Comité Unificador Familiar C.U.F

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08/06/2022

LA DICTADURA MUNDIAL

Por: Aquiles Córdova Morán

La bandera política con la cual el capitalismo mundial combatió al sistema socialista que nació a raíz de la Primera Guerra Mundial, fue sin duda la de la democracia, manejada como la mejor alternativa, como la mejor opción que podía oponerse a lo que se calificó siempre como una feroz dictadura burocrática, encarnada en los partidos comunistas que gobernaban en los países del llamado “bloque soviético”.

Los políticos y los ideólogos más conspicuos del “mundo libre” repitieron siempre, una y otra vez, que el socialismo no sólo era económicamente inviable, sino, además, un sistema inhumano que conculcaba las libertades y los derechos básicos del hombre, convirtiéndolo en una cosa, en un autómata, en simple pieza de una maquinaria brutal que lo esclavizaba y lo obligaba a ponerse al servicio de una supuesta causa superior, que ni entendía ni estaba pensada, en esencia, para beneficiar sus intereses materiales y espirituales, sino a los de sus dominadores y manipuladores.

En contrapartida, por implicación o expresamente, se ponía a las economías basadas en la explotación del trabajo asalariado y en el libre juego de las leyes del mercado, como modelos no sólo de eficiencia económica, sino también de humanismo, de libertad y de tolerancia; como profundamente respetuosas de valores tan elementales y básicos como la libertad religiosa, la libertad de pensamiento, la libertad de expresión y de información, el derecho de libre asociación y organización, el derecho al trabajo, a la salud, a la educación y a la alimentación y, como telón de fondo de todo esto, del respeto irrestricto a la soberanía e independencia de las naciones y, consecuentemente, de su derecho a elegir libremente el tipo de gobierno más acorde con los intereses y la idiosincrasia de sus ciudadanos. En una palabra: se nos decía que el triunfo del capitalismo y la derrota del totalitarismo de corte soviético, traería a la humanidad una era de paz, de progreso y de desarrollo económico jamás vistos hasta entonces, aparejados con el respeto incondicional a todos los derechos y libertades básicos de los hombres y de las naciones.

Hoy estamos en plena era postsoviética, pero en vez de la dignificación espiritual y del progreso material de la humanidad que se nos había prometido, lo que vemos por todos lados es más pobreza, más ignorancia, más desempleo y más insalubridad para las grandes masas de trabajadores y de desposeídos en general; lo que ocurre ante nuestros ojos es una monstruosa concentración de la riqueza planetaria en las manos de unos cuantos potentados que se pueden contar con los dedos, mientras que la miseria en todos sentidos se extiende de modo incontenible, como una mancha de aceite, como un cáncer devorador, abarcando cada día a millones y millones de seres humanos que no encuentran empleo, o ganan un sueldo miserable que no les permite ni siquiera sobrevivir con dignidad.

Y vemos también cómo, para mantener y perpetuar este estado de cosas, se atropella y persigue todo aquello que antes se decía defender; cómo la protección de los tan llevados y traídos derechos humanos se han convertido en un arma en manos de los poderosos y de los privilegiados para hostilizar y combatir a sus enemigos políticos, en un recurso para mantener amenazados y quietos a líderes populares, a organizaciones sociales y a países enteros, bajo la amenaza de acusarlos y castigarlos como violadores de tales derechos, cuando la verdad es que éstos importan un verdadero cacahuate cuando de salvaguardar los intereses de los potentados se trata.

Y lo peor de todo, por si algo hiciera falta, estriba en que ha desaparecido, de facto, la soberanía y la independencia de las naciones; en que éstas ya no pueden elegir su forma de gobierno ni la política económica a aplicar de sus fronteras hacia adentro, simple y sencillamente porque los países ricos, los llamados países capitalistas de punta, no permiten ya ningún tipo de ensayo de esta naturaleza que ponga en riesgo su prosperidad económica y su hegemonía absoluta sobre las naciones débiles en el terreno político. Desde la derrota del socialismo, en el mundo ya no hay más que de una sopa: o se es un país “democrático” o se atiene uno a las sanciones correspondientes, mismas que, como a todo mundo le consta, no excluyen la agresión militar y el arrasamiento total, como lo atestiguan el caso de la antigua Yugoslavia y el martirizado Afganistán.

