Trucos de la Mente

Trucos de la Mente

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Decidí reflotar esta página cambiando su nombre a TRUCOS DE LA MENTE. Ése iba a ser el título de un compendio de cuentos escritos en mi Adolecencia y Juventud.

Ahora, pienso publicarlos reversionados junto con nuevas creaciones que surjan en este tiempo. Guillermo Alberto Baltar
Médico y Docente

Photos from Trucos de la Mente's post 08/03/2026

Sale la primera Payada de Delmero Villar. En esta ocasión apareció en 1878. Lean los pies de foto para saber más.

Photos from Trucos de la Mente's post 04/01/2026

NI HOMERO SE ANIMÓ A TANTO

La Pluma Criolla se inspira
En grandes leyendas griegas.
Y el espectador, a ciegas,
Ni por milagro respira.
El Minotauro le estira
El Tiempo de una manera
Que la hora nunca expira.

Fui testigo de la obra
De Magrini y Di Lorenzo
Una oda a puro verso,
De helenística teluria,
De humor, locura y lujuria
Y talento tan inmenso
Que se aplaude a toda furia.

Si usted quiere disfrutarla
Todos los viernes de enero
Lo desafió a esta misa.
Entrada la nochecita
El Séptimo Fuego invita
Y a la gorra, con esmero,
Retribuirá tanta risa.

10/12/2025

A PESAR DE TODO... ES LO MEJOR QUE TENEMOS
42 años pasaron ya desde aquel 10 de diciembre de 1983. Me recuerdo feliz, esperando el primer discurso de un Presidente Constitucional; tenía, por entonces, 16 años.
La Primavera Alfonsinista no tardó en convertirse en un verano esperanzador. Sin embargo, el otoño apareció, allá por 1987, para derivar en el crudo invierno de 1989. Nos dejó el Juicio a las Juntas, el Divorcio y el aprendizaje democrático sostenido en la resistencia a los intentos de Golpe de Estado. También: la hiperinflación y el Punto Final.
Le siguió la Revolución Productiva de Menem y Duhalde: la primera incursión del neoliberalismo en la Democracia. Sucumbió, luego de 10 años, por una recesión insoportable para la población. En el medio; los atentados a la comunidad judía, Rio Tercero y la entrega de cuanta empresa estatal había.
El siguiente capítulo fue desastroso: De la Rua y su fatídica salida en, apenas, 2 años. Duhalde se cargó el Bastón y, a los ponchazos y con pseudomonedas, llegamos a nuevas elecciones.
Fue el turno del Kirchnerismo. Nuevamente primavera en la gestión de Néstor Kirchner. El otoño se comenzó a vislumbrar en 2008, con la revuelta del campo. Y Cristina Fernández también se fue en su propio invierno. Nos dejó una suma de Leyes que terminaron de estabilizar a la Democracia, un país casi sin deudas y la Grieta...
Macri prometía ser el Presidente prolijo que iba a llevar a la Argentina a una integración mundial. Pero, detrás de él, se escondían los hacedores de la Crisis del 2001. No pudo sostener la popularidad y se fue dejando buenos negocios con China y EE. UU., el Banco Central vacío y la Deuda Externa más extrema.
Lo de Alberto Fernández fue trágico. Una Pandemia Mundial lo puso contra las cuerdas; tuvo buenas y malas respuestas. Se fue en la oscuridad de la noche. Nos heredó la conciencia de que es imprescindible tener un Ministerio de Salud, Leyes que se debian a las minorías desprotegidas y un culebrón deplorable.
Ahora está Milei. Todos saben que estaré en la vereda de enfrente para ser la voz de los que sufren sus políticas despiadadas. Sueño con un pueblo maduro y políticos a su altura.
Sueño con el Fin de la Grieta

29/09/2024

OLVIDADOS DE DIOS
("El miedo sólo sirve para perderlo todo." - Manuel Belgrano)

