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13/07/2026
22/06/2026

El dolor en la boca del estómago que venía del corazón...

“Nunca tuvo el clásico dolor fuerte en el pecho… y aun así era un infarto.”

Claudia tenía 54 años.
Era una mujer activa, trabajadora, de esas que siempre dicen: “ahorita se me pasa”.

Una mañana empezó a sentirse extraña.

No tenía un dolor fuerte en el pecho como el que muchas personas imaginan cuando piensan en un infarto.

Lo que sentía era diferente.

Primero fue una molestia en la boca del estómago.
Después apareció la náusea.
Luego un cansancio tan intenso que tuvo que sentarse en la cocina.

Pensó que quizá había comido algo pesado.
Pensó que era gastritis.
Pensó que era estrés.

Pero había algo que no cuadraba.

La molestia no se iba.
Se sentía débil.
Le faltaba un poco el aire.
Y de pronto empezó a dolerle la mandíbula.

No era un dolor insoportable.
No era una escena dramática.
No estaba gritando ni agarrándose el pecho.

Solo estaba sentada, pálida, agotada, con una mano en el pecho y la otra en la mandíbula, intentando convencerse de que no era nada.

Su familia notó que no se veía bien.

Claudia decía:

“Debe ser el estómago.”

Pero su cuerpo estaba mandando señales desde otro lugar.

En urgencias, los médicos revisaron sus síntomas, sus signos vitales y realizaron los estudios correspondientes.

El diagnóstico fue un infarto.

Ese fue el giro del caso.

El dolor que parecía venir del estómago… venía del corazón.

Y esto es muy importante:

Un infarto no siempre se presenta como el dolor clásico, fuerte y aplastante en el pecho.

En algunas mujeres, los síntomas pueden ser menos evidentes o confundirse con problemas digestivos, cansancio, ansiedad o malestar general.

Puede haber dolor o molestia en el pecho, sí.
Pero también puede aparecer con náusea, fatiga extrema, falta de aire, sudoración, mareo, dolor en espalda, cuello, mandíbula, hombro, brazo o incluso en la parte alta del abdomen.

Por eso muchas personas tardan en buscar ayuda.

Porque esperan a que el dolor sea “como en las películas”.

Pero el corazón no siempre avisa así.

⚠️ Señales que no debes ignorar:

•⁠ ⁠Molestia, presión o dolor en el pecho
•⁠ ⁠Falta de aire
•⁠ ⁠Dolor en mandíbula, cuello, espalda, brazo u hombro
•⁠ ⁠Náusea o vómito
•⁠ ⁠Sudor frío
•⁠ ⁠Mareo o sensación de desmayo
•⁠ ⁠Cansancio inusual o extremo
•⁠ ⁠Molestia tipo indigestión o dolor en la boca del estómago

El aprendizaje de este caso es claro:

En mujeres, un infarto puede presentarse con fatiga, náusea, dolor en espalda, cuello, mandíbula o falta de aire, incluso sin el clásico dolor fuerte en el pecho.

No se trata de pensar que todo dolor de estómago es un infarto.

Pero si aparece de forma extraña, intensa, con falta de aire, sudoración, cansancio extremo, dolor en mandíbula o sensación de desmayo, no lo minimices.

El tiempo importa.

Y cuando se trata del corazón, esperar puede cambiarlo todo.

Ahora dime de qué te gustaría que hable en mi próxima publicación: infarto silencioso o angina de pecho 👩🏻‍⚕️

Yo soy la Dra. Pau Zúñiga y este post es educativo, no sustituye consulta médica.

28/05/2026

Durante décadas, millones de personas llevaron en el brazo una pequeña marca que contaba una historia inmensa.

Era la cicatriz de la vacuna contra la viruela.

Para muchos, esa señal redonda en la piel parece solo un recuerdo médico de otra época. Pero detrás de ella hubo una de las campañas sanitarias más importantes de la humanidad: la lucha contra una enfermedad que durante siglos dejó familias rotas, rostros marcados y ciudades enteras viviendo con miedo.

La vacuna contra la viruela no se aplicaba como muchas vacunas modernas.

No era una simple inyección profunda con jeringa. En la etapa final de la erradicación mundial se usó principalmente una aguja bifurcada, una pequeña herramienta de dos puntas que se mojaba en la vacuna y luego se presionaba varias veces sobre la piel, generalmente en la parte superior del brazo.

La idea era provocar una reacción local controlada.

El virus vaccinia, relacionado con el de la viruela pero distinto y más seguro para la vacunación, generaba una pequeña lesión en el sitio de aplicación. Primero aparecía enrojecimiento, luego una ampolla, después una costra. Al caer, dejaba una marca permanente en la piel.

Esa cicatriz no era la cicatriz de la viruela.

Era la señal de que el cuerpo había aprendido a defenderse.

La diferencia importa. Las cicatrices de la enfermedad podían ser numerosas, profundas y visibles en el rostro y el cuerpo de quienes sobrevivían. La cicatriz de la vacuna, en cambio, era una marca pequeña, nacida de una lesión controlada que buscaba evitar algo mucho peor.

Durante mucho tiempo, ese pequeño círculo en el brazo fue casi un pasaporte de protección. Decía que una persona había recibido una defensa contra una de las enfermedades más temidas del mundo. En algunos países, generaciones enteras crecieron reconociendo esa marca en padres, abuelos, vecinos y maestros.

Hoy la viruela está erradicada.

Fue declarada eliminada del mundo en 1980, después de una campaña internacional enorme, sostenida por médicos, enfermeros, vacunadores, comunidades y trabajadores de salud que llegaron a lugares remotos con neveras, agujas, registros y una convicción muy simple: detener una enfermedad que había acompañado a la humanidad durante milenios.

Por eso aquella cicatriz no debería verse solo como una imperfección.

Es una huella de victoria colectiva.

Una pequeña marca en la piel que recuerda una época en la que la medicina, la organización pública y la cooperación internacional lograron algo extraordinario: borrar del mundo una enfermedad que durante siglos pareció invencible.

Algunas cicatrices hablan de heridas.

Esta habla de una humanidad que aprendió a protegerse.

El evento ya pasó pero si van a Colón, es una experiencia imperdible.
19/04/2026

El evento ya pasó pero si van a Colón, es una experiencia imperdible.

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