Así pues, la humanidad entera está viviendo una paradoja. La derrota de la dictadura comunista y el triunfo de “la libertad” nos están conduciendo, rápidamente, a un nuevo tipo de dictadura: la dictadura de los países económica y militarmente poderosos sobre los países débiles. El mundo unipolar, el mundo dominado por una sola potencia, se está evidenciando como un mundo esclavo de dicha potencia, en el cual sólo se respeta y cumple la voluntad de esta última. La dictadura planetaria busca implantar por la fuerza (por eso es una dictadura) la “democracia” en los demás países, con lo cual queda evidenciado, además, que la democracia no está siempre, necesariamente, al servicio de las mayorías, sino que puede transformarse, perfectamente, en un mecanismo simulador, encubridor de una política de exacción, de explotación y de sometimiento de los débiles (ciudadanos y países) en beneficio de quienes detentan el poder económico y militar.

Nunca la preponderancia de un solo actor, de una sola fuerza, ha sido fuente de igualdad, de justicia y de paz. El poder omnímodo, incompartido, tiende necesariamente a la arbitrariedad, al abuso, a la parcialidad y a la pérdida del más elemental sentido del equilibrio. Por eso vemos cómo Estados Unidos protege y justifica aun los actos más crueles y violatorios del derecho internacional cometidos por Israel en contra de los palestinos; por eso vimos con terror la invasión a Irak, a pesar de que los investigadores de la ONU no encontraron un solo vestigio de armas de destrucción masiva en ese país; por eso vemos cómo los fuertes se arrogan el derecho al monopolio de la energía nuclear, mientras niegan ese mismo derecho a los países débiles, tal como ocurrió en el caso de Corea del Norte. Todos estos horrores y abusos, lo reconozcamos o no, habrían sido impensables en la época en que el socialismo hacía contrapeso a la voluntad hoy incontrastada del imperialismo.

La pobreza, la ignorancia, la enfermedad y la injusticia seguirán campando por sus respetos en el planeta entero, mientras esté viva la paradoja de un gigante todopoderoso que intenta imponer la democracia por la fuerza a las demás naciones, impidiéndoles seguir su propio camino, es decir, la paradoja de una democracia formalista a nivel nacional y una dictadura auténtica a escala planetaria. Ningún predicador de buenos deseos, ningún discurso humanista y conciliador, y mucho menos un simple cambio de fechas en el calendario, podrán cambiar esta lacerante realidad.

Por eso cada año es trágico para los pobres tal como lo han sido los anteriores; duro y cruel para los desamparados y lleno de peligros y amenazas para la paz mundial. Sólo hay una alternativa para escapar de este círculo de hierro: volver a crear una teoría y una práctica revolucionarias para las grandes masas empobrecidas que, depuradas de los vicios y errores de las anteriores, sean una verdadera opción en la lucha por la liberación de la humanidad. Liberar a esta, en suma, exige acabar de raíz con la nefasta unipolaridad actual; crear otros focos de poder y de atracción para las mayorías; derrotar a la dictadura mundial que, hoy por hoy, nos tiene en sus garras, sin que se vislumbre ninguna esperanza fácil de pronta redención.

18/05/2022

EL CURIOSO PENSAMIENTO DE LA DERECHA

Por:Aquiles Córdova Morán

Ya la teoría dialéctica del conocimiento, fundada por Heráclito de Éfeso en el siglo VI antes de Cristo, ahondada y sistematizada por Hegel y perfeccionada por Marx en el proceso mismo de aplicarla a la crítica de la economía política, demostró que muchos problemas que se presentan al pensamiento abstracto no pueden resolverse con el puro recurso de la argumentación lógica simplemente porque la conciencia cognoscente actúa inevitablemente como juez y parte, es decir, que la verdad o falsedad de su demostración tendrá que juzgarla sin remedio ella misma, lo que no obliga automáticamente a los demás a hacerla suya. Por eso, Marx fue el primero en descubrir que la prueba última de toda “aporía” mental es la realidad misma, único común denominador al que tenemos que plegarnos todos, nos guste o no, si queremos vivir en armonía con esa misma realidad.