El viejo cartel con una cruz verde fue finalmente vencido por el vendaval; uno de sus soportes se salió de lugar y quedó colgado del restante generando un movimiento pendular que provocó un golpeteo repetido contra la pared lateral de la Clínica Privada del Dr. Rappaport, en el perdido pueblo de Coronel Herrero. En la misma pared, y a tan sólo medio metro del sitio donde golpeaba el cartel, se encontraba la ventana del dormitorio de médicos de guardia. Allí se hallaba el flamante galeno Dr. Alexis Rodríguez, quien intentaba encontrar la postura adecuada para comenzar a conciliar el sueño.
Luego de probar diferentes métodos, el joven médico decidió que era mejor levantarse de la cama e ir en busca de algo de compañía que lo distraiga de su abrumador aburrimiento; al fin y al cabo, el ruido estruendoso que venía desde la ventana no le permitiría dormir en toda la noche. Así fue que dejó la habitación, caminó por el desierto hall principal del sanatorio, subió la escalera al primer piso y fue a dar al pasillo que llevaba al office de enfermería.
En el lugar debía haber estado José Camilo Pugliese (o Jotacé, como solían llamarlo), el único enfermero que se quedaba por la noche cuando había pocos pacientes internados; pero no halló a nadie. Las luces del edificio comenzaron a parpadear y, con cada ráfaga de viento prolongada, permanecían largos segundos apagadas.
La situación empezó a desagradar a Alexis y prefirió salir en busca del enfermero. Para darse valor, tarareó en vos baja una melodía que interrumpía cada vez que las luces se apagaban y retomaba cuando éstas se encendían nuevamente. Cuando llegó a la mitad del pasillo que lleva a las habitaciones de los pacientes, la luz se cortó... Alexis esperó... contó hasta cinco, luego hasta diez, y finalmente hasta veinte; pero la luz no regresó. En la oscuridad, y en la mitad del pasillo, le ganó el pánico. Volvió sobre sus pasos y entró corriendo al office de enfermería como quien alcanza un refugio en medio de un diluvio. El enfermero aún no estaba.

“¿Jotaceé?” Al escuchar su propia voz como un aniñado falsete se avergonzó por reconocerse tan asustado.

“¡Shhhhhhh!” - se escuchó desde el pasillo. Y las luces parpadearon hasta encenderse tenuemente.

“¿Desperté a un paciente? ¿Será Jotacé? ¿Dónde mi**da está este tipo?” Pensó.

“¿No puede dormir, doctor?” El enfermero, vestido con un impermeable, irrumpió con una linterna apagada en una de sus manos.

“Se... se soltó el car... cartel y... y , este, bueno, golpea cerca de la ventana y, bueno, u... usted sabe, hace mucho ruido y, bueno, fi... fíjese, sumado al viento, y la lluvia, y todo... Pero... ¿dónde estaba usted? ¿Dando alguna medicación?”

“No. Bajé al sótano a probar el grupo electrógeno, pero no funciona. Si se corta la luz: sonamos.”

“Entonces, ¿usted cortó la luz?”

“Sí, pero en cualquier momento se cae un poste en la calle y se corta de verdad.”

“Y si me cae un paciente... ¿qué hago sin luz?”

“Llama al hospital y hace lo que puede hasta que lo vengan a buscar... ¡No se le ocurra internarme a nadie con la luz cortada!”

“Bueno... Dios quiera que no pase nada de eso...”

“¡Je! ¡Dios! Dios hace rato que se olvidó de nosotros...”

“¿Por qué dice eso?”

“Ah, no. Si quiere que le cuente, por lo menos póngase a cebar algunos mates. Creo que es justo.”

Alexis obedeció y se dispuso a calentar agua y cambiar la yerba.

“Hace veinte años, cuando el Dr. Rappaport puso esta Clínica, Herrero era una localidad que parecía destinada a convertirse en uno de los poblados más importantes de la zona. Fue en esa época que asfaltaron la carretera, se inauguró la estación de trenes y empezó a parar el tren dos veces al día. Todo eso se debió a la fábrica de fideos y pastas secas. Usted es muy joven, pero por ahí se acuerda: ‘Fideos Pagliaro, rinden más y nos cuestan caro’ ¿se acuerda?”

