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Sinai kids Laderas 2
Servicios:
lunes: 6:00 pm estudio devocional
Martes: 6:30 pm ensayo danza
Jueves: 6:00 pm oracion y culto de jovenes
Domingo: 5:00 pm culto general
Hay una realidad dolorosa que no podemos ignorar: gran parte de esta generación de “cristianos” se ha ido alejando lentamente de las disciplinas espirituales que mantenían viva la llama del altar.
Se ha abandonado la oración profunda.
Se ha perdido el hábito del ayuno.
Ya casi no se habla del quebrantamiento.
Muchos dejaron de buscar el revestimiento de poder del Espíritu Santo.
La santidad ahora se considera extremismo.
Congregarse fielmente se volvió opcional.
La consagración fue reemplazada por comodidad.
Y la presencia de Dios fue sustituida por entretenimiento religioso.
Tenemos una generación que sabe mucho de plataformas, pero poco de altar.
Mucho de emociones, pero poco de transformación.
Mucho de apariencia, pero poco de carácter.
Mucho de conciertos, pero poco de clamor.
Mucho de motivación, pero poco de crucifixión del yo.
Y como consecuencia, estamos viendo creyentes débiles espiritualmente…
Sin autoridad sobre el pecado.
Sin dominio propio.
Sin pasión por las almas.
Sin discernimiento.
Sin hambre de Dios.
Mezclados con el mundo y tratando de parecerse más a la cultura que a Cristo.
Muchos quieren los beneficios del Evangelio sin el precio de la entrega.
Quieren un cristianismo que los entretenga, pero no que los confronte.
Buscan predicaciones que los hagan sentir bien, pero rechazan las que producen arrepentimiento y santificación.
Pero la Iglesia nunca fue llamada a entretener generaciones; fue llamada a formar discípulos.
Nunca fue llamada a producir fanáticos emocionales; fue llamada a levantar hombres y mujeres llenos del Espíritu Santo.
Nunca fue llamada a parecerse al mundo para atraerlo; fue llamada a mostrarle un Reino diferente.
La falta de oración produce debilidad.
La ausencia de ayuno produce carnalidad.
La falta de santidad produce contaminación.
La ausencia del Espíritu produce religión vacía.
No necesitamos más espectáculos.
Necesitamos otra vez lágrimas en los altares.
Necesitamos cultos donde la presencia de Dios vuelva a ser más importante que la producción.
Necesitamos creyentes que vuelvan a encerrarse a buscar a Dios hasta ser transformados.
Necesitamos volver al fuego santo, al temor de Dios y a la llenura genuina del Espíritu Santo.
Porque una iglesia sin oración termina dependiendo del talento.
Una iglesia sin santidad termina pareciéndose al mundo.
Y un creyente sin comunión con Dios terminará teniendo apariencia de piedad, pero negando la eficacia de ella.
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