Sin embargo, el tiempo ha demostrado que tampoco esta prueba logra imponerse a todos sin dificultad, porque quienes defienden intereses ajenos al puro afán de conocer la verdad, siempre encuentran la manera de ponerla en duda e incluso de negarla abiertamente. Y cuando es necesario, no dudan en deformar, mutilar y negar la realidad misma e, incluso, inventar una realidad inexistente para demostrar “su” verdad preconcebida. Esto es particularmente cierto y grave en nuestra época, porque el perfeccionamiento de los medios de comunicación y de transmisión del pensamiento, permite manipular la mente humana hasta lograr que crea más en la realidad virtual que le ofrecen los medios que en la que les transmiten sus propios sentidos.

Ocurre, por ejemplo, con la guerra ruso-ucraniana. Mientras los halcones del Pentágono, con el apoyo de las plutocracias del “mundo libre”, cometen todo tipo de abusos, crímenes, saqueos, destrucciones y masacres de países enteros (Irak, Afganistán, Libia, Siria, etc.) su poderosísima maquinaria propagandística se encarga de presentarlos como héroes que arriesgan su vida por la libertad, la democracia y los derechos humanos, y de presentar a las víctimas como los “verdaderos” y criminales agresores. Y todo mundo toma esas horrendas mentiras como verdades indiscutibles, las aplaude y las apoya y, con ello, deja manos libres a los delincuentes internacionales para seguir con su labor de muerte y sometimiento del planeta.

Y es llamativo que renombrados intelectuales, científicos, columnistas, publicistas, reporteros, “blogueros”, “yutubers”, “influencers”, etc., que por su misma actividad profesional conocen de primera mano la existencia y la actividad de la poderosa maquinaria de control de la opinión pública, hagan suyas estas flagrantes falsificaciones sin un asomo de crítica. Y más aún que, apoyados en ellas, se sumen a la campaña de ataque contra las víctimas y en favor de sus verdugos, repitiendo con la fe del carbonero que Rusia está perpetrando un crimen imperdonable al invadir a un país pequeño e indefenso como Ucrania, cuando los propios orquestadores de tan sangrienta maniobra se jactan sin recato de su fechoría.

Algunos ejemplos. 1) “«Joseph E. Hilbert, jefe del 7° Mando de Entrenamiento del Ejército de EE. UU. en Europa, reveló que durante casi siete años, su país invirtió 126 millones de dólares para entrenar a 23.000 soldados ucranianos», recoge Jack Detsch, periodista de la revista Foreign Policy. Asimismo, señaló que durante el mismo periodo Ucrania ha participado en más de una docena de grandes ejercicios con tropas estadounidenses en Alemania (RT, 4 de mayo de 2022). ¿Se corresponde esto con la visión del “pequeño y pacífico país” que retratan los medios?

2) El reconocido cineasta Oliver Stone alerta “que EE. UU. podría «estar preparando el escenario para una explosión nuclear en Donbass y culpar a Rusia». «Por supuesto, si esto sucediera (…) todos los ojos del mundo estarían entrenados, como un perro de Pavlov, para culpar a Rusia. Esta culpa ya se ha establecido de antemano, independientemente de quién haya lanzado el dispositivo», aseguró” (RT, 4 de mayo de 2022). En su cuenta oficial de Twitter, Stone dice que lleva 8 años siguiendo la situación en Ucrania y recuerda «los incendios de Odessa, la persecución sin derechos legales y asesinatos a periodistas, alcaldes, políticos y ciudadanos». «Me ha conmocionado el puro odio expresado contra la minoría ruso-ucraniana. Es una historia larga y triste que se desarrolla desde el golpe de Estado de 2014…» ¿Prueba esto que Rusia invadió Ucrania por el puro afán de apoderarse de su territorio? Lo del “perro de Pavlov” (el investigador ruso creador de la teoría del reflejo condicionado) es una alusión, precisamente, al poder manipulador de los medios al servicio del imperialismo.