“No... la verdad.”

“Igual, si no se acuerda, no importa. Bueno, gracias a la fábrica comenzó a poblarse el lugar con obreros, sus familias y mucha otra gente que se animó a poner su propio negocio. El Dr. Rappaport fue listo: aquí no había un solo médico, ni sala de primeros auxilios, nada. Si alguien necesitaba un médico debía ser llevado en auto hasta San Victorio; imagínese: 50 kilómetros sin ambulancia. Si el caso era grave, seguro que se quedaba en el camino... La cuestión es que el Doc hizo un arreglo con el Viejo Pagliaro y abrieron una sala en la fábrica para los obreros. Luego, el resto de la gente también fue a atenderse y la sala quedó chica. El Viejo le bancó al Doc la apertura de la Clínica y fueron socios. Pero la cosa no duró mucho...”

“¿Qué pasó? Páseme el mate.”

“Tome... El Viejo no tenía buena salud (por eso invirtió en la Clínica), y murió hace doce años. Fue en la habitación 15. Me acuerdo como si fuera hoy, mire. Lo internamos con edema de pulmón una noche de tormenta como esta; estaba muy mal y era imposible llevarlo a San Victorio. El Dr. Rappaport se pasó toda la noche al lado de la cama. Yo entraba y salía cada rato; a eso de las cinco de la mañana, el Doc salió y me dijo: ‘Jotacé, ya falta poco... no podemos llevarlo a ningún otro lugar, sufre mucho y delira. Prepará el cóctel.’ Así fue que mezclé un neureléptico con un barbitúrico y cloruro de potasio. Cuando lo llevé a la habitación vi algo espantoso... ¡pero, deme algún mate de ves en cuando!”

“Eeeh... sí, disculpe, tome… ¿Qué fue lo que vio?”

“El Viejo estaba sentado apoyando la espalda en la cabecera de la cama. Su rostro estaba azul, sudaba frío y jadeaba (eso ya no era respirar); sin embargo tenía fuerzas para hablar: maldecía a todo el Mundo, al pueblo, a la Clínica, a sus hijos, al Doc y hasta a Dios. Cuando lo oí maldecir a Dios, le inyecté el cóctel en un bolo. Abrió los ojos bien grandes, dejó de respirar y relajó todo el cuerpo. Murió al instante… Tome, no lo deje tanto tiempo cebado y sin tomar porque se enfría y se lava.”

“Disculpe, eh... y ¿cómo sigue la historia? Me imagino que fue un duro golpe para el Dr. Rappaport.”

“Sí que lo fue; pero no cómo usted lo imagina. Los hijos del Viejo no querían participar del negocio de la Clínica y el Doc tuvo que comprarles la parte. Estos tipos eran muy distintos a su padre. El Viejo era muy respetado, pero no era muy querido por la gente; sus hijos, directamente lo odiaban. Eran dos varones: Lorenzo y Antonio; y digo eran porque los dos ya siguieron al Viejo al In****no. También murieron acá... El caso es que en dos años fundieron la fábrica y al pueblo. El primer acto irresponsable fue despedir a Rodolfo Irigoyen, el capataz de la planta elaboradora. Este hombre había sido uno de los pocos que se había ganado el afecto del Viejo. Lorenzo lo echó el mismo día que se hizo cargo de la empresa. Irigoyen se quedó en Herrero y, hace nueve años, estando borracho apuñaló a Lorenzo luego de emboscarlo. Recuerdo que lo trajeron casi mu**to; le había perforado el hígado y perdía mucha sangre. Repetía sin parar: ‘Fue el Pappo, él lo mandó, fue el Pappo...’ hasta que se murió. A Irigoyen lo encontraron mu**to unos días más tarde en la celda dónde estaba. Dijeron que se ahorcó el mismo, pero nadie cree eso...”

“Y... ¿y Antonio? ¿Cómo murió él?”

