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El Ejércti Alemán a 37 kilómetros de París, Batalla de Francia, 1940.
Video vía: "The German Newsweek". El noticiero alemán, este noticiero fue uno de los aspectos más importantes de la propaganda alemana durante la guerra. Estos noticieros se realizaron para presentar la guerra de manera favorable a los alemanes, incluso cuando el rumbo de la guerra se volvió claramente en su contra después de 1943. Incluso en 1945, todavía intentaban generar un sentimiento de resistencia y asegurar a la población que Alemania era capaz de continuar su defensa.
Este es el número 511 del 20 de junio de 1940.
Militaría-Historia.
Pagina dedicada a difundir material histórico en el ámbito militar.
Militaria-Historia es un proyecto para los amantes de la historia universal, desde un enfoque relacionado a lo militar y su impacto en la historia universal, ya que la mayoría de capítulos históricos más importantes están relacionados con los conflictos humanos, analizamos la historia y la divulgamos desde un enfoque académico y objetivo, la historia universal es una campo académico apasionante qu
01/06/2026
Batalla de Francia 1940, la línea Maginot, Rommel en sus memorias.
El Cuartel General de la División llegó a Avesnes hacia las cuatro de la tarde y a partir de entonces, una unidad tras otra empezaron a afluir al territorio que habíamos conquistado durante la noche y primeras horas de la mañana. En el transcurso de la operación, el 2.° Batallón y el Regimiento de Artillería impidieron que cuarenta y ocho tanques enemigos entraran en acción al norte de Avesnes. Se encontraban formados a lo largo de la carretera, algunos con el motor en marcha. Varios conductores fueron hechos prisioneros en sus mismos carros. De este modo el 25.° Regimiento Panzer se salvó de un ataque por su retaguardia.
Las pérdidas de la 7.ª División Panzer durante la ruptura de la Línea Maginot (16 y 17 de mayo) fueron, según los partes oficiales de la unidad, 35 mu***os y 59 heridos. Los prisioneros hechos en aquél sector ascendían a 10,000 hombres, junto con 100 tanques, 30 vehículos blindados y 27 cañones. El informe concluye: "La división no ha tenido tiempo para recoger a muchos más prisioneros y material".
Tras haber situado a la división entre Le Cáteau y la frontera francesa al oeste de Sivry, me tomé una hora y media de descanso. Poco después de medianoche llegaron órdenes de proseguir el ataque al día siguiente, 18 de mayo, en dirección a Cambrai.
Hacia las siete de la mañana se presentó el ayudante del 25.° Regimiento Panzer, informando de que una poderosa fuerza enemiga se había instalado en el bosque de Pommereuille (a mitad de camino entre Landrecies y Le Cáteau). El oficial se las había compuesto para atravesar las líneas, de oeste a este, en un vehículo blindado, aprovechando la obscuridad nocturna. El 25.° Regimiento Panzer, que aún ocupaba posiciones al este de Le Cáteau, necesitaba con urgencia gasolina y municiones, y el comandante le había ordenado que se los procurase con la máxima urgencia.
Hacia las ocho puse en marcha una parte del Batallón Panzer, en dirección a Landrecies y Le Cáteau, con orden de establecer contacto con el regimiento y llevarle cuanto necesitaba. El 37.° Batallón Blindado de Reconocimiento seguiría detrás. Acompañado de Most y Hanke alcancé más tarde el grupo del Batallón Panzer en el bosque, a 1 Km. al este de Pommereuille, enzarzado en acción contra tanques franceses que interceptaban la carretera. La lucha era violenta y no existían posibilidades de rebasar al enemigo por los flancos. Nuestros cañones parecían ineficaces contra los fuertes blindajes franceses.
Dichos tanques llevaban una protección de entre 40 y 60 mm., mientras la de los germanos de tipo medio era de sólo 30, y aun menor en los ligeros. Permanecimos algún tiempo observando la batalla de cerca, hasta que finalmente decidí llevar el batallón por el bosque vía Ors (6 Km. al sudoeste de Landrecies). Nos tropezamos otra vez con los franceses en los arrabales al norte de Ors, y el avance se hizo lento. Por alguna razón desconocida la columna de combustible y amunicionamiento del Regimiento Panzer no seguía al batallón. Era mediodía cuando finalmente llegamos a las posiciones de Rothenburg. Éste nos informó de que sus soldados habían rechazado fuertes ataques enemigos, pero que no podía avanzar por carecer de gasolina y munición. Por desgracia no me encontraba en situación de poder ayudarle en aquellos momentos.
Fueron enviadas a Pommereuille las fuerzas necesarias para abrir el camino más corto hacia Landrecies. Entretanto, una concentración artillera francesa empezaba a tender una espesa barrera ante nuestra posición erizo. El fuego era preciso, y hubimos de evacuar parte de nuestro sector. Confiando en que la lucha en Pommereuille quedara rápidamente decidida a nuestro favor, di órdenes al Regimiento Panzer para que se agrupara para el ataque a Cambrai. Hacia las tres de la tarde la situación se había estabilizado lo suficiente como para iniciar el avance.
