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16/10/2026
27/09/2026

¡𝗬 𝗮𝗹 𝗱í𝗮 𝘀𝗶𝗴𝘂𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗻𝗼 𝗵𝗮𝗯𝗿á 𝗻𝗮𝗱𝗶𝗲!

El tema hoy en el candelero es el anuncio del fin del mundo.

Ya no desde la trompeta del arcángel San Miguel, sino desde las sirenas de Silicon Valley.

Esta vez, el jinete del Apocalipsis no cabalgará su caballo, sino una computadora con software de inteligencia artificial fuera de control.

No es que nos vaya a disparar su tormenta de láseres, como en Terminator, y chao a la especie humana.

Será algo mucho más frío y escalofriante.

Le pedirán una cosa y entenderá otra, se arrogará poderes sobrenaturales y cuando ya no funcione el botón de apagado, se desbocará.

Dejará de ser aquella IA a la que le pedíamos que nos inventara una receta de arroz con pollo o que nos dijera si le gustábamos a fulana o zutana.

¡Adiós pura vida!

No se vale que “cuatro gatos”, sentados frente a una pantalla, dispongan de nuestra existencia toda.

Yo, que a mis 81 hacía planes para seguir en “modo lambada” hasta los 100, desde ya empecé a hacer la maleta metafísica.

A nosotros nos habían dicho que la extinción humana la iba a protagonizar otro asteroide, el calentamiento global o la tercera guerra mundial.

Pero no que una compu.

De ahí que cuando el arcángel baje para el Juicio Final, se encontrará un “post-it” de la IA pegado en la nube: “Ya lo hice todo, compa.”

A mí, en particular, en nada me perjudicará ninguna modalidad de extinción humana importada porque ya elegí la propia, vía eutanasia:

Ahogarme en la delicia de un balde de natilla en Rancho Ceci, Zarcero.

¡Quién iba a pensarlo!

De monos haciéndolo todo, saltaremos a robots haciéndonos todo…hasta convertirnos en humo.

Pudimos sobrevivir a glaciaciones, pestes y suegras, menos a nuestra propia pereza automatizada.

Por primera vez, nuestra acta de defunción la firmará una máquina forense: “Se embarcó por inventar cosas demasiado inteligentes que se lo hicieran todo”.

Y como aviso final: se ruega no traer flores. En su lugar, un cargador por si alguien se queda sin batería.

Aunque, al menos, dejaremos una buena herencia: ocho mil millones de almas para fertilizar con nuestros pecados la nueva Tierra.

La víspera de nuestra desaparición serán horas raras, de una calma desconocida.

Nadie revisará ni cargará ya el celular.

La gente saldrá a la calle y hará filas, pero no para comprar, sino para abrazar: “Mae, gracias. Perdón por quitarte la novia”.

Evocaremos el sabor del aguadulce, la lluvia musical sobre el techo de zinc y ese milagro cotidiano que nunca valoramos lo suficiente: respirar sin pensarlo.

Todo el país entrará en pausa.

Nadie pitando en la General Cañas ni haciendo fila para sacar la licencia o renovar la cédula.

En la pulpería de la esquina ya no fiarán porque, total, ¿para qué?

La gente conversando de verdad, no por wasap, mientras los carajillos juegan bola en la calle porque ya no pasan carros.

En la última hora haremos lo que hicimos al principio como especie: nos juntaríamos alrededor de un fuego.

No para calentarnos, sino para contarnos historias.

El yigüirro cantará sin que ya nadie lo joda callándolo a semillazo limpio.

Y, de pronto: ¡pum! Se nos va la luz, pero no la de la CNFL: la del mundo.

Sin drama, sin gritos de película de Hollywood, solo un zumbido, una pantalla en negro y un último rótulo flotando:

“That’s all, folks. Gracias por participar”.

Y entonces sí: al día siguiente no habrá nadie.

Nadie sacando la ropa a tender ni al perro a orinar en el poste.

Se acabó la presa de Circunvalación, la fila del Ebáis y el pleito por política en el grupo wasap de la familia.

Porque al tico no le da miedo morirse; le da miedo irse sin despedirse bien.

Sin tomarse el último cafecito chorreado con bizcocho.

Sin decirle a la doña: “Cariño, gracias por aguantarme las jumas y berrinches”.

Y tico que se ríe hasta el final, no muere del todo.

Ese día nos ahorraremos, además, la hablada de la tía que llora más duro en todos los velorios.

Esta vez se irán todos parejo, sin tener que hacer fila para dar el pésame, ir al rezo o al entierro.

Y ya que nos vamos, abracemos al vecino que nos cae mal, perdonemos al que nos “amarró el perro” y dejemos para más después lo que habíamos dejado para después.

Total, ya no habrá chisme.

Solo espero que esta extinción humana se defina pronto.

Tengo que saber qué ropa me pongo mañana.
Por Edgar Espinoza.

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