las horas con preocupación, al menos hasta que desde el televisor escuchó un sonido familiar: “Escucho en la tele una voz… esa voz que seca las lágrimas y abre los corazones. Fidel vestido de un intenso verde se interesaba tranquilo por cualquier detalle de Iván. Y los vientos, y el radio de las lluvias, y en qué dirección sigue… Fidel quería saber todo. Y durante seis horas nos condujo por el camino de la seguridad. Era como si Fidel hubiese sido ‘el hombre de la casa’ que sellaba mis ventanas”.
Ninguna acción de prevención resultó más eficaz que la presencia televisiva de José Rubiera, responsable del centro de Pronósticos del Instituto de Meteorología, secundado por Fidel. Durante varias horas, bombardeó con preguntas de sentido común al especialista acerca de la trayectoria lógica del huracán. “Nada es tan desolador como la destrucción y el daño que se observa después de un huracán. Cientos de miles de compatriotas se movilizan y trabajan intensamente en la fase ciclónica y de recuperación. Las reservas se reducen o agotan. Pero este es nuestro país, la parte que nos correspondió de nuestro planeta, y hay que desarrollarlo y defenderlo”, estimaba. Y ante los pronósticos realistas de Rubiera, Fidel se levantó de su silla y se puso a dibujar en el mapa una ruta improbable para el huracán. Siguiendo el curso del dedo de Fidel, Iván apenas bordeaba las costas cubanas y se alejaba hacia el norte. Pero Rubiera no cedía en su diagnóstico: aseguraba que el trayecto estimado por Fidel era el menos probable de todos…
Lo que Rubiera no sabía entonces, es que la naturaleza tiene su caprichos y sus estímulos: horas más tarde, Iván recorrió el sendero dibujado por el dedo de Fidel de un modo casi disciplinado, hasta alejarse rumbo al estrecho de , generando mucha menos destrucción que la estimada. Tal vez el dedo de Fidel no había sido capaz de desviar al huracán, pero sin dudas su impronta en aquel mensaje televisivo había logrado serenar las almas y alentar a un esfuerzo más a su pueblo. Siempre presente, como define Celia: “Fidel hablaba de Cuba como si hablase de un barrio. En esos días no sé quien firmaría los papeles oficiales, quién aprobaría embajadores o quién se ocupaba de los detalles internos de mi país. Fidel estaba vibrando con su pueblo. Yo sentía que Fidel me orientaba a sentirme confiada y a prepararme para lo que se avecinaba”.
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