01/06/2026
El latido de un puerto que canta: Crónica del Segundo Encuentro de Coros La Paz.
Hay tardes en las que el viento de La Paz no solo trae el aroma del salitre y el eco del oleaje; a veces, arrastra consigo un aliento distinto, una vibración que nace del pecho y se eleva buscando el cielo. Durante los días 28, 29 y 30 de mayo, el Teatro Juárez dejó de ser un simple edificio de ladrillo y memoria para transformarse en el corazón latiente de un fenómeno que desbordó las butacas. Se respiraba en el aire algo mucho más profundo que la música: una identidad compartida. Fue el Segundo Encuentro de Coros, una cita donde la cultura abandonó el frío pedestal de los museos para volverse un abrazo estrictamente humano.
Desde temprano, el ajetreo en las inmediaciones del centenario recinto anunciaba que las horas por venir no serían ordinarias. Familias enteras, con la expectativa dibujada en los ojos, buscaban un sitio en la fila. Mientras tanto, tras el telón, se adivinaba ese murmullo sagrado de los últimos ensayos: el aire contenido, los nervios tibios que preceden al milagro y esas sonrisas de complicidad entre quienes saben que están a punto de regalarle un pedazo de su alma al mundo a través de la voz.
La música coral —esa disciplina antiquísima que ha custodiado los rituales, los duelos y los festejos de la humanidad por siglos— demostró en este puerto que sigue siendo el puente más poderoso para unir las orillas de nuestras diferencias. Sobre el escenario no importaban las edades, las biografías ni las procedencias; la suma de voluntades y alientos edificó una arquitectura armónica que caló hondo, calando hasta los huesos de los asistentes.
El programa fluyó como un viaje de texturas, contrastes y colores. Desfilaron con indudable maestría el Coro Nuevo Atardecer, bajo la sensible dirección de Néstor Romero Ruiz, y el Coro de la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS), cobijado por la guía de Lidia E. Calderón de la Barca. A la marea musical se sumaron el Coro de la Escuela de Música del Estado y el Coro Baja Music, ambos conducidos por la mano firme de José Manuel Romero, inyectando al recinto una vitalidad que conmovió de inmediato a la audiencia.
El futuro y la ternura reclamaron su espacio con el Coro Infantil Piccolo, dirigido por Alejandro Esparza Pérez. Sus voces, pequeñas en tamaño, pero inmensas en pureza, arrancaron las primeras lágrimas de la noche, Recordándonos la fragilidad y la fuerza de la infancia. A este mosaico humano se unieron el Coro de la Estaca de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, bajo la dirección de Germán Lage; el Ensamble Vocal Añuití, liderado con finura por Guillermo García Proal; y el Ensamble Vocal Yubarta, bajo la batuta siempre precisa de Lidia Calderón de la Barca. Finalmente, el Coro Xoros, dirigido por Luis Adrián Navarro Guzmán, subió a escena para reafirmar la madurez y solidez que ha alcanzado el movimiento coral paceño.
Uno de los momentos más sublimes de las jornadas llegó con la participación especial del Octeto Vocal de la Secretaría de Cultura del Estado de México. Bajo la dirección del maestro Jesús Lujambio González, estos ocho artistas ofrecieron una auténtica cátedra de precisión, equilibrio y sensibilidad. Demostraron que el virtuosismo, cuando se funde con la entrega espiritual, toca fibras invisibles. Su tránsito por un repertorio diverso, que fue desde la mística solemnidad, hasta la popularidad, que dejó al público en un estado de admiración absoluta.
La clausura fue el clímax de esta entrega absoluta. El escenario del Teatro Juárez se vio colmado por una marea humana de más de 150 cantantes. Niños al lado de abuelos, estudiantes compartiendo el hombro con directores consagrados; todos fundidos en un solo y descomunal cuerpo sonoro. En ese instante mágico desaparecieron por completo las jerarquías, los cargos oficiales y las distinciones cotidianas. Solo quedó una voz inmensa, una comunidad entera mirándose a los ojos y reconociéndose a través del canto compartido. Cuando la última nota finalmente se disolvió en el aire, fue sucedida por una ovación tan larga, tan apasionada y de pie, que parecía resistirse a dejar ir el eco de aquel bienestar.
Al salir a la calle, la noche de La Paz seguía su curso habitual, con su ritmo de malecón y brisa, pero el ánimo de quienes estuvimos ahí ya no era el mismo. Algo se había transformado dentro. Nuestro puerto demostró, una vez más, ser un refugio de encuentros afortunados donde el arte es capaz de tejer los vínculos humanos más profundos. Este éxito rotundo, que marca un hito en la vida cultural de la región, no habría sido posible sin la tenacidad, visión y entrega de Luis Adrián Navarro Guzmán, organizador responsable y motor incansable de una iniciativa que va más allá del evento: busca construir una comunidad coral permanente, unida y sólida, y desde luego, ya pensando el 3er encuentro, y en la meta tan alta que este encuentro deja.
Esta jornada inolvidable formó parte de las actividades del H. XVIII Ayuntamiento de La Paz, coordinada a través de la Dirección General de Inclusión y Diversidad y la Dirección Municipal de Cultura. El Teatro Juárez prestó sus muros históricos para cobijar este eco de más de ciento cincuenta almas que, durante tres días inolvidables, le recordaron a la ciudad una verdad bellísima y simple: que cuando cantamos juntos, y solo entonces, los seres humanos finalmente encontramos la paz.

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