La columna de combustible y amunicionamiento dejada al sudeste del bosque de Pommereuille no alcanzó a los dos batallones del 25.° Regimiento Panzer, situados cerca de Le Cáteau hasta varias horas más tarde. Para cuando los tanques estuvieron lo suficientemente pertrechados, el Batallón Panzer al mando de Rommel se encontraba ya muy lejos por la carretera de Cambrai.
Ordené al Batallón París, reforzado, que asegurase las carreteras que conducían a Cambrai, hacia el nordeste y norte, lo más rápidamente posible. Llevando en cabeza sus escasos tanques y dos destacamentos de antiaéreos motorizados, el batallón maniobró sobre un amplio frente y en una gran profundidad, a través de los campos, hacia el noroeste, levantando una espesa nube de polvo. De vez en cuando los tanques y los antiaéreos disparaban ráfagas sobre los arrabales septentrionales de Cambrai. Incapaz de observar, a causa del polvo, que la mayoría de nuestros vehículos eran de escaso blindaje, el enemigo creyó que un ataque en gran escala se aproximaba a la ciudad, y no opuso resistencia alguna.
Nada más fácil que el modo en que el Mando francés utilizó sus unidades acorazadas. Tenía 53 batallones de tanques, contra los 36 de los alemanes. Pero estos últimos formaban en divisiones (diez), mientras casi la mitad de los franceses estaban destinados al apoyo de la infantería. Además, incluso sus siete divisiones de tipo blindado se utilizaron fragmentariamente.
Antes de la guerra las únicas formaciones acorazadas francesas fueron las llamadas «divisiones ligeras mecanizadas» (200 tanques), procedentes de la antigua caballería. Los franceses tenían tres de ellas, que se emplearon en Bélgica. Existían también cuatro divisiones «acorazadas» de sólo 150 tanques, formadas durante el invierno. Éstas fueron arrojadas separadamente, una a una, contra las siete alemanas (de 260 tanques cada una) que atravesaron el Mosa como una vasta falange. La 1.ª División Acorazada francesa se dirigió contra Dinant, pero se quedó sin combustible y fue rebasada, como ya se contó antes. La 3.ª partió hacia Sedan, donde fue diseccionada para apoyar allí a la infantería. Estos fragmentos quedaron arrollados por las tres divisiones de Guderian. La 4.ª, al mando de De Gaulle, formada recientemente y todavía incompleta, entró en acción contra el flanco de Guderian, mientras éste avanzaba hacia el Oise, pero fue barrida hacia un lado. La 2.ª quedó desplegada en un trecho de 40 Km., a lo largo del río. pero las dos divisiones de vanguardia de Guderian rompieron tal débil línea de fracciones aisladas.
Las tres divisiones mecanizadas de Bélgica se estaban reuniendo al norte de Cambrai, y aunque dos de ellas habían sufrido serias pérdidas en su lucha contra el Cuerpo Panzer de Hoeppner, en la llanura belga, constituían aún una poderosa fuerza. El día 19 se les ordenó marchar al sur, sobre Cambrai y St. Quentin, pero no lo hicieron, porque gran número de sus tanques habían sido destinados a apoyar la infantería en diversos lugares.
En cuanto a los ingleses, tenían en Francia sólo diez unidades de tanques, distribuidas entre las divisiones de infantería. La 3.ª División Blindada no embarcó acia Francia hasta haberse iniciado la ofensiva alemana.
Fuente: Rommel, E. (2017). Memorias: Los años de victoria (B. H. Liddell Hart, Ed.)
En la imagen: Los tanques Matilda I y II, junto con otros tanques franceses, son inspeccionados por tropas alemanas en Francia a finales de 1940.
01/06/2026
El castigo de los vencedores.
Los soldados soviéticos parecían estar sufriendo sin saberlo la culpa del superviviente. Cuando pensaban en todos sus camaradas mu***os, les resultaba algo desconcertante contarse entre los vivos al final de la batalla. Se habían “abrazado los unos a los otros como hermanos” en señal de felicitación llena de alivio. Sin embargo, muchos seguían sin poder dormir bien semanas después de que hubiesen callado los cañones. El insólito silencio los desconcertaba. También necesitaban asimilar lo sucedido durante todos aquellos momentos en los que no se habían atrevido a pensar demasiado.
