20/02/2022
BATALLA DE SALTA
Luego de la victoria alcanzada en Tucumán el 24 de septiembre de 1812, el ejército de Manuel Belgrano marchó al norte para recuperar el Alto Perú, que seguía en manos de los realistas.
Entretanto, las turbulencias políticas desencadenaban sucesivos cambios de gobierno. El fin del Segundo Triunvirato y la instalación de la Asamblea del año 1813 encontraron a Belgrano camino a Salta, primer objetivo de la contraofensiva patriota. Apenas recibida la noticia, ordenó un alto y, desplegando la insignia celeste y blanca que le habían prohibido usar, hizo jurar a sus hombres fidelidad al nuevo gobierno y a la flamante bandera. “¡Éste será el color de la nueva divisa con que marcharán al combate los nuevos campeones de la patria!”, arengó a los tres mil soldados formados a la vera del río Pasaje, que pasaría a llamarse Juramento.
Pío Tristán, el jefe realista derrotado en Tucumán, había mandado a fortificar y artillar el camino del Portezuelo, el acceso a la ciudad de Salta ocupada por el enemigo. Belgrano detuvo la marcha; presentar batalla en esas condiciones sería sumamente desventajoso. Providencialmente, uno de sus oficiales, el capitán José Apolinario Saravia, reveló la existencia de una senda sólo conocida por los indígenas del lugar, que atravesaba la Quebrada de Chachapoyas y que, dando un gran rodeo, los conduciría a la retaguardia del enemigo.
Esa misma tarde del 18 de febrero de 1813, bajo un copioso aguacero, se emprendió la travesía por el escarpado atajo. Durante toda la noche la caravana de hombres, caballos y carretas que transportaban armas y bagajes y las piezas del parque de artillería transitó por un angosto sendero. Extenuados, al amanecer del día siguiente llegaron a la hacienda de Castañares, una legua al norte de la ciudad, donde acamparon bajo la persistente lluvia.
“¡Sólo que fueran pájaros!”, exclamó el incrédulo jefe realista cuando recibió la novedad. Dispuso entonces que sus 3.500 hombres tomaran posiciones al pie del cerro San Bernardo para rechazar el ataque inminente. El día transcurrió en medio de una tensa calma, lo mismo que la noche que le siguió. Belgrano —que permaneció despierto por la fiebre y amaneció con vómitos de sangre— había mandado a preparar un coche ligero tirado por caballos para desplazarse en caso de no poder montar. Ese carruaje se conserva en el museo de Luján.
El cielo del 20 de febrero se presentó plomizo, pero a media mañana los rayos del sol iluminaron los cerros salteños, un buen augurio. Cuando todo estuvo preparado, el creador de la bandera ordenó el ataque. Las primeras escaramuzas favorecieron al enemigo, incluso un proyectil hirió a Eustoquio Díaz Vélez, uno de los jefes patriotas, sacándolo de combate.
“¡Avance usted y llévese por delante al enemigo!”, ordenó Belgrano a Manuel Dorrego, quien acometió y recuperó el terreno perdido. Superado aquel instante dramático, cuando la carga patriota se generalizó, Tristán retrasó sus líneas, pero las alas del ejército realista y luego el centro, comenzaron a ceder ante la furiosa embestida.
Para entonces, el encarnizado combate, que llevaba más de tres horas, se había trasladado a las calles de la ciudad, hasta que las campanas del templo de La Merced anunciaron la victoria. Belgrano prometió al emisario del general vencido una honrosa capitulación, cuyos términos se acordaron esa misma tarde. Al día siguiente, generales, oficiales subalternos y más de dos mil soldados desfilaron y depositaron sus armas a los pies del vencedor. Además, juraron solemnemente no volver a tomarlas en contra de las Provincias Unidas, una promesa que algunos no cumplieron. El jefe patriota relevó a su colega de la humillación de ofrendarle personalmente su sable y, en cambio, le abrazó a la vista de todos los presentes. “El abanderado entregó, finalmente, la real insignia, que simbolizaba la conquista y un vasallaje de 300 años”, escribiría José María Paz, protagonista del momento.
La indulgente conducta de Belgrano levantó críticas entre los revolucionarios más duros. “Hago lo que me dicta la razón, la justicia y la prudencia y no busco glorias sino la unión de los americanos y la prosperidad de la patria”, respondió el aludido.
La insignia celeste y blanca había flameado por primera vez en el campo de batalla donde quedaron 600 mu***os de ambos bandos, que fueron inhumados en una fosa común con una gran cruz de madera que rezaba: “A los vencedores y vencidos en Salta el 20 de febrero de 1813”. La cruz original perduró durante años en el campo de Castañares hasta caer vencida por el tiempo; los maderos rescatados se hallan en la iglesia de La Merced.
En reconocimiento por las victorias obtenidas, la Asamblea dispuso premiar a Belgrano con 40 mil pesos fuertes, que este declinó para que se levantaran cuatro escuelas en Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero. Ese era Belgrano…