28/06/2017
Recomendación de hoy: El último lector, de David Toscana.
Un libro fabuloso que recuerda el buen cine mexicano, cuyo eje luminoso y riquísimo era el lenguaje, ya tan disminuido en las nuevas películas insípidas que requieren del exceso de escenas de "eróticas" sin sentido y de dos disparates por cada cinco palabras del guión.
Una novela inteligente que no teme discurrir en el ámbito rural sin caer lo mismo de siempre, y que es a un mismo tiempo muchas historias.
Dejamos a continuación un vistazo a uno de sus personajes:
Leyendo se me pasa el tiempo, se me olvida el hambre, pero llega la noche y se vuelve imposible dormir.
Y pensar que estuve a punto de censurar esta novela, dice Lucio, sólo se salvó porque el pene del protagonista es breve, y eso me parece insólito; por lo general los escritores quieren verse en sus personajes y hablan de enormes miembros y amantes perfectos y erecciones monstruosas.
Tiempo atrás Lucio hizo un experimento: mientras leía “Ojos insomnes”, usó un pincel para embarrar miel sobre los paréntesis y guiones que tanto emplean ciertos autores con el propósito de subordinar o intrincar las frases. Para Lucio, esos símbolos son concesiones que da la gramática a los escritores torpes, a los que no atinan con el modo de encadenar las frases de manera natural, tersa.
Engrapó una cuerda al lomo del libro y lo hizo descender al in****no. Un mes después lo extrajo. Le decepcionó que las cucarachas no hubieran mostrado preferencia por la miel, pues habían consumido por igual guiones, paréntesis, mala prosa y frases bien destiladas; luego lo aceptó como algo natural, pero las cucarachas no tenían por qué diferenciar lo que la masa de lectores no distingue.
Lucio tiene hoy otro libro para ese in****no, otra muestra de la formidable glosa española, “La verdad sobre los amantes”, de Ricardo Andrade Berenguer, literato, crítico, periodista, musicólogo y cineasta que considera más importante la forma en que su protagonista acerca el ci******lo al cenicero, las volutas de humo y el jazz en el fondo, que de veras revelar una verdad sobre los amantes. Se acerca a la puerta y abre la cortinilla. Escucha las bocas de los insectos mordiendo el papel.
La frase “antes de salir, Robert se puso su Giorgio Belli, el negro, el preferido de Emily”, fue suficiente para que Lucio desechara “Espejos de vida”. Le parece que una novela se ensucia menos cuando un lector come encima de ella que cuando el autor menciona la marca de los pantalones de un personaje o de su perfume o de sus gafas o corbata o del vino francés que bebe en tal o cual restaurante; las novelas se manchan con la sola mención de una tarjeta de crédito, un automóvil o la televisión. Detecta los automóviles porque el detective Castelli n se m***a en el suyo para ir del despacho a la escena del crimen, sino para que el autor pierda tiempo hablándonos del tránsito, los semáforos, los comercios en la avenida y las canciones que escucha en la radio.
Si los lectores no distinguen entre una muerte real y una falsa, dice Lucio, no es importante que el escritor lo haga. Y en todo caso las novelas son sólo palabras, y la palabra muerte no es lo mismo que la muerte.
Considera que es suficiente por esa jornada y se dice que no necesita que necesita cinta adhesiva para que a las palabras no se las lleve el viento. A p***s cierra el libro, escucha que tocan la puerta…
*Párrafos sueltos de la novela.

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