3) El representante de Rusia en el Consejo de Seguridad de la ONU presentó documentos de indudable autenticidad que prueban que 4 gigantes de la industria farmacéutica occidental, Pfizer, Moderna, Merck y Gilead, participaban en experimentos biológicos con enfermos mentales ucranianos (¿recuerdan a los científicos de Hi**er y del Japón imperial?) en el hospital psiquiátrico n°1 de la ciudad de Streletchye, en la región de Járkov, inoculándoles el bacilo de la tuberculosis. La idea era usarlos como vectores para contagiar masivamente a los habitantes de la República Popular de Donetsk. El secretario general adjunto de la ONU para el desarme, Thomas Markram, se limitó a asegurar que la ONU no sabía nada de esto, pero los representantes de los países miembros de la OTAN rechazaron cínicamente las pruebas acusando a Rusia de «desinformación» (voltairenet.org, 14 de mayo). Estos son, véalos usted bien, los que se dicen combatientes por los “derechos humanos”.

4) Matt Gaetz, congresista republicano por Florida, increpó a Seth Moulton, también congresista, que afirma que EE. UU. está “en guerra con Rusia”. Si estamos en guerra, dijo, “por qué no votamos sobre la autorización del uso de la fuerza militar? ¿O es que vamos a operar en Ucrania como lo hemos hecho en Yemen y por todo el mundo: guerras nunca declaradas?” En su opinión los legisladores no quieren ninguna discusión ni votación “porque su verdadero objetivo es el cambio de régimen en Rusia, no la defensa de Ucrania”. “Hace un año perdimos una guerra contra los pastores de cabras que agitaban rifles. Ahora corremos a luchar contra una nación que posee 6, 000 ojivas nucleares”. “Se supone que los servicios clandestinos son profesionales sigilosos. Ahora parece que no pueden parar de jactarse ante los medios de comunicación de cómo EE. UU. ayudó a Ucrania a asesinar a los generales rusos y a hundir el buque insignia de Rusia (…) Es como si la administración estuviera sondeando la línea roja nuclear de Putin”. Añadió que le preocupan las “armas nucleares, no los tanques dañados; recordó que las armas enviadas por EE. UU. acabarán en manos del batallón Azov —“40 demócratas de la Cámara de Representantes los llamaron una organización extranjera ne***zi y terrorista tan solo hace tres años”— que ahora aparentemente no les parece tan malo a los políticos estadounidenses. Y concluyó: el Congreso está dispuesto a “enviar miles de millones (de dólares) a Kíev que llenarán los bolsillos de funcionarios corruptos” como sucedió en Afganistán. “Estamos entrando en guerra como sonámbulos y el pueblo estadounidense se queda en la oscuridad” (RT, 14 de mayo). Estos poquísimos ejemplos demuestran, como dije, que la realidad no es como nos la pintan los medios al servicio del imperialismo.
El tema resulta de actualidad por las reacciones que han provocado los recientes actos de política exterior del presidente López Obrador. Creo que la discusión entre nosotros no debería ser sobre la vigencia de principios que en otro tiempo nos conquistaron el respeto del mundo entero: pleno respeto a la soberanía, independencia e integridad territorial de los países; no injerencia en los asuntos internos de otro país y solución pacífica de los conflictos. Creo que la discusión debería recaer sobre el riesgo de una aplicación simplista de los mismos a una situación compleja como el conflicto ruso-ucraniano. En casos así, se impone discernir con lucidez quién es el que viola la soberanía ajena; quien se apresta a vulnerar la integridad territorial de otro; quién prioriza el uso de la fuerza sobre la negociación.