“Ese estaba loco. Se decía que tomaba dr**as de todos los colores. Estuvo internado muchas veces y, realmente metía miedo cuando se lo veía ‘brotado’. Se ponía violento, golpeaba y gritaba; había que tenerlo atado a la cama. Una noche, tan lluviosa como aquella en que murió su padre, el médico de guardia lo internó en la habitación 15. Yo le aconsejé que no era bueno, pero la Clínica estaba llena y a ese tipo no se lo podía poner en habitación compartida. Sus gritos molestaban a todos los pacientes, lo dopamos duro pero, así y todo, no se callaba. Nos fuimos acostumbrando a sus gritos hasta que cerca de las cinco de la madrugada no se lo oyó más. Fui a ver a la habitación y ahí lo vi... No me dé más mates, están fríos y lavados.”

“Está bien, pero ¿qué vio?”

“Lo encontré sentado en la cama, en la misma posición que el Viejo, su boca estaba entreabierta con una mueca espantosa, sus puños estaban apretados y habían desgarrado las sábanas, sus ojos estaban bien abiertos (como los de su padre) y su mirada apuntaba hacia la puerta en donde yo estaba. Me asusté y fui a buscar al médico de guardia; cuando él vio el panorama desde la puerta, tampoco quiso entrar. Llamamos al Dr. Rappaport y, cuando él llegó, (una hora después) tomamos coraje y entramos los tres a ver que había pasado. Su cuerpo estaba rígido como una estatua, no podíamos acostarlo en la cama. Yo tuve que cortar las sábanas porque nos fue imposible separarle los dedos de las manos. Esa misma noche, el Dr. Rappaport decidió clausurar la habitación 15 y se deshizo de la cama; nunca supe dónde fue que la mandó. Pero eso no es todo... ¡Ups! Se cortó la luz, nomás. Bueno, abra el cajón de arriba y saque las velas. Prenda algunas con las hornallas y yo me voy a revisar las habitaciones. ¿Por qué, después, no se va a dormir un poco?”

Alexis no respondió, encendió las tres velas que encontró y le pasó una a Jotacé. Este, tomó la vela y la linterna y se alejó por el pasillo. Volvió enseguida, pero a Alexis le pareció una eternidad.

“Debería aprovechar para dormir, doctorcito, sino mañana...”

"Creo que tiene razón... ¿ha... hay alguna habitación libre en el piso?”

“Me temo que no, salvo la 15; pero no creo...”

“¡N... no, no importa! Me vuelvo a mi dormitorio... n... no se preocupe...”

“No, si yo no me preocupo. Vaya y llévese una vela, porque la linterna la necesito.”

“Gracias. Hasta mañana.”

“Hasta luego.”

