06/10/2016
Una Verdadera Historia del corazon
Los pasajeros observaban con simpatía a la atractiva joven con bastón blanco que subía cuidadosamente al colectivo. Ella pagó al conductor, y usando sus manos para sentir el puesto de la silla, caminó por el pasillo y encontró el sitio que él le dijo estaba vacío. Luego de estar sentada, puso su maletín sobre sus piernas y delicadamente apoyó su bastón sobre uno de sus brazos. Había transcurrido un año desde que Susana, de treinta y cuatro años,quedó ciega, debido a un mal diagnóstico médico. Ella había quedado sin visión, y fue súbitamente conducida al mundo de la oscuridad, frustración, y enojo. Habiendo sido una vez una mujer muy independiente, ahora Susana se sentía condenada por este terrible giro de fatalidad, de llegar a ser impotente, sujeta a la ayuda de quienes estaban a su alrededor.
– “¿Cómo pudo pasarme esto a mí?” expresaba ella y su corazón denotaba un terrible enojo. Pero no importaba cómo había llorado o suplicado, ella sabía la dolorosa realidad de que su visión jamás sería recuperada.
Ahora lo único que ella tenía, era a su esposo Markos.
Markos era un oficial de la Fuerza Aérea, y amaba a Susana con todo su corazón.
Al principio, cuando ella perdió la visión, él la observaba hundida en la desesperación y comenzó a ayudar a su esposa a ganar fuerzas y confianza. Ella necesitaba llegar a ser independiente otra vez. Su trasfondo militar lo había entrenado bien para lidiar con situaciones delicadas, pero él sabía que ésta era la batalla más difícil que había enfrentado.
Finalmente, Susana se sintió preparada para volver a trabajar, pero ¿cómo podría ella llegar a ese lugar? Ella estaba acostumbrada a tomar el colectivo, pero ahora se le hacía muy difícil circular por la ciudad ella sola. Markos se ofreció a llevarla al trabajo todos los días, a pesar de que trabajaban en lugares distantes de la ciudad. Al principio, esto confortaba a Susana y llenaba la necesidad de Markos de proteger a su invidente esposa, quien se sentía muy insegura de superar este aspecto.
Pronto, Markos entendió que este método no estaba funcionando; era costoso y extenuante. Susana iba a tener que empezar a tomar nuevamente el colectivo, se decía para sí. Pero sólo el pensar mencionarle esto a su esposa lo hacía temblar. Ella estaba todavía muy frágil y enojada. ¿Cómo reaccionaría?
Tal como Markos lo predijo, Susana se horrorizó con la idea de tomar el colectivo nuevamente. “¡Soy ciega!” respondió gritando.
“Cómo se supone que voy a saber dónde estoy?”
“Me siento como si me estuvieras abandonando”.
El corazón de Markos se rompió al oír estas palabras, pero sabía que tenía que hacerlo. Él le prometió a Susana que cada mañana y cada tarde subiría al colectivo con ella, el tiempo que fuera necesario, hasta que ella lo lograra por sí misma.
Y fue exactamente así como lo hizo.
Por dos semanas, Markos, con su uniforme militar, acompañó a Susana hacia y desde su trabajo cada día. El le enseñó cómo apoyarse en sus otros sentidos, especialmente en el del oído, para saber dónde estaba y cómo adaptarse a su nuevo entorno. Él la ayudó a hacer amistad con el conductor del colectivo, quien podría observarla, y guardarle un puesto. Él la hacía reír, aún en esos días no muy buenos. Cada mañana, ellos hacían el recorrido juntos, y Markos se regresaba para ir a su oficina.
A pesar de que esta rutina era aún mucho más costosa y extenuante, Markos sabía que sólo era asunto de tiempo para que Susana fuera capaz de tomar el colectivo por ella misma. Él creía en ella, en la Susana que él estaba acostumbrado a tratar antes de que perdiera la vista, quien no temía ningún reto y quien nunca jamás renunciaba.
Un día, Susana decidió que estaba lista para probar viajar sola. El lunes en la mañana, antes de levantarse, ella colocó sus brazos alrededor de Markos, su esposo, su mejor amigo, y su compañero para tomar el colectivo temporalmente. Sus ojos se llenaron de lágrimas de gratitud por su lealtad, su paciencia y su amor. Ella le dijo adiós y, por primera vez, salieron por diferentes rutas.
Lunes, martes, miércoles, jueves…. Cada día fue perfecto para ella.
Susana nunca se había sentido mejor. ¡Lo estaba haciendo!
Ella estaba haciéndolo todo sola.
El viernes en la mañana, Susana tomó el colectivo para ir trabajar como de costumbre. Cuando estaba pagando, e iba saliendo del colectivo,el conductor dijo:
– “Señora, de seguro que la envidio”.
Susana no estaba segura si el conductor se refería o no a ella. Después de todo, ¿quién en este mundo podría envidiar a una mujer ciega, que luchaba por tomar fuerzas para continuar viviendo?
Curiosa, ella le preguntó:
– “¿Por qué dice usted que me envidia?
Él respondió:
– “Debe sentirse muy bien ser cuidada y protegida como lo han hecho con usted”.
Susana no tenía idea de lo que el conductor estaba hablando, y preguntó otra vez:- “Qué quiere decir?”
El conductor respondió:
– Desde la semana pasada, cada mañana, un gentil caballero con uniforme militar ha estado esperando en la esquina vigilándola cuando usted baja del colectivo.
Él se asegura que usted cruce la calle, y la observa hasta que usted entra al edificio donde trabaja. Entonces él le tira un beso, le da un pequeño saludo, y se va.
Usted es una dama con suerte.
La felicidad inundó a Susana. A pesar de que ella físicamente no podía verle, ella siempre sentía la presencia de Markos.
Ella era bendecida, tan bendecida, porque él le había dado un regalo más poderoso que la visión, un regalo que ella no necesitaba ver para creerlo:
El regalo del amor que le pudo traer luz, donde existía oscuridad.
Autor Alejandro (Desconocido)
¡Qué felicidad tan grande saber que tienes a alguien que te ama, y te cuida en todo momento! aunque vos jamas lo sepas...