13/02/2017
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13/02/2017
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12/02/2016
Cómprelo antes de que lo roben
01/02/2016
Catálogo de libros en nuestra sección de arte
21/01/2016
La excelencia para usted y su familia:
17/12/2015
La ganadora de los 5 comics electrónicos de Star Wars eeeeees: ¡Adriana Ávalos Vargas! Felicidades. Revisen los siguientes sorteos; esto cada vez se pone mejor. :D
Inciando el sorteo; en unos minutos conoceremos al ganador de los 5 comics electrónicos originales de Star Wars.
15/12/2015
Freebies de Paco Ignacio Taibo II: http://descargacultura.unam.mx/app1?sharedItem=1878799
Descarga Cultura UNAM : En voz de Paco Ignacio Taibo I En voz de:Paco Ignacio Taibo I/Benito Taibo/Paco Ignacio Taibo II
Eventos del mes:
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11/12/2015
"Cálculo - Trascendentes tempranas", Anton, Editorial Limusa, nuevo, en rifa: costo del boleto: $10 pesos. Píde el tuyo por mensaje
NO DUERMAN TRANQUILOS, MUNDANOS CONTERTULIOS; HE AQUÍ EL PRIMER RELATO VAMPÍRICO, DE LUCIO APULEYO, SIGLO II AC, donde Sócrates no es el famoso filósofo, sino un amigo del narrador:
Aún no había acabado de decir esto, cuando Sócrates, así por el beber, del que no había acostumbrado, como por la luenga fatiga que había padecido, ya dormía altamente y roncaba. Yo entonces cerré la puerta de la cámara y echele
la aldaba, y echeme sobre una camilla que estaba cerca de los quicios de la puerta. Así que, primeramente, del miedo que tenía, velé un poco; después, casi a media noche, comenzáronseme a cerrar los ojos: mi fe, si os place, ya dormía; y súbitamente, con mayor ímpetu y ruido que ladrones vienen, las puertas se abrieron, y para decir verdad, quebradas y arrancadas de los quicios cayeron por tierra. Mi camilla en que estaba, como era pequeña y cojo
el banco de un pie y podrido de los otros, con la violencia y fuerza del ímpetu cayó en tierra; yo caí debajo en el suelo, y como la cama se volvió, tomome debajo y cubriome.
Entonces yo sentí algunos afectos, que, naturalmente, me venían en contrario de lo que quería. Que, como acontece muchas veces que, con placer, salen lágrimas, así en aquel gran miedo que tenía no podía sufrir la risa, porque estaba de hombre hecho tortuga. Estando así echado en tierra, así cubierto con la cama, volví los ojos por ver qué cosa era aquélla, y vi dos mujeres viejas: la una traía un candil ardiendo; la otra, un puñal y una esponja, y con esto paráronse en derredor de Sócrates, que dormía muy bien. La que traía el puñal dijo a la otra:
-Hermana Pantia, éste es el gran enamorado Endimión; éste es mi Ganimedes, que días y noches burló de mi
juventud. Éste es, que no solamente, pospuestos mis amores, me difama y deshonra, sino que ahora quería huir y que yo quede desamparada y llorando perpetuamente mi soledad, como hizo Calipso, cuando Ulises la dejó y se fue.
Diciendo esto, señalome con la mano y dijo a la Pantia:
-Y también este buen consejero Aristómenes, que era el autor de esta huida, aun él cercano está de la muerte; echado en tierra yace debajo de la cama; todo esto bien lo ha mirado, pues no crea que ha de pasar sin pena por las injurias que me dijo: yo le haré que tarde, y aun luego y ahora, que se arrepienta de lo que dijo contra mí poco antes, y de la curiosidad de ahora.
Yo, mezquino, como entendí estas palabras, cubrime de un sudor frío, y comenzome a temblar todo el cuerpo y sacudir en tanta manera, que la camilla saltaba temblando encima de mis espaldas. La buena de Pantia dijo entonces:
-Pues, hermana, ¿por qué a éste no despedazamos primero, o ligado pies y manos le cortamos su natura? A esto respondió Meroe, que así se llamaba la tabernera, lo cual yo conocí de ella más por su gesto de vino que por la conseja que me había dicho Sócrates:
-Antes me parece que debe vivir éste, porque siquiera entierre el cuerpo de este cuitado. Y tomó la cabeza de Sócrates, y volviéndola a la otra parte, por la parte siniestra de la garganta, le lanzó el puñal hasta los cabos, y como la sangre comenzó a salir, llegó allí un barquino, que recibió toda, de manera que una gota nunca pareció. Todo vi yo con estos mis ojos, y aun creo que porque no hubiese diferencia del espiritual sacrificio que hacen a los dioses, lanzó la mano derecha por aquella degolladura hasta las entrañas la buena Meroe, y sacó el corazón de mi triste compañero. El cual, como tenía cortado el gaznate, no pudo dar voz ni solamente un gemido. Pantia tomó la
esponja que traía y metiola en la boca de la llaga, diciendo:
-Tú, esponja, nacida en la mar, guarda que no pases por ningún río. Esto dicho, ambas juntamente vinieron a mí y quitáronme la cama de encima, y puestas en cuclillas meáronme la cara, tanto que me remojaron bien con su o***a sucia.