No había duda de que la experiencia que habían vivido constituía el período más importante no sólo de sus vidas, sino también de la historia mundial. Pensaban en sus hogares, sus novias y sus esposas, y en que se iban a convertir en miembros respetados de su comunidad. La guerra constituía una experiencia extraordinaria en otros sentidos. Había supuesto, por ejemplo, una excitante muestra de libertad tras las purgas de 1937 y 1938 que hacía pensar en una completa erradicación del terror. Se había derrotado al fascismo; Trotsky había mu**to; se había firmado una serie de acuerdos con las potencias occidentales. No parecía haber razón alguna por la que el NKVD hubiera de mantener su actitud paranoica. Con todo, una vez que regresaron a la Unión Soviética, los soldados empezaron a darse cuenta, a raíz del súbito arresto de algún amigo, de que los informadores habían vuelto al trabajo y los pelotones del NKVD tornaban a hacer sus llamadas de madrugada.
La cercanía de la muerte en el frente había hecho mucho por eliminar el condicionamiento estaliniano del miedo. Los oficiales y los soldados se habían tornado bastante francos, sobre todo en lo tocante a sus aspiraciones para el futuro. Los que habitaban zonas rurales estaban deseando eliminar las granjas colectivas. Los oficiales, a quienes habían concedido primacía sobre los agentes políticos en el otoño de 1942, creían que había llegado la hora de que la elite burocrática soviética, la nomenklatura, se enfrentase a una reforma similar. De un modo cínico en extremo, Stalin había alimentado durante la guerra los rumores de este tipo, que hacían pensar en una mayor libertad cuando el dirigente mantenía en todo momento la intención de aplastarla en cuanto acabase el conflicto.
A los ojos del SMERSH y el NKVD los oficiales del Ejército Rojo habían comenzado a padecer un exceso de confianza a medida que se acercaba la victoria. Y los agentes políticos no habían olvidado los insultos de los mandos del Ejército Rojo cuando fueron degradados en la batalla de Stalingrado. De nuevo volvían a estar muy preocupados por las cartas en las que los soldados comparaban las condiciones que vivían en Alemania con las de su propio país. El SMERSH de Abakumov temía que resucitase el espíritu “decembrista” entre los oficiales.
El 11 de mayo de 1945, Stalin dio orden de que cada frente organizara campos de concentración en los que recluir a los antiguos prisioneros de guerra y deportados soviéticos. Se planearon entonces cien campos, de los cuales cada uno era capaz de albergar a diez mil personas. Los prisioneros liberados debían ser “investigados por el NKVD, la NKGB y el SMERSH”. De los ochenta generales del Ejército Rojo capturados por el Ejército Alemán, sólo treinta y siete sobrevivieron hasta que los liberaron sus tropas. Entonces, el SMERSH arrestó a once de ellos, que fueron sentenciados por tribunales del NKVD.
El proceso de repatriación no se culminó hasta el 1 de diciembre de 1946. “Para entonces habían regresado a la Unión Soviética cinco millones y medio de personas, de los que 1.833.567 habían sido prisioneros de guerra”. Más de un millón y medio de miembros del Ejército Rojo a los que habían capturado los alemanes fueron enviados o bien al Gulag (339.000 de ellos) o a los batallones de trabajos forzados de Siberia o del extremo norte, que apenas si eran mejores. Los civiles que habían sido llevados a la fuerza a Alemania eran “enemigos en potencia del estado”, por lo que debían someterse a la vigilancia del NKVD. También se les prohibió acercarse a menos de cien kilómetros de Moscú, Leningrado o Kiev, y sus familiares siguieron siendo sospechosos. En una fecha tan reciente como 1998, los formularios que había que presentar para entrar en un instituto ruso de investigación contenía aún una sección en la que se preguntaba si algún miembro de la familia del solicitante había estado en un “campo de prisioneros para enemigos”.
No solo la paranoia de podía palpar en las tropas, si no en la alta esfera militar del Ejército Rojo, aunque el dirigente soviético recelaba del poder de Beria, un poder que estaba a punto de frenar, lo cierto es que lo tenía aún más preocupado la inmensa popularidad de que gozaban Zhukov y el Ejército Rojo. Cuando Eisenhower visitó la Unión Soviética, el mariscal lo acompañó a todas partes, y llegó incluso a volar con él a Leningrado en el avión privado del general estadounidense. Allá donde fuesen, los dos egregios comandantes eran objeto de una calurosísima bienvenida. Más adelante, Eisenhower invitó a Zhukov a visitar Esta dos Unidos; pero Stalin convocó a su mariscal a Moscú de inmediato a fin de frustrar este proyecto. No le cabía duda alguna de que Zhukov había entablado muy buenas relaciones con el comandante en jefe aliado.
Aunque era consciente de las intenciones de debilitarlo que albergaba Beria, Zhukov ignoraba que la mayor amenaza provenía de los celos de Stalin. A mediados de junio, en Berlín, le preguntaron sobre la muerte de Hi**er en una rueda de prensa, y él se vio obligado a admitir ante el mundo que “aún no hemos encontrado un cadáver que haya podido identificarse”. Alrededor del 10 de julio, Stalin volvió a telefonearle para que le revelara el paradero del cuerpo. No hay duda de que jugar con él de este modo le producía un gran placer. Cuando descubrió por fin la verdad veinte años más tarde por mediación de Rzhevskaya, a Zhukov le costó aceptar que Stalin pudiese haberlo humillado de esta forma. “Yo era uno de sus allegados —insistía—. Stalin me salvó: eran Beria y Abakumov los que querían librarse de mí”. Este último, el jefe del SMERSH, pudo haber sido el motor principal de las acciones contra Zhukov; pero el dirigente soviético sabía lo que estaba sucediendo y dio su aprobación.