Alexis tomó su vela y caminó por el pasillo rumbo a la rampa para camillas. Con una mano sostenía la vela y con la otra cuidaba celosamente la llama. Tenía terror que se le apagara. Cuando por fin llegó abajo, miró hacia la puerta principal de la Clínica que se veía al fondo del corredor. El agua golpeaba el vidrio y el sonido semejaba al que produce alguien al golpear con urgencia para ser atendido. Los relámpagos le iluminaron el hall y pudo orientarse mejor para llegar a su guarida. Alexis sacó pecho y caminó erguido hacia su pieza. Entró, cerró la puerta con llave y dejó la vela sobre la mesita que estaba al lado de la cama. Un golpe cerca de la ventana los sobresaltó... era el cartel que todavía se balanceaba, pero con más amplitud. El joven suspiró y se resignó a dormir con esa molestia.
Se acercó a la ventana y bajó firmemente la persiana para que ésta no permitiese penetrar el reflejo de los relámpagos. Se acostó, tomo valor y apagó la vela. Se tapó con las cobijas hasta la cabeza y esperó que el sueño llegase.
Esperó... esperó.... y esperó. No pasaba nada; era evidente que no podría dormir. Cada sonido que se podía escuchar parecía dirigirse hacia donde él estaba. Los golpes en la pared lo inquietaban cada vez más. Decidió que lo mejor sería volver con Jotacé e intentar dormitar en el office. Buscó a tientas su encendedor para reencender la vela pero, en el intento, la golpeó y ésta cayó al suelo y se deslizó. Entre fastidiado y ansioso buscó nuevamente el encendedor sobre la mesita y, luego de tirar la lámpara y el reloj despertador, lo encontró y usó para iluminarse.
Las manos le temblaban y la vista se le nublaba. Notó que estaba bañado en sudor frío. Buscó la vela y logró encontrarla debajo de la cama, junto a la pared. Se quemó los dedos con el calor de la llama y soltó el encendedor. Harto, se arrastró bajo la cama y tomó la vela. Al salir se golpeó la cabeza y maldijo con rabia. Tanteó por el suelo y halló el encendedor a los pies de la cama. Se sentó en el sitio y, finalmente, encendió la vela. Lo primero que vio una placa de que decía "Habitación 15”.
Alexis exhaló un grito de horror y soltó la vela que cayó sobre la alfombra y ésta empezó a arder de inmediato. El joven saltó sobre la cama e intentó levantar la persiana, pero la cuerda estaba muy dura. No podía ir hacia la puerta porque las llamas se habían esparcido por toda la alfombra. Rodeado por el fuego comenzó a gritar pidiendo socorro, pero se dio cuenta que ni él mismo podía escucharse. En su desesperación intentó cruzar la habitación y encontró la puerta trabada. Cuando pudo darse cuenta que la llave estaba en el otro extremo del cuarto, las llamas ya lo habían alcanzado; cayó al suelo, golpeó la puerta una vez, otra… y no golpeó más.
Jotacé derribó la puerta con un hacha y comenzó a apagar la llamas usando un matafuegos. Mientras arrojaba la espuma repetía sin cesar: “Yo le dije, doctor. Estamos Olvidados de Dios. Yo le dije, doctor...”

GUILLERMO ALBERTO BALTAR.
1993

25/08/2024

EL DESAFÍO
“La Quinta Dimensión corresponde a la Vivencia y a la Conciencia sobre el Tiempo. Solamente en ella se puede habitar en un Mundo que es, a la vez, de los mortales y de los que ya se han ido; del Ayer, del Hoy y del Mañana; del Pasado, el Presente y el Futuro; de la Memoria y la Anticipación.”
Guadalupe Valencia García: “Entre Cronos y Kairós: las formas del tiempo sociohistórico” (2007)