Y entonces saliéronse por la puerta fuera, y luego las puertas se tornaron a su primer estado, cerradas como estaban; los quicios tornaron a su lugar, los postes se enderezaron, la aldaba se atravesó y cerró como antes. Yo, como
estaba echado en tierra, sin ánimo, desn**o y frío y remojado de orines, como si entonces hubiera nacido del vientre de mi madre, o casi medio mu**to, que yo mismo resucitaba a mí, o como si hubiera huido de la horca, dije:
-¿Qué será de mí cuando éste se hallare a la mañana
degollado? ¿Quién podrá creer que yo digo cosas verosímiles, pareciendo, en efecto, las verdaderas? Porque luego me dirán: «Si tú, hombre tan grande, no podías resistir a una mujer, a lo
menos dieras voces, llamaras socorro. ¿Cómo en presencia de tus ojos degollaban un hombre y tú callabas? ¿Por qué, si eran ladrones, no mataban a ti también, como a él? A lo menos, su crueldad no te debiera de perdonar ni
dejar para que pudieses descubrir el homicidio; así que, pues escapaste de la muerte, torna a ella.» Considerando yo estas cosas muchas veces, y replicándolas entre mí, íbase la noche y venía el día. Así que me pareció buen consejo irme antes del alba furtivamente y tomar mi camino, aunque
temblando. Así que tomé mis alforjas y mi capa y comencé de abrir la puerta de la cámara con la llave; y aquellas puertas buenas y muy fieles que esa noche de su propia gana se abrieron, a mala vez y con mucho trabajo pude abrir,
teniendo la llave y dándole treinta vueltas.
Después que salí de la cámara fuime a la puerta del mesón, y dije al portero:
-Oye tú, ¿dónde estás? Ábreme la puerta del mesón, que quiero caminar de mañana. El portero, que estaba acostado en tierra cerca de la puerta, díjome casi soñoliento:
-¿Cómo te quieres partir a esta hora, que aún
es de noche? ¿No sabes que andan ladrones por los caminos? Por ventura, si tú, culpado de algún crimen que tú mismo sabes, deseas morir, nosotros no tenemos cabezas de calabazas que queramos morir por ti. Yo dije:
-No hay mucho de aquí al día, cuanto más que a hom
bre pobre ¿qué pueden robar los ladrones? ¿No sabes tú, necio, que a hombre desn**o diez valientes hombres
no le pueden despojar? A esto él, embeleñado y medio dormido, dio una vuelta sobre el otro lado, diciendo:
-¿Y qué sé yo ahora si dejas degollado aquel tu
compañero con quien dormiste anoche y te vas huyendo? En aquella hora que le oí aquello, me pareció abrirse la tierra y que vi el profundo del in****no y el cancerbero hambriento por tragarme. Recordábaseme que aquella buena de Meroe no me había perdonado y dejado de degollar por misericordia, sino por crueldad, por guardarme para la horca.
Así que torneme a la cámara y deliberaba entre mí del linaje de la muerte, con ruido y alboroto, que me habían de dar. Y como en la cámara no me daba la fortuna otra arma ni cuchillo, salvo solamente mi camilla, díjele:
-¡Oh mi lecho muy amado, que has conmigo padecido tantas p***s y fatigas, tú eres sabedor y juez de lo que esta noche se hizo! Tú solo eres el que yo podría citar en este homicidio por testigo de mi inocencia. Ruégote que si tengo de morir me des algún socorro. Y diciendo esto, desaté una soguilla con que estaba tejido y echela de un madero que estaba sobre una ventana de la parte de dentro, y di un n**o en el otro cabo de la cuerda, y subido encima de la cama, ensalzado
para la muerte, ateme el lazo al pescuezo; y como di con él un pie para derribar la cama, porque con el peso del cuerpo la soga apretase la garganta y me ahogase súbitamente, la cuerda, que era vieja y podrida, se rompió, y yo, como caí de lo alto, di sobre Sócrates, que estaba allí echado cerca de mí.