Fuente: Beevor, A. (2002). Berlín: La caída 1945.
En la imagen: Soldados de la 150ª División de Fusileros soviética en las escaleras del Reichstag.
30/05/2026
El Sargento de Estado Mayor Daniel “Rambusch” Busch durante una cacería de jabalíes (warthogs) mientras estaba desplegado en Somalia con la Fuerza de Tarea Ranger en 1993. Era un joven de Wisconsin, graduado de la generación de 1986 de la Preparatoria Senior de Portage, y se enlistó en el ejército justo después de terminar la escuela. Primero sirvió en la Compañía Bravo del 3.er Batallón Ranger. También fue veterano de la Operación Causa Justa en Panamá. Más tarde fue seleccionado para integrarse a la Unidad y, para el momento de la batalla de Mogadiscio, servía como francotirador de Delta Force.
El 3 de octubre de 1993, viajaba a bordo del Super 61, el primer helicóptero MH-60 Black Hawk derribado sobre Mogadiscio. Ambos pilotos murieron en el accidente. Busch y su compañero, el sargento Jim Smith, también francotirador de Delta Force, sobrevivieron al impacto y comenzaron de inmediato a defender los restos del helicóptero contra una fuerza somalí muy superior en número que se acercaba al lugar.
El Star 41, un helicóptero MH-6 Little Bird pilotado por el Suboficial Jefe de Tercera Clase Karl Maier y el Suboficial Jefe de Quinta Clase Keith Jones, aterrizó cerca de la zona. Jones cargó a Busch hasta el helicóptero mientras Maier proporcionaba fuego de cobertura desde la cabina, negándose a despegar hasta que su copiloto estuviera de regreso a bordo.
Busch recibió impactos de bala en las piernas, el torso y el hombro mientras defendía el lugar del accidente. Alcanzó a ser trasladado a un hospital militar en Alemania, donde finalmente falleció a causa de sus heridas. Tenía 25 años.
Le fueron otorgadas de manera póstuma la Estrella de Plata (Silver Star) y el Corazón Púrpura (Purple Heart).
Publicación original vía Spec Ops Magazine
30/05/2026
Se logró la última entrega de la colección tanques de combate de Editorial Salvat
28/05/2026
Salió otro lote de banderas, del ejército alemán $950 entrega local en Monterrey $1300 envío a todo México.
No es sublimada es bordada con costuras de buena calidad. Mide 90cm x 150cm.
27/05/2026
Invasión de Francia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo
Evacuación de Dunkerque
Bajo el nombre de “Operación Dynamo”, el Primer Ministro Winston Churchill desde Gran Bretaña ordenó la evacuación total del Cuerpo Expedicionario Británico a sabiendas de que Francia había sido derrotada e iba a ser imposible revertir la situación. Aproximadamente se reunieron un total de 1.000 navíos (900 británicos, 50 holandeses y 50 franceses, belgas y noruegos) al mando del vicealmirante Bertram Ramsay entre los que se encontraban todo tipo de embarcaciones como cargueros, mercantes, transatlánticos y v***res, así como gabarras, transbordadores, remolcadores, veleros, pesqueros, botes de remo y ferrys traídos desde el mismo Río Támesis de Londres, e incluso naves privadas como barcos basura o de bomberos, yates y barcazas de la Compañía de Mudanzas “Pickot”, que permanecerían escoltadas por las baterías de acorazados, cruceros, destructores y cañoneros de la Marina Real Británica. Mientras tanto desde tierra, las tropas del Cuerpo Expedicionario Británico y las 1ª y 2ª Divisiones de Fusileros Polacas distraerían todo lo posible al Ejército Alemán resistiendo en un triángulo de 50 kilómetros que iba desde Gravelinas hasta Nieuport, haciendo eje en torno a los enclaves de Veurn y Bergues que conformaban un excelente perímetro de seguridad al frente del general Ronald Adam conformado por trincheras y emplazamientos de cañones anticarro, además de contar con el apoyo aéreo de 16 escuadrones de la Fuerza Aérea Real Británica.
Respecto al plan de fuga mediante el que se esperaba sacar un mínimo de 45.000 hombres (aunque posteriormente las cifras aumentarían) se escogieron dos vías marítimas: la Ruta Calais o Ruta X que partía del puerto de Dover hacia unos muelles artificiales en el Mar del Norte sujetos por 50 boyas de amarre; y la Ruta Y que salía de Dunkerque rumbo a las ciudades costeras de Woodwin y Kawinte Buoy en Inglaterra tras una larga travesía de 87 millas náuticas.