A los diecisiete años, Andrés Figueroa podía ser considerado un literato. Sin descuidar las inquietudes y complejos de un adolescente, diariamente se guardaba un poco de tiempo para leer las "maravillas" que famosos desconocidos le presentaban los libros de mediocre encuadernación que su economía le permitía comprar. En su dormitorio, se recluía una o dos horas por día para encontrarse mágicamente en los mundos que le dedicaban Hess, Poe, Wells y otros. Encuentros éstos, que se prolongaban en eternas noches de insomnio y de ojos rojos e incansables.
Pero la suculenta biblioteca de Andrés carecía de cualquier tipo de autor latino. Esto se debía a un prejuicio del muchacho y a la falta de contacto con individuos que se dedicasen a leer tales autores. Lo cierto era que el día 1ro. de agosto de 1987 encontró a Andrés Figueroa ignorante de toda obra literaria escrita en su idioma (y mucho menos argentina) salvo algunas obrillas que se vio obligado a leer en la escuela.
Sin embargo, el destino había reservado esa fecha para el "encuentro" más importante de su vida. Esa mañana, Andrés cruzaba la Avenida Beiró, preocupado en cómo continuaría el proceso a K., cuando el mundo se le redujo a la grotesca forma de un colectivo Mercedes Benz de la línea 80 que se le vino encima...
Cuando Andrés despertó descubrió, no sin horror, que su cuerpo ya no se movía. Inmediatamente reconoció su situación y, serenamente, preguntó a la primera persona que se le apareció dónde se encontraba y quién sabía de su desgracia. Una voz femenina y joven le respondió suavemente que estaba en la Unidad de Cuidados Intensivos del Sanatorio Almafuerte, y que toda su familia estaba en la sala de espera ansiosa por novedades sobre su salud.
Un rato más tarde, la misma vos le comentó dulcemente que había causado alegría en sus parientes y amigos la noticia de que él estaba lúcido y en todos sus cabales. Entonces, Andrés le preguntó qué hora era y a qué hora podía tener visitas. Era la una del mediodía y las visitas serían a las cinco de la tarde.
Andrés pensó un poco, tomó coraje e interrogó a su guardiana acerca de su horario de trabajo. Ella le dijo que era la franquera y que no tenía horario fijo; por ejemplo, ese día se iría a las dos de la tarde y volvería a las diez de la noche.
Sintió gran pesar al saber que ella no iba a estar allí cuando lo vieran sus seres queridos. Unas lágrimas recorrieron las mejillas de Andrés, y una suave mano se las secó con una gasa. Así fue como vio su rostro por primera vez: una sonriente cara angelical con delicados rasgos de la maravillosa raza gaucha.
La morena mujer le pareció una aparición divina. Si bien aparentaba tener entre treinta y treinta y cinco años, le hizo pensar en la famosa Lo**ta de Nabokov. Tal fue la fascinación de Andrés que no pudo con su entusiasmo y le preguntó cuántos pacientes había internados con él. La noticia de que, por el momento, era el único paciente asignado a ella lo colmó de alegría. Casi perdiendo el control, quiso saber si a ella le gustaba leer. La mujer, notando la excitación del joven, le respondió que sí, y le prometió que traería a la noche una revista para leerle. Andrés la interrumpió imperativamente pidiéndole un libro. Ella asintió.
Esa tarde fue interminable para Andrés. A pesar de la emoción que le provocó ver a sus padres en la hora de visita, deseaba que llegue pronto el momento del regreso de su Ángel de la Guarda. Cuando por fin escuchó la dulce voz de su “Lo**ta” sintió deseos de correr a abrazarla... Una profunda frustración se apoderó de él al instante: desde el fondo de su alma, surgió un grito de furia y miedo a la vez. El médico, del cual Andrés aún no se había percatado, y la enfermera corrieron inmediatamente hacia él. El hombre dijo algo que el muchacho no entendió; pero éste supo que tenía que hablar al instante. Giro los ojos hacia la mujer y dijo que estaba bien, que no le hicieran nada. De inmediato, preguntó por el libro. El médico se retiró de al lado de la cama y se alejó. Andrés, entonces, guiñó un ojo a la enfermera y repitió su pregunta. Ella puso frente a él un pequeño libro de bolsillo y le comentó que eran cuentos cortos: cuentos de Jorge Luis Borges.
Dedicada sólo a un paciente, la mujer pudo hacerse tiempo para leerle los cuentos del célebre escritor. Andrés no tardó en entusiasmarse con la redacción y el contenido de aquellas historias breves, pero tan llenas de misterios. Sintió alegría por el descubrimiento y, al mismo tiempo, pesar por no haberlo conocido antes. Cuando a las seis de la mañana la mujer concluyó su turno de trabajo, ya había terminado de narrarle todos los cuentos a su paciente.