Dar la razón a los fuertes por conveniencia o cobardía, es fácil, como lo vemos hoy; pero casi siempre es faltar a la verdad, a la razón y a la justicia; es violar con toda desvergüenza los principios que se dice defender. El gobierno de México está en lo correcto cuando se niega a dictar sanciones económicas contra Rusia, pero se equivoca y se contradice flagrantemente (por superficialidad o por malicia) al ordenar a su embajador en la ONU promover, junto con Francia, la condena mundial a ese país por invadir a Ucrania. Si Rusia es culpable de violar la soberanía de Ucrania, debe ser sancionada; si no lo es, la condena mundial es una injusticia vergonzosa. Esto es borrar con la cola lo que se hace con la mano.

Pero más críticas agrias ha provocado su reciente visita a Cuba. Esto implica que sus críticos, a sabiendas o no, respaldan el criminal bloqueo norteamericano a la isla y se alinean con el mundo del capital, dominado por el afán de lucro, la desigualdad y la pobreza de los pueblos. Esto se ve con toda claridad en los “razonamientos” de los opositores cubanos a la visita de AMLO. “Las relaciones entre países no pueden estar en “torre de cristal” ignorando la situación de los pueblos”, dice Dagoberto Valdés, director de la revista digital Convivencia. “La base debe ser el conocimiento profundo de la situación real del país con el que se tiene relación. Sin respetar los derechos humanos no puede haber verdaderas y auténticas relaciones” (EL UNIVERSAL, 5 de mayo de 2022).

Esto me parece muy bien. Pero se me antoja preguntar: ¿qué entiende por “conocimiento profundo de la situación de un país”, Dagoberto Valdés? ¿Se reduce a pronunciarse sobre aquello que interesa al crítico? Valdés no define de modo entendible que son los “derechos humanos”; tampoco lo explica por enumeración de sus factores constitutivos. Por ejemplo, no dice nada sobre la desigualdad, la pobreza, el desempleo, el analfabetismo, el sistema de salud, la vivienda popular, etc., todos ellos, a mi juicio, componentes esenciales de los derechos humanos. Creo que si reflexionara en serio vería, en primer lugar, que también están ausentes, y en gran escala, en EE. UU. el país que tácitamente toma por modelo. En segundo lugar, se preguntaría en qué medida el mal estado de estos derechos en Cuba es consecuencia del bloqueo norteamericano, que dura ya 60 años. No hacerlo así, lo lleva a arrojar toda la culpa (que alguna debe tener, sin duda) sobre el socialismo cubano.

La directora del diario digital 14ymedio.com, Yoani Sánchez, dijo: “López Obrador dará un soplo de vitalidad y de oxígeno económico a la dictadura cubana. Vendrá con los bolsillos abiertos a la voracidad de la dictadura y los oídos cerrados a las voces críticas y de denuncia en Cuba que señalan la grave situación”. Me asombra comprobar que los intelectuales opositores al régimen cubano (caduco y agonizante, dicen) manejen el viejo y conocido truco de acusar de “dictador” al presidente Díaz–Canel sin argumentación ni prueba concreta alguna. No nos dicen, tampoco, en qué consiste la “democracia ideal” que pelean. ¿No saben, acaso, que esa democracia ideal no existe ni siquiera en el paraíso norteamericano, según Noam Chomsky? Y es una sucia calumnia a secas, acusar al gobierno cubano de una pandilla de ladrones voraces, hambrientos del dinero que a manos llenas les llevaría López Obrador. Eso no lo dice ni siquiera Joe Biden, porque no le gusta hacer el ridículo.

