29/11/2020
Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo unos jóvenes, que se conocían desde muy niños, estaban profundamente enamorados. Tanto se querían, que un día decidieron casarse y formar una familia. Estando ya cercana la boda, sintieron miedo de que su amor no fuese eterno y que algún día las dificultades y los obstáculos de la vida llegaran a separarlos; angustiados por ello, decidieron visitar a un sabio maestro que vivía a las afueras del pueblo en lo alto de una colina. El sabio se conmovió al escuchar a los jóvenes enamorados, pues le pidieron un conjuro, una pócima, o bien un talismán que les asegurara que su amor sería eterno. El maestro los miró con ternura y dirigiéndose primero a la joven le dijo: Mira, al final del valle, en aquel espeso bosque vive el halcón, un ave fuerte, audaz y precisa en su vuelo. Tienes que ir sola, y sin más ayuda que tus manos y una red, me traerás un ejemplar antes de la luna llena.
Luego se dirigió al joven para decirle:
Contempla tú en el horizonte, allí donde comienzan las montañas y en lo más alto, vive el águila, animal astuto, fuerte e inteligente. También irás solo, sin compañía alguna, y únicamente con tus manos y el auxilio de una red deberás capturar una pieza, que también deberás traérmela antes de la luna llena.
Y así lo hicieron los jóvenes; al amanecer del día siguiente, cada uno cogió su camino, deseosos de cumplir lo que el sabio les había pedido.
Después de unos días de marcha, y no sin dificultades, capturaron un halcón y un águila que, impacientes y antes de la luna llena, se los entregaron al sabio.
Hermosos ejemplares, sin duda, afirmó el maestro al ver las aves.
El joven, ansioso, comentó: Las sacrificaremos y beberemos su sangre, lo que nos trasmitirá su fuerza.
La joven, por su parte, dijo: No, no, las cocinaremos, nos alimentaremos con ellas y de ese modo podremos vencer todas las dificultades que se nos presenten.
Al escuchar a los dos jóvenes, el sabio ahora les dijo:
Nada de eso; tomad esta cinta de cuero, atad una de las patas de cada ave y esperad a que levanten el vuelo.
Pero eso, claro, no fue posible, pues, cuando el halcón quería levantarse, el águila se lo impedía; en otras ocasiones, era el halcón el que no permitía que el águila remontara el vuelo.
Después de intentarlo varias veces, las aves se agitaron con fiereza, por lo que llegaron incluso a lastimarse.
Entonces el sabio les pidió: ¡Basta ya!, ¡soltadlas!
Al sentirse libres, el halcón y el águila levantaron su majestuoso vuelo, cada uno por su lado.
Ahora el maestro les dijo a los jóvenes: No olvidéis nunca lo que habéis visto y habéis aprendido hoy: Volad juntos, vigilando siempre cada uno el vuelo del otro, pero jamás atados. Así, el amor, vuestro amor, podrá ser para siempre.