Andrés volvió a encontrarse nuevamente solo. La enfermera que ingresó en reemplazo de su protectora, prácticamente lo ignoró. Entonces comenzó a rememorar los cuentos que había escuchado. En particular uno que relataba los últimos momentos de un condenado a muerte. El protagonista de ese cuento era un amante de la escritura (al igual que Andrés) y había pedido a Dios que le diera un año más de vida para concluir una obra que tenía en mente. Dios le concedió su deseo dándole la oportunidad de vivir todo ese año en el pequeño lapso que duró la trayectoria de la bala que le quitó la vida.
Andrés pensó que Dios, en esa obra, había actuado con perversidad y, animándose a desafiar a Borges, se preguntó si podía obtenerse ese don en su plenitud. Este pensamiento le llevó a notar la similitud de su situación con la del personaje. Imaginó la posibilidad de volver a vivir con todas sus facultades físicas por el término de un año. Se concentró en esta idea hasta un punto tal que llegó a convencerse de que eso era posible. Cuando el sueño estaba venciéndolo, pidió a Dios que le diese la oportunidad de retomar su vida por un año más.
Grande fue la decepción de Andrés cuando al despertar al día siguiente se vio en la situación de postración que el accidente le había causado. Una mujer se le aproximó presentándose como la enfermera del turno mañana. ¿Dónde estaba Lo**ta? ¿Cuándo volvería a verla? Comenzó a desesperarse e intentó levantarse. Un cuello ortopédico le impedía mover la cabeza, y del resto de su cuerpo no tenía noción. Tal fue el pánico, que en un acto de reacción incontenible sacudió la cabeza venciendo al cuello ortopédico y balanceándose logró mover la cama del lugar en que estaba. La enfermera se abalanzó sobre él y, con un grito, llamó al médico quien sujetó la cabeza del paciente y reacomodó los aparatos que rodeaban al mismo.
Superada la crisis, la enfermera le comentó al doctor que, según ella, el muchacho había movido sus piernas. El galeno contestó que eso era imposible pues el chico tenía la médula espinal rota. La mujer insistió y el profesional, sólo por conformarla, levantó un pie de Andrés y lo dejó caer. Para sorpresa de todos, el pie descendió lentamente hacia el colchón. Era cierto: el joven recuperaba movilidad.
En el turno siguiente ingresó la amiga de Andrés quien, enterada de la buena nueva, lo abrazó y hasta lloró con él de la alegría. La misma escena se repitió cuando cada uno de los familiares del accidentado pudo comprobar el suceso durante la visita.
Tres días más tarde, Andrés dejaba la sala de Terapia Intensiva, no sin antes saludar a Catalina (tal era el nombre de su madura Lo**ta). La enfermera concurrió a visitarlo a su nueva habitación todos los días que duró la internación del joven en el sanatorio. Este tiempo sirvió para que ambos se conocieran aún más. Así, Andrés se enteró que Catalina era viuda, sin hijos, que tenía treinta y dos años y que vivía no muy lejos de su casa. Ella le comentó que el caso de su recuperación había servido para jerarquizar el sanatorio y que había sido expuesto en varios ateneos.
Concluida la internación, Andrés fue llevado a su casa. Como requería constantes cuidados mientras progresaba su rehabilitación, sus padres decidieron contratar una enfermera particular, y el voto de Andrés fue decisivo para la elección de Catalina. La relación se hizo cada vez más íntima, pues Catalina no sólo lavaba, cambiaba y ayudaba en sus ejercicios a Andrés, sino que también compartía con él su pasión por la literatura, introduciéndolo en un mundo de escritores nacionales y latinoamericanos. Así, Andrés conoció a García Márquez, Castaneda, Vallejo, Cortázar, Neruda y más.
Cuando llegó el día en que Andrés cumplió los dieciocho años, recibió como regalo de Catalina "Pedro Páramo". Con este libro Andrés descubrió que las almas viven y que continúan realizando su rutina aún luego de la muerte. Esto le generó una duda: ¿sería su realidad verdadera, o sólo una imagen virtual creada para perpetuar las sensaciones de su espíritu? Pensó que existía una sola forma de averiguarlo: según él había leído en más de un texto, la sensación física más cercana a la muerte era el orgasmo; como él era virgen en actividad sexual, decidió que era hora de experimentarlo. Por supuesto, su candidata era Catalina.
Seducir a su nueva amante le costó a Andrés menos esfuerzo de lo que él había imaginado. En sólo dos semanas, logró llevar los temas de conversación hacia los sentimientos más profundos, de manera tal que la pasión brotó naturalmente en la mujer.
Una mañana, casi sin saber cómo, Andrés se encontró tendido en su cama, desnudo y viendo como su Lo**ta se desvestía seductoramente. Debido a su inexperiencia y la debilidad que aún lo acompañaba, dejó que Catalina manejara enteramente la situación. Cuando cerró los ojos y se supo totalmente dentro de ella, comenzó a sentir que su cuerpo se desvanecía, que el espacio desaparecía, que él mismo era el Universo...
Finalmente experimentó un placer que sería imposible de describir y seguidamente pudo escuchar una voz que decía: "Ya nada podemos hacer por él..."