No estoy de acuerdo, por supuesto, con los exagerados elogios a López Obrador, pero los entiendo y disculpo porque creo entender la difícil situación de Cuba y aplaudo cualquier apoyo que reciba, por mínimo que sea. Hoy, tanto los EE.UU. como la Unión Europea, brazo político de la OTAN, están mostrando especial interés en América Latina. Quieren unirnos y uncirnos a su política guerrerista por el dominio mundial, como lo prueban la próxima cumbre de países americanos en Los Ángeles, California y la prisa de la UE por cerrar los pactos comerciales con los países del Mercosur, destacadamente México y Chile. La defensa de López Obrador del derecho de todos nuestros países a asistir a la “cumbre” de Joe Biden obedece al mismo propósito que enunció en la reunión de la CELAC en México. Rechacé y rechazo ese semi idealismo político y sostengo, a la vista de la coyuntura internacional, que lo único que vale la pena pelear, en esta y en cualquier cumbre, es el levantamiento inmediato y sin condiciones del embargo a Cuba. Solo eso compensaría el sacrificio de asistir todos a la cumbre de Los Ángeles.

11/05/2022

SE CUMPLE LA MALDICIÓN DE STALIN

Por: Aquiles Córdova Morán

En la cumbre de Yalta, celebrada en febrero de 1945, Churchill convenció al presidente Roosevelt de no revelar a Stalin absolutamente nada sobre el secreto de la bomba atómica, cuyo proyecto se encontraba ya muy avanzado. El objetivo era no alertar a los soviéticos para impedir que se apresuraran a crear su propia versión de esa poderosa arma y, de ese modo, garantizar su monopolio por EE. UU. y, por tanto, su dominio absoluto del mundo de la posguerra.

La primera bomba norteamericana se probó con éxito el 16 de julio de 1945. Con ese as bajo la manga, Truman solicitó a sus pares de Rusia y Gran Bretaña un encuentro en la cumbre en Potsdam, cerca de Berlín, para tratar los problemas más urgentes de la postguerra. En esta conferencia, que tuvo lugar del 17 de julio al 2 de agosto, Truman se limitó a informar a Stalin, a manera de simple cortesía, que su país poseía ya un arma cuyo poder destructivo era desconocido hasta entonces. Stalin fingió no sorprenderse y replicó que esperaba que hicieran un uso cuidadoso y responsable de la misma. Cuatro días después de terminada la cumbre de Potsdam, el 6 de agosto de 1945, los Estados Unidos dejaron caer la primera bomba atómica sobre Hiroshima.

Los soviéticos, que contaban con cierta información y la ayuda de científicos alemanes que habían trabajado en la idea por órdenes de Hi**er, lograron con relativa rapidez probar con éxito su primera bomba en 1949. Durante el tiempo transcurrido desde el fin de la guerra hasta esta fecha, Estados Unidos y sus aliados trataron de que la ONU adoptara un acuerdo para prohibir la proliferación de armas nucleares. Sus argumentos eran el descontrol total y el consiguiente riesgo para la paz mundial en caso de no hacerlo, pero el verdadero fondo era conseguir que el mundo entero reconociera el monopolio absoluto de la energía nuclear por parte de los EE. UU., sin el riesgo de que surgieran competidores futuros. Para conseguir el voto de la URSS, ofrecieron compartirle toda la información sobre el tema… después de la aprobación del acuerdo, es decir, cuando ya no le sirviera de nada. Stalin, por supuesto, no mordió el anzuelo.

La bomba soviética cayó como piedra en gallinero en los círculos políticos y militares norteamericanos, y su respuesta fue apresurar la firma de un acuerdo cuyo contenido y propósitos venían acariciando de tiempo atrás: unir a todos los ejércitos de Europa occidental bajo un mando único y centralizado cuyo control se reservaban los norteamericanos, que sería el responsable de tomar todas las decisiones relativas a la seguridad europea frente a la “amenaza comunista”. Bajo ese mando único, todos los países miembros quedarían obligados a responder colectivamente si uno, varios o todos juntos fueran víctimas de un agresor, interno o externo (se trata del famoso artículo 5º). Ese gigantesco robot militar bajo control norteamericano es la OTAN, que nació el mismo año que la bomba atómica rusa: 1949.