Dunkerque, punto de embarque principal del Cuerpo Expedicionario Británico, fue bombardeado intensamente desde el aire por 850 aviones (300 bombarderos y 550 cazas) de la Fuerza Aérea Alemana que arrasaron la ciudad y la redujeron a escombros, exactamente igual que las tres playas de Malo-les-Bains, Bray Dunnes y La Panne, en donde decenas de soldados británicos cayeron víctimas de las balas en vuelo rasante de los cazas. A pesar de que desde el mar se rescató durante aquella triste jornada a 25.492 soldados ingleses, aviones Heinkel He 111 hundieron al v***r británico Adén y posteriormente los Stukas echaron a pique al carguero francés Cote d’Azur que se sumergió cuando se hallaba repleto tropas galas que perecieron ahogadas.
Al mismo tiempo en que se producía la “Operación Dynamo”, tuvo lugar la Batalla de Lille dentro de la bolsa en el continente. La defensa de dicha ciudad y la orilla del Río de Lys por parte del I Ejército Francés que por aquel entonces desplegaba en la zona 40.000 soldados y 50 tanques al mando del general Jean Baptiste Molinié, tuvo la exclusiva motivación de retrasar a los alemanes en su avance por capturar Dunkerque. Así fue como no solamente los franceses rechazaron varias horas a un contingente del Ejército Alemán compuesto por 111.000 hombres y 800 blindados, sino que además lanzaron un inesperado contraataque que arrebató a los germanos el Puente de Moulin Rouge y los cañones anticarro que lo protegían. Sin embargo el éxito fue efímero porque las tropas alemanas, haciéndose valer de su superioridad numérica, recuperaron el terreno perdido y entraron en Lille combatiendo casa por casa contra una mezcla de defensores galos, norteafricanos y marroquís.
Finalmente y tras recibir una notificación del general K Wäger instando a la rendición a cambio de conservar todos la vida y ser tratados según las leyes de la Convención de Ginebra, el general Jean Baptiste Molinié rindió a sus hombres y entregó Lille (no sin antes desfilar los cautivos ante sus vencedores que les mostraron respeto montando una guardia de honor). Hasta ese momento las bajas habían sido de 2.400 para los alemanes entre 600 mu***os y 1.800 heridos; y 3.000 mu***os para los franceses, sin contar los más de 30.000 prisioneros, lo que implicó la destrucción de 8 divisiones (cinco francesas, dos norteafricanas y una marroquí).
Retrasado el avance del Ejército Alemán en Lille, del puerto de Dunkerque pudieron evacuarse a 47.310 soldados anglo-franceses. Lamentablemente para la Royal Navy, la jornada no fue precisamente positiva porque el submarino alemán U-62 hundió de un torpedo al destructor británico HMS Grafton cuando trasbordaba en la playa y posteriormente el U-30 echó a pique al otro destructor HMS Wakeful. No mucho tiempo después, a las 16:00 horas, aviones germanos provocaron el hundimiento de un tercer destructor, el HMS Gr***de, además de arrasar los muelles de la ciudad, volar los diques del puerto e incendiar los bidones de combustible que dejaron negras columnas de humo oscureciendo el cielo.
El 30 de Mayo de 1940 tuvo lugar una tragedia naval en Dunkerque porque a pesar de ser evacuados 53.000 soldados, el destructor francés Bourrasque chocó con una mina submarina magnética y se hundió bajo las aguas llevándose la vida de 1.200 militares galos. Al día siguiente, el 31, un total de 68.000 hombres fueron sacados de los muelles, aunque durante el proceso bombarderos Dornier Do 17 y Heinkel He 111 de la Fuerza Aérea Alemana echaron a pique otros dos barcos de transporte británicos; al mismo tiempo en que los submarinos germanos U-23 y U-26 hundían de un torpedo al destructor francés Sirocco. Ni siquiera los cazas ingleses Spitfire y Hurricane fueron rivales para los cazas Messerschmitt Bf 109 que sobrevolaban la zona porque estos últimos derribaron a 28 de sus oponentes a costa de 17 propios. De hecho y a pesar de que el día 1 de Junio otros 68.000 soldados fueron rescatados de Dunkerque, la Fuerza Aérea Alemana siguió masacrando a los Aliados en el agua al hundir la alarmante cifra de cuatro destructores, entre estos el francés Le Foudroyant y los tres británicos HMS Keith, HMS Basilisk y HMS Havant.