Y luego, en ese momento, entró el portero dando voces:
-¿Dónde estás tú, que a media noche con gran prisa te querías partir y ahora te estás en la cama? A esto no sé si
o con la caída que yo di, o por las voces y baraúnda del
portero, Sócrates se levantó primero que yo diciendo:
-No sin causa los huéspedes aborrecen y dicen mal de estos mesoneros; ved ahora a este necio importuno, cómo entró de rondón en la cámara: creo que por hurtar alguna cosa; con sus voces y clamores el borracho me despertó de mi buen sueño. Entonces, cuando yo vi esto, salgo muy alegre, lleno de gozo no esperado, diciendo:
-¡Oh!, fiel portero, ves aquí mi compañero, mi padre y mi hermano, el cual tú anoche, estando borracho, decías y me acusabas que yo había mu**to.
Y diciendo yo esto, abrazaba y besaba a Sócrates. Él, como olió los orines sucios con que aquellas brujas o diablos me habían remojado, comenzó a rufar diciendo:
-Quítate allá, que hiedes como una letrina. Y preguntome blandamente qué era la causa de este hedor tan grande. Yo comencé a fingir otras palabras de burlas, como al tiempo convenía por mudarle su intención y
echele la mano diciendo:
-¿Por qué no nos vamos y no tomamos nuestro
camino de mañana? Y luego tomó mis alforjas, y pagada la posada, comenzamos nuestra vía.
Habíamos andado algún tanto, cuando ya el Sol alumbraba toda la tierra; y todavía yo iba muy curiosamente mirando a mi compañero la garganta, por aquella parte que le
había visto meter el puñal, y decía entre mí: «Cierto;
anoche yo estaba tan lleno de vino, que soñé cosas maravillosas. He aquí Sócrates, vivo, sano y entero: ¿Dónde está la herida? ¿Dónde está la esponja? Cuanto más una herida tan honda y tan fresca.» Y díjele:
-No sin causa los buenos médicos dicen que los que mucho cenan y beben sueñan crueles y graves cosas: así me ha a mí acontecido, que anoche, como me desordené en
el beber, soñé crueles y espantables cosas, que aún me parecía que estaba rociado y ensuciado, con sangre de hombre. A esto él, viéndome, dijo:
-Antes me parece que estás rociado, no con sangre, mas con meados. Pero también soñaba yo que me degollaban, y aun que me dolió esta garganta, y creí que me arrancaban el corazón, y aun ahora no puedo resollar; y las piernas me tiemblan, y los pies andan titubeando; querría comer alguna cosa para esforzarme. Yo entonces díjele:
-Pues he aquí el almuerzo. Y luego quité mis alforjas del hombro y saqué pan y queso y díselo diciendo:
-Sentémonos aquí, cerca de este plátano.
Y sentados, yo también comencé a comer alguna cosa. Así que yo le miraba de cómo comía, tragando y con una flaqueza intrínseca y amarillo que parecía mu**to. En tal manera se le había turbado el color de la vida, que
pensando en aquellas furias o brujas de la noche pasada, el bocado de pan que había mordido, aunque harto pequeño, se me atravesó en el gallillo, que no podía ir abajo ni tornar arriba, y también me crecía el miedo, porque ninguno pasaba por el camino. ¿Quién podría creer que de dos compañeros fuese mu**to el uno sin daño del otro? Pero Sócrates, de que mucho había tragado, comenzó a tener gran sed, porque se había comido buena parte de queso.
Cerca de las raíces del plátano corría un río mansamente, que parecía lago muy llano y el agua clara como un plato o vidrio. Yo le dije:
-Anda, hártate de aquella agua tan hermosa. Él se levantó y fue por la ribera del río a lo más llano. Y allí hincó las rodillas y echose de bruces sobre el agua, con aquel
deseo que tenía de beber, y casi no había llegado los labios al agua, cuando se le abrió la degolladura, que le pareció una gran abertura, y súbitamente cayó la esponja en el agua con una poquilla de sangre. Así que el cuerpo sin ánima poco menos hubiera caído en el río, sino porque yo le trabé de un pie y con mucho trabajo le tiré arriba. Después que, según el tiempo y lugar, lloré al triste de mi compañero, yo lo cubrí en la arena del río para siempre, y con grande miedo por esas sierras fuera de camino fui cuanto pude. Y casi como yo mismo me culpase de la muerte de aquel mi compañero, dejada mi tierra y mi casa, tomando voluntario destierro, me casé de nuevo en Etolia, donde ahora moro y soy vecino.
[20] De esta manera nos contó Aristómenes su historia; y el o
tro su compañero,
que luego al principio muy inc
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