16/09/2026
LA LUCHA POR LA INDEPENDENCIA DE MÉXICO; OTRO ÁNGULO DE ANÁLISIS
Dos clases sociales empezaron la lucha de independencia de México en 1810.
Por el lado de los letrados, ilustrados por su origen de clase, y que por eso comprendían claramente por qué querían la independencia; los integrantes de este grupo, mayoritariamente criollos y algunos mestizos, pensaban que ya había llegado la hora de que Nueva España se convirtiera en un país independiente como los países que estaban formándose en todo el mundo. Pensaban que esos nuevos países estarían gobernados por patriotas sensibles a las necesidades de los explotados: que se desarrollarían hasta convertirse en naciones prósperas para todos sus habitantes; en esas naciones no existiría la explotación del hombre por el hombre. Ese era el sueño de Miguel Hidalgo, de Ignacio Allende y todos los demás héroes de la Independencia.
Estaba la otra clase social, la masa de los explotados, los desarrapados, los humillados, los hambrientos, enfermos y desheredados que eran la inmensa mayoría de la población novohispana. La miseria y el odio acumulado durante tres siglos, fueron sus motivaciones, pero también los motivaba la posibilidad de que esa guerra podría dar a luz a una patria amorosa. Por eso indígenas, esclavos negros, peones y trabajadores del campo y las ciudades, acudieron en masa al llamado de Miguel Hidalgo.
Pero en la historia del mundo nada resulta como sus grandes líderes lo imaginaron.
Los españoles vendieron muy cara su derrota. Desde el primer año de la guerra capturaron y fusilaron la mayoría de los líderes insurgentes: Ignacio Allende, fusilado el 26 de junio de 1811; Juan Aldama, fusilado el 26 de junio de 1811; Mariano Jiménez, fusilado el 26 de junio de 1811; Miguel Hidalgo y Costilla, fusilado el 30 de julio de 1811. Pocos años más tarde, los demás insurgentes corrieron la misma suerte: Mariano Matamoros, fusilado el 3 de febrero de 1814; José María Morelos y Pavón, principal genio militar y político de los insurgentes, fue fusilado el 22 de diciembre de 1815.
Prácticamente todos los iniciadores de esta gesta heroica desaparecieron sin haber visto la victoria final de su sacrificio; entre el pueblo levantado en armas, casi medio millón había sucumbido. Pero en las montañas de lo que hoy es el estado de Guerrero, la llama de la libertad continuaba encendida; las tropas insurgentes, hambrientas, enfermas y cada vez más aisladas y acorraladas por las tropas del ejército español, resistían firmes siguiendo el ejemplo de su líder, el general Vicente Guerrero.
Ya antes de 1820, los criollos y mestizos que hasta entonces seguían defendiendo los derechos del rey de España, consideraban ventajoso que la Colonia española se independizara y se convirtiera en país, pues en esas condiciones ellos podrían convertirse en los nuevos dueños de haciendas, minas y tierras que hasta entonces estaban bajo control total de los gachupines; además, tendrían en sus manos el gobierno del país, al cual tampoco podían aspirar mientras gobernaran los españoles. Como se puede ver, lo que impulsaba a estos personajes oportunistas y codiciosos, nada tenía que ver con los sueños de un país democrático y justo, como lo pensaron los conspiradores encabezados por Hidalgo, pues ellos sentían profunda simpatía por las causas de los pobres.
Estas consideraciones económicas y políticas, junto con la ruina financiera que amenazaba a la Colonia, determinaron a los gobernantes de la aún colonia española, allá por el año 1820, a negociar la independencia. El primer documento que surgió de las negociaciones, fue el Plan de Iguala, firmado por Agustín de Iturbide y por Vicente Guerrero, en febrero de 1821. Bajo ese Plan, se declaró la unidad de los ejércitos insurgentes y realistas, llamándose Ejército Trigarante, pues defendía tres garantías: Independencia, Religión Católica y Unión.
Así quedó consumada la independencia de México.
Sin embargo, como se puede deducir de lo expuesto en estos párrafos, el pueblo, esa masa amorfa que entregó la vida de más de 600 mil de sus integrantes, quedó olvidada. Después de la firma de independencia, nada de su existencia cambió. Las minas siguieron existiendo y explotando la fuerza de los esclavos; las haciendas tuvieron nuevos amos, amos blancos como los gachupines, que siguieron ocupando la fuerza de trabajo de los peones acasillados; en las ciudades, que aún eran muy pequeñas, los trabajadores vivían en permanente explotación y miseria.
¡La explotación continuó impune! ¡La miseria siguió cabalgando entre los pobres! Y hasta nuestros días, esa situación ha cambiado muy poco, por eso cabe esta pregunta: ¿Es que acaso la Independencia no se hizo para los pobres o la lucha aún no ha terminado?