Insostenible se hizo la situación en Dunkerque el 2 de Junio de 1940 cuando el Ejército Alemán tomó el puerto de Nieuport y bloqueó el único corredor abierto con las cabezas de evacuación, situándose los tanques Panzer a tan sólo unos pocos kilómetros de los muelles y las pasarelas acuáticas artificiales construidas sobre hileras de 25 camiones. Mientras tanto en la playa, la batalla se había convertido en un in****no para los miles de soldados hacinados, quienes sometidos a los ataques aéreos de los Stukas y a las crisis nerviosas generadas por sus sirenas aulladoras conocidas como “Trompetas de Jericó”, se lanzaban al agua y nadaban desesperados hacia los barcos sin hacer caso a las amenazas de las pistolas de los oficiales que infructuosamente intentaban poner orden.
Tal fue la desesperación, que muchos dispararon contra sus propios compañeros para evitar que volcaran las barcas de remos al intentar abordarlas; al mismo tiempo en que otros se ahogaron al nadar sin éxito hacia los barcos. Incluso los suicidios aumentaron por docenas al no poder aguantar la presión psicológica. Afortunadamente y contra todo pronóstico para los sitiados, durante aquella jornada fueron rescatados 64.500 hombres sin apenas contabilizarse bajas significativas.
El 3 de Junio de 1940 los últimos 60.000 soldados del Cuerpo Expedicionario Británico fueron evacuados del puerto de Dunkerque. De hecho el destructor HMS Skikari se convirtió en el último navío en aproximarse a la playa y en recoger del agua a un puñado de tropas que agradecidas subieron a bordo, antes de zarpar hacia Gran Bretaña tras haber dejado en la costa a miles de rezagados que aterrorizados comenzaron a asumir que habían sido abandonados para caer en manos del enemigo.
París se convirtió en objetivo de la Fuerza Aérea Alemana el 3 de Junio de 1940 cuando varios aviones alemanes sobrevolaron la “Ciudad de las Luces” y arrojaron numerosas bombas que acabaron con la vida de 254 civiles entre los edificios destruidos y los escombros. Nada más saberse acerca de la noticia de la incursión aérea, el Gobierno Francés en pleno abandonó la capital para trasladar su sede a Tours, exactamente igual que hizo el Estado Mayor al ser transferido a Briare. Una vez evacuado todo el estamento político y militar de la metrópoli, el Presidente Paul Reynaud declaró el estatus en París de “ciudad abierta”.
Fuente: https://www.eurasia1945.com/batallas/contienda/invasion-de-francia-belgica-holanda-y-luxemburgo/?fbclid=IwAR2I_U8KkBo6B7G1IdFtlsbWnTZVFTliNg0NXkkb_k5n09BL13zWVg6IQg0
En la imagen: Las tropas británicas se alinearon en la playa a la espera de la evacuación
Un 26 de mayo como hoy en 1940: en el marco de la Segunda Guerra Mundial, comienza la Batalla de Dunkerque en Francia.
La Batalla de Dunkerque/Operación Dinamo
La Operación Dinamo (en inglés: Operation Dynamo), también conocida como milagro de Dunkerque o evacuación de Dunkerque, fue una operación de evacuación de las tropas aliadas en territorio francés (después de que Francia fuera derrotada por el ejército alemán) durante la Segunda Guerra Mundial. Tuvo lugar en Dunkerque (Francia) a finales de mayo de 1940, y fue organizada por el mariscal británico y comandante en jefe de la Fuerza Expedicionaria Británica (BEF), John Vereker Gort. La operación permitió rescatar a más de 200 000 soldados británicos y de 100 000 franceses y belgas.
Contenido histórico sin apología política/Historical content without political apology.
Tropas alemanas combatiendo en la Batalla de Francia de 1940.
26/05/2026
Batalla de Francia 1940, tercer semana de mayo, Rommel en sus memorias.
Como durante la noche no habían llegado aprovisionamientos, debíamos mostrarnos cautelosos con la munición. Partimos hacia el oeste, bajo la claridad de aquel hermoso día, con nuestras armas en silencio. Muy pronto nos tropezamos con columnas de refugiados y destacamentos de tropas francesas, que se preparaban a marchar. Un verdadero caos de cañones, tanques y vehículos militares se mezclaban en una confusión indescriptible a carromatos de todo género, cubriendo la carretera y sus aledaños. Manteniendo silenciosos nuestros cañones y lanzándonos de vez en cuando a campo traviesa, conseguimos proseguir el avance, rebasando los obstáculos sin gran dificultad. Las tropas francesas, estupefactas, rendían sus armas y partían hacia el este apenas hacíamos acto de presencia. En ningún sitio se nos opuso resistencia. Los tanques enemigos quedaban rápidamente inutilizados, y el avance prosiguió sin el menor obstáculo. Centenares y centenares de soldados se nos rendían, junto con sus oficiales. En algunos lugares hubieron de ser sacados de vehículos que seguían la misma dirección que nosotros.