El argumento de la necesidad de la OTAN frente al peligro de una invasión comunista, era una grosera invención de los norteamericanos que Stalin, supuesta encarnación de tan terrible amenaza, fue el primero en descubrir y denunciar por ser quien mejor sabía que no era cierta. Desde su enfrentamiento con Trotski y seguidores en 1925, que defendían la tesis de que el socialismo no prosperaría en la URSS en ausencia de una revolución mundial, él había sostenido una opinión radicalmente opuesta: olvidarse por el momento de la revolución mundial para dedicarse exclusivamente a la construcción del socialismo en un solo país, es decir, en la URSS, tesis que fue la que finalmente se impuso. Además, durante la guerra y frente a la necesidad de convencer a los aliados de firmar un pacto de defensa colectiva contra Hi**er, les había dado garantías personales de que no se proponía promover ni apoyar ninguna revolución en ninguna parte del planeta; instruyó a todos los partidos comunistas del mundo para que abandonaran el discurso revolucionario radical por un discurso antifascista y un llamado a todos los antifascistas sin excepción a formar un frente nacional contra Hi**er. Finalmente, decidió disolver la Tercera Internacional, el famoso Comintern fundado por Lenin, que era una demanda insistente de los aliados. Con todo esto, el cuento del “peligro comunista” no podía tener ninguna base real.

Fue esto lo que permitió a Stalin ver con más claridad los verdaderos fines de la OTAN y advertir a los europeos lo que les esperaba, que es lo que yo llamo la “maldición de Stalin”. La OTAN (palabras más o palabras menos), dijo, no fue creada para defender a Europa de un peligro inexistente; es un instrumento de dominación mundial de los Estados Unidos, un control absoluto que incluye, en primer lugar, a la propia Europa occidental. Los europeos deberían darse cuenta que, al seguir el juego norteamericano, no hacen más que reforzar las cadenas que los mantendrán férreamente uncidos al carro de los intereses del imperialismo yanqui. Esta “maldición de Stalin” quedó plenamente demostrada tras la caída del socialismo en 1991, cuando todo el mundo esperaba que, desaparecido el enemigo comunista, la OTAN desaparecería también por ser ya innecesaria. Pero ocurrió todo lo contrario: creció en número de miembros y se reforzó militarmente con armas más poderosas y bases de misiles nucleares sembradas por todo el territorio europeo. ¿Para qué era todo esto, si no para acrecentar la capacidad norteamericana de dominar al mundo, incluida Europa?

Pero, curiosamente, los europeos tampoco acusaron esta vez recibo del peligro. Por el contrario, vieron y sintieron el reforzamiento de sus cadenas como el fortalecimiento de sus propias libertad y soberanía. En consecuencia, apoyaron y aplaudieron la política expansiva y de reforzamiento nuclear de la OTAN; vieron con complacencia y orgullo la aproximación temeraria y provocadora de las bases de misiles norteamericanas a la frontera occidental (para los rusos, oriental para ellos) de la Federación de Rusia, sin importarles que, con tal política, la propia Europa se convertía en una base de lanzamiento de tales misiles y, por tanto, blanco privilegiado de los cohetes rusos en caso de una conflagración mundial.

Con la llegada de Putin al poder y la recuperación de Rusia como potencia nuclear, el cerco de bases de misiles con carga nuclear quedó neutralizado y, por tanto, inservible para los objetivos que las alimentaron. Esto provocó la intensificación de un juego que ya venía de tiempo atrás, mucho más peligroso para Rusia y para Europa: la conversión de Ucrania en miembro de pleno derecho de la OTAN y, en consecuencia, en base de lanzamiento de misiles con carga nuclear al corazón de Rusia. Ucrania era ideal para eso por su diversidad étnica y la vieja proclividad hacia el nacionalismo derechista extremo y hacia el fascismo de la población dominante en el occidente del país, situación que los norteamericanos conocían y venían cultivando desde la independencia de Ucrania respecto a la URSS en 1991.

