22/09/2026
En agosto de 1895, el correo de Estados Unidos despachó a un perro callejero alrededor del mundo, viajando entre los sacos, como una encomienda más.
Y ese no es el dato más raro de su historia: el más raro es lo que traía encima al volver.
Todo empezó en la oficina de correos de Albany, Nueva York, en 1888. Un perro sin dueño entró detrás de un empleado y se echó sobre una pila de sacos de lona. Volvió al día siguiente, y al otro. No lo ataban las personas sino el olor de las sacas: cuando ese empleado se mudó, el perro se quedó con el correo.
Los empleados lo llamaron Owney y lo dejaron subir a los vagones postales: primero por el estado, después por el país. En una época de descarrilamientos frecuentes, ningún tren en el que viajó se accidentó, y los carteros empezaron a tratarlo como un amuleto.
¿Cómo se sabe por dónde anduvo un perro que viajaba solo? Porque cada oficina que lo recibía le colgaba una chapa del collar: chapas de latón, monedas perforadas, medallas. Fueron tantas que el collar terminó pesándole, y el director general de Correos, John Wanamaker, le mandó hacer un arnés para repartir el peso. Era un pasaporte que ya no cabía en el cuello.
Con ese arnés puesto, el 19 de agosto de 1895 lo embarcaron en Tacoma, en el v***r Victoria, con la valija. Kobe, Hong Kong, Shanghái, Singapur, Suez, Argel, Nueva York: ciento treinta y dos días después estaba de vuelta. Y volvió con la respuesta colgada del lomo: 1.017 chapas, fichas y medallas; más de cuatrocientas se conservan.
Dos años después, el viaje terminó donde había empezado, en una oficina de correos: Toledo, Ohio, 11 de junio de 1897. Owney murió de un disparo. Las versiones no coinciden, y el museo que hoy lo custodia lo dice sin adornos: las circunstancias nunca se reportaron de manera satisfactoria.
Los empleados juntaron dinero para conservarlo, y en 1911 su cuerpo pasó al Smithsonian, donde sigue. En 2011, tras un siglo de polvo y retoques ajenos, el taxidermista Paul Rhymer se lo llevó cinco meses: le quitó la pintura vieja y los restos de arsénico, mientras dos conservadoras limpiaban las chapas una por una.
Un perro al que nadie reclamó terminó con el itinerario mejor documentado del correo estadounidense, escrito en metal sobre su propio cuerpo.