Un teniente coronel, al que atrapamos en su coche, se mostró extraordinariamente agresivo ante aquella contrariedad. Le pregunté su rango y destino. Sus ojos expresaban un odio y una furia incontenibles, y me pareció hombre de un fanatismo sin límites. Teniendo en cuenta que, debido a la magnitud del tráfico, corríamos el peligro de que nuestra columna quedara seccionada en algunos lugares, decidí llevarlo con nosotros. El Coronel Rothenburg le hizo seña de que subiera a su tanque. Pero rehusó terminantemente, y tras haberle conminado por tres veces a obedecer, no hubo más remedio que abatirlo de un disparo.
Atravesamos Maroilles (12 Km. al oeste de Avesnes), cuyas calles estaban tan abarrotadas, que no era fácil abrirse camino, a pesar de nuestros repetidos gritos de «—¡A la derecha!». El avance continuó con el sol a nuestra espalda, sumergiéndonos en la ligera niebla matinal. A la salida de los pueblos la carretera estaba llena de tropas y de refugiados. Nuestros gritos de «—¡A la derecha!» producían escaso efecto, y la marcha se hizo lenta, mientras los tanques cruzaban el terreno por ambos lados. Por fin, conseguimos llegar a Landrecies, sobre el Sambre, donde tropezamos otra vez con un amontonamiento de vehículos y de tropas que llenaban las calles. Pero no hubo resistencia. Cruzamos el puente sobre el río, al otro lado del cual encontramos un acuartelamiento francés, lleno de tropa. Mientras la columna de tanques pasaba ante él, Hanke penetró en el patio, advirtiendo a los oficiales que formaran sus tropas y las hicieran partir hacia el este.
Aun creyendo que el grueso de la división se acercaba rápidamente a Landrecies, continué el ataque hacia Le Cáteau (13 Km. al oeste de Landrecies). Atravesamos un ancho bosque, que el enemigo utilizaba como depósito de municiones. Como avanzábamos con el sol a la espalda, los centinelas no pudieron distinguirnos hasta que estuvimos prácticamente sobre ellos. Entonces se rindieron. Proseguí adelantando, hasta el monte situado al otro extremo de Le Cáteau, donde finalmente nos detuvimos. Eran las seis y cuarto de la mañana. Mi primera tarea consistió en comprobar si aún existía contacto con la retaguardia, tras de lo cual intenté ponerme al habla con el Cuartel General de la División.
La división de Rommel había avanzado 80 Km. desde la mañana anterior. Su penetración nocturna por medio de los tanques había sido un acto de gran atrevimiento. Tanto entonces como ahora, muchos jefes consideran sumamente arriesgada la continuación del avance en plena obscuridad, aun cuando se trate de explotar una victoria.
A la izquierda de Rommel, las fuerzas de vanguardia de los Cuerpos Panzer Reinhardt y Guderian se encontraban ahora a su mismo nivel. A primeras horas de aquel día, la división que formaba el ala izquierda de Guderian llegaba al Oise por Ribemont, 33 Km. al sur de Le Cáteau. Tal era la amplitud de la brecha por la que habían irrumpido los tanques, que estos marchaban velozmente hacia la costa, a retaguardia de los Ejércitos aliados en Bélgica. Cualquier tentativa encaminada a rodearlos era ya inútil, porque cada vez que el mando francés señalaba una nueva línea de resistencia, era arrollada por los tanques germanos, antes de que las lentas reservas francesas hubieran llegado o entrado en posición.
Ya era hora de que la división consolidara nuestra reciente conquista, reuniendo al enorme número de prisioneros capturados, que formaban aproximadamente los efectivos de dos divisiones mecanizadas. Había mantenido a mi Plana Mayor constantemente informada de los acontecimientos, pero los mensajes fueron transmitidos a la ventura, desde el tanque de mando del Regimiento Panzer, y no existía medio de comprobar si habían alcanzado su destino. No me complació demasiado el saber, poco después, que sólo una pequeña parte del Regimiento Panzer y del Batallón Motociclista se hallaban en el monte, al este de Le Cáteau. Inmediatamente mandé un oficial a retaguardia. Traté de retroceder para establecer contacto, pero pronto caí bajo el fuego de un antitanque que disparaba desde Le Cáteau, y tuve que regresar a mi punto de partida. Entretanto, Rothenburg, con parte del Batallón Panzer Sickenius, había luchado contra tanques franceses y antitanques, en la colina al este de Le Cáteau, reduciéndolos al silencio. Regresé al Batallón Panzer, que entretanto se había fortificado en posición erizo, y esperé allí la llegada de parte de los motociclistas, bajo el mando del Capitán Von Hagen. Me pareció que la situación frente a Le Cáteau era segura, y creyendo que el resto de la división se nos había ya aproximado, ordené a Rothenburg que se mantuviera allí, con la ayuda del Batallón Motociclista, que puse bajo su mando. Inmediatamente me dispuse a partir con mi vehículo de transmisiones y un tanque «Panzer III» como escolta, al objeto de reunir y desplegar a la unidad. Por el camino nos tropezamos con varios vehículos extraviados, pertenecientes al Batallón Motociclista y al Regimiento Panzer, cuyas tripulaciones nos advirtieron de ir con cuidado en Landrecies, ya que varios de nuestros vehículos habían sido atacados por carros. Proseguí (hacia el este) a gran velocidad. Al llegar a Landrecies, el tanque que iba en cabeza se perdió por las calles. Cuando, por fin, alcanzamos la carretera de Avesnes, vimos, a 100 m. de nosotros, un vehículo alemán destruido por el fuego enemigo. Un tanque o antitanque francés debía encontrarse por las cercanías, pero no tenía tiempo para detenerme, y proseguimos nuestro viaje. Al pasar junto a unos motoristas heridos, éstos nos gritaron frenéticamente que los lleváramos con ellos, pero por desgracia no pude ayudarlos. La situación era comprometida. Los dos vehículos cruzaron la zona peligrosa a pleno rendimiento de sus motores, y pronto alcanzamos la carretera de Maroilles. El tanque de escolta sufrió en aquel instante una avería.