Cuando los n***s entraron en Ucrania durante la Segunda Guerra Mundial, un ejército de 270 mil hombres, los llamados “bulbovitsi” por su nacionalismo extremo copiado de Tarás Bulba, el héroe de la novela de Gógol y seguidores del n**i ucraniano Stepán Bandera, se unieron a las fuerzas de Hi**er para combatir al Ejército Rojo. Tras la independización de Ucrania, los norteamericanos los reagruparon, los ayudaron a crecer, los armaron, los entrenaron y los alentaron a educar, con apoyo del gobierno, a las nuevas generaciones en una rusofobia feroz y en la idolatría de Stepán Bandera. Este fue el núcleo de la revuelta contra Víctor Yanukovich (que no era pro ruso sino simplemente conciliador) que los llevó a tomar el poder mediante la “revolución de colores” conocida como “Euromaidán” en 2014.

Todo esto obedecía a un plan bien meditado para transformar a Ucrania en la base nuclear norteamericana más próxima y letal al corazón de Rusia, con el fin de conquistarla y apoderarse finalmente de sus inmensas riquezas naturales. Esto demuestra de modo contundente que el plan de dominación mundial de los norteamericanos, ideado por ellos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, no ha sido abandonado nunca; que la maniobra de crear la OTAN para sujetar a Europa y usarla como gigantesca base de misiles nucleares en contra de Rusia y la actual guerra en Ucrania, persiguen ese mismo propósito. Tiene razón el presidente Putin cuando afirma que Ucrania convertida en campamento militar norteamericano, era una amenaza real para su país, sumamente temible y que crecía por horas, razón por lo cual no hubo más recurso que la guerra preventivo-defensiva. Y más razón tiene cuando asegura que esta guerra no es entre Rusia y Ucrania, sino entre Rusia y EE. UU., que utiliza a los ucranianos como carne de cañón para defender sus intereses. “Guerra por delegación”, le llaman los expertos.

Y nuevamente los europeos, contra toda lógica, están participando en este peligroso juego que pone en riesgo la vida del planeta. No solo se han sumado a todas las sanciones financieras, industriales, comerciales, diplomáticas y culturales decretadas por la OTAN (movida por el imperialismo yanqui), sanciones que están dañando más su economía, su seguridad energética, su actividad económico-industrial, el bienestar de su población y su estabilidad social que a la propia Rusia, mientras los norteamericanos viven tranquilos engordando sus bolsillos con la venta de armas y combustibles caros a sus “aliados”, sino que, además, se han convertido en los proveedores de armas (que pagan a precio de oro) para los fascistas ucranianos. La pregunta es inevitable: ¿Qué buscan o qué ganan los otrora orgullosos, prósperos y florecientes países de la vieja Europa? ¿Que los salven de un peligro inexistente como si fueran niños asustados con el “coco”?

Pero, al parecer, viene lo peor. Aunque la propaganda occidental, totalmente cargada hacia los norteamericanos, repite sin descanso que Rusia va perdiendo la guerra, las cantidades astronómicas de dólares que el presidente Biden solicita al Congreso norteamericano, cada vez mayores y cada vez con mayor urgencia, dicen claramente que el presidente de EE. UU. sabe que Ucrania no puede ganar esta guerra.

Medios independientes como voltairenet.org y WSWS dan la voz de alarma: son evidentes los aprestos de guerra de la OTAN en su frontera con Rusia, al mismo tiempo que se hacen más insolentes y provocadoras las filtraciones a los medios de sus altas autoridades y del presidente Biden dando pelos y señales de la ayuda en armas y logística que están prestando a Ucrania para matar rusos. Es claro que se trata de un plan premeditado para obligar a Rusia, una vez más, a atacar a quienes la están atacando cobardemente sin correr ningún riesgo. Cualquier error en este sentido, será el pretexto ideal para que la OTAN ataque a Rusia como un enjambre de moscas a un elefante herido. En pocas palabras, EE. UU. quiere cambiar la correlación de fuerzas cambiando a Ucrania por la OTAN como “delegada” de sus intereses, pero sin participación norteamericana directa. De ocurrir esto, sería el hundimiento final de Europa, su desaparición como entidad soberana y diferenciada del resto del planeta y como miembro activo en la construcción de la historia de la humanidad. La “maldición de Stalin” se habría cumplido plenamente.

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