Guillermo Baltar.
1996

19/08/2024

LA FÁBULA
«Una vez que se ha empezado a conocer, es imposible no caer rendido ante la idea de ver las cosas tal y como son»
Platón siglo IV a.c.

Siempre que ha llovido se hace difícil caminar por las veredas. Sobre todo cuando están abarrotadas de gente; y, lo que es peor, de sillas y mesas y kioscos y vendedores que parecen haber sido puestos para evitar que uno llegue a destino.

Así se siente Diego, que ya no se preocupa por esquivar los charcos o saltar las turbulentas canaletas inundadas en los bordes de las aceras. Su mente está ocupada por la fábula. Le preocupa. Le pesa. Parece que cada mirada que lo cruza la descubre... y la hace crecer.

No quiere mirar a nadie. Baja la vista pero no ve el camino; y se choca todo lo que está a su paso. Con cada choque se sobresalta. Cree que no lo va a soportar, que se va a descubrir, que no va a llegar...

Se repite a sí mismo, se jura (como lo hizo tantas otras veces) que esta es la última vez, que nunca más...

De pronto, de frena; como para tomar aire. Levanta la vista y se da cuenta que le falta una cuadra. Sólo una... Pero no sonríe; es la peor. La ansiedad y el miedo parecen consumirlo. ¿Y si alguien lo siguió? No había tomado ninguna precaución. ¿Y si el bar estaba marcado? Ya había ido muchas veces.

Decide pasar despacio por la puerta y mirar el movimiento; si todo era normal daría una vuelta manzana y luego entraría.

Pasa. Mira. Todo en orden. Entonces, más distendido, dobla la esquina. Ve dos policías en la calle. Son uniformados. Ni lo miran. Al volver a doblar pregunta la hora. Tres menos cuarto. Hay tiempo. Le quedan una cuadra y media.

Llega al café. Entra y ocupa una mesa para cuatro cerca de los baños. Viene Gustavo, el mozo: "Estuvo ayer a la tarde", dice, "va a traer un amigo". ¿Un amigo? ¿Quién será? "Traeme una cerveza", le pide.

“Un amigo... "- piensa- "Héctor no puede fallar. Tiene que traer a alguien confiable. Bueno, habrá que esperar”. Pero la fábula vuelve a crecer, a pesar...

Llega Héctor con su amigo. Saluda al mozo con un gesto y ambos se sientan en la mesa se Diego. "Este es Alejandro. Le interesa la fábula, es su primera vez". Diego mira al nuevo. Es flaco, medio rubio, está muy nervioso, más que él mismo. "No te preocupes", dice Héctor, "es de confianza". Diego gira la vista hacia Héctor. "No es eso, me pregunto si lo soportará, si lo sabrá disimular. Se hace cada vez más difícil. Hay días que ni yo mismo me soporto". Héctor lo tranquiliza: "Yo lo conozco, va a poder. Ahora vamos a la fábula, ¿está bien?". "Bien". Alejandro se esfuerza por sonreír.

Todo pasa rápido. Los amigos se van. Diego se queda solo saboreando su cerveza. Ya fue. Se siente libre, como si la fábula no existiera. Ya es un problema de ellos. Mañana empieza otra vida, sin fábulas. Llama al mozo. Le paga.

Gustavo no se va. Lo toma del hombro. "El jueves vienen Luis y Claudia, prepará otra fábula. No falles, estás en esto...".

Diego camina por las veredas todavía húmedas. El jueves será la última vez.

Mientras, otra fábula comienza a crecer...

GUILLERMO ALBERTO BALTAR.
1982

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