Por todas partes se veían ahora vehículos, incluso en plena carretera. Oficiales y soldados franceses acampaban junto a sus armas. Pero, al parecer, no se habían repuesto aún del terror causado por nuestros tanques, y sin pérdida de tiempo los hicimos marchar mediante gritos y señales. No se veían formaciones alemanas por ninguna parte. Proseguimos a gran velocidad, a través de Maroilles. Al este del pueblo descubrimos de improviso un «Panzer IV» averiado, pero con el cañón de 75 mm. intacto. Suspiramos aliviados. En aquellos momentos, un «Panzer IV» significaba una protección muy eficaz.
Por doquier se veían tropas francesas, a ambos lados de la carretera, muchas acampadas junto a sus vehículos. Por desgracia no hubo manera de capturarlas, ya que carecíamos de hombres que las vigilaran. Cuando lográbamos hacerlas caminar hacia el este, obedecían sólo mientras el vehículo acorazado se hallaba a la vista; luego se apresuraban a desaparecer entre los matorrales.
Ordené al «Panzer IV» que no perdiera de vista la colina al este de Maroilles, y que mandara hacia el este cuantos soldados enemigos vinieran en dirección contraria. Reanudamos la marcha, pero apenas habíamos recorrido unos centenares de metros, el conductor nos avisó de que debía detenerse para llenar sus depósitos. Por fortuna llevaba varios bidones de gasolina. Entretanto, Hanke me dijo que, según la tripulación del «Panzer IV», el pueblo situado más allá había sido reconquistado por los franceses. No era cosa de enfrentarse a tanques y antitanques con mi vehículo ligeramente blindado, de modo que regresé junto al «Panzer IV» con la intención de establecer contacto radiado con los diversos sectores de la división, y organizar una rápida maniobra por el territorio conquistado. Por fortuna no se escuchaba ningún disparo por las proximidades.
Apenas me hallaba otra vez junto al «Panzer IV», cuando una compañía motorizada de fusileros apareció en el horizonte, aproximándose rápidamente desde Marbaix (8 Km. al oeste de Landrecies). Como existía ahora la esperanza de que otros destacamentos la siguieran, me puse de nuevo en marcha hacia Avesnes, sin tropezarme con nadie.
A poca distancia de Marbaix, un automóvil francés apareció por un camino lateral, a la izquierda, y cruzó la carretera por delante de mi vehículo blindado. A nuestros gritos se detuvo, y un oficial francés se nos rindió. Tras el automóvil seguía una caravana de camiones que avanzaba entre una densa nube de polvo. Actuando con decisión, hice que la columna torciera hacia Avesnes. Hanke saltó al primer vehículo, mientras yo me mantenía en el cruce durante un rato, gritando a las tropas e indicándoles que rindieran sus armas… La guerra había terminado para aquella gente. Varios de los camiones llevaban ametralladoras emplazadas en antiaéreos. Era imposible distinguir la longitud de la columna a causa del polvo, así es que en cuanto hubieron pasado diez o quince camiones, me puse a su cabeza y la conduje a Avesnes. Poco antes de llegar a la ciudad tuvimos que efectuar un rodeo, por estar la carretera bloqueada por vehículos ardiendo.
Por fin llegamos a la entrada sudoeste de Avesnes, donde encontramos parte del Batallón París (nombre de su jefe), instalado junto al cementerio. Sin detenerse, Hanke llevó el convoy a un lugar despejado, procediendo a desarmar a los soldados. Vimos entonces que nos habían seguido unos cuarenta transportes, muchos de ellos con soldados.
Fuente: Rommel, E. (2017). Memorias: Los años de victoria (B. H. Liddell Hart, Ed.)
En la imagen: 7.ª División Panzer del mayor general Erwin Rommel, Francia mayo de 1940. La fotografía fue tomada por el propio general Rommel con su cámara Leica III
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