06/01/2026
Hay que levantar al niño
Cronista Emérito Lic. Roberto Servín Muñoz
Cuadernillo 56, 2015
El seis de enero mis compadres tuvieron el privilegio, al partir la rosca, de encontrar al niño y con él, el compromiso de realizar el día dos de febrero, día de La Candelaria, el levantamiento del Niño Dios. Motivo por el cual la comadre, este dos de febrero por la mañana, tomó la delicada figura de Jesús recién nacido, le puso el más elegante de sus vestidos, lo depositó entre almohadas y sedas en un canastito aromatizándolo con el perfume de flores de San Juan, gardenias y nardos rociados con Agua Florida y lo llevó al templo, para oír misa y recibir la bendición. Le faltaron las semillas que debería sembrar ese día, así como los ramos de romero o yerbabuena y las candelas, para recordar que el Niño Dios es la luz del mundo. Por fortuna no olvidó su compromiso contraído el mes anterior y por la noche abrió las puertas de su hogar y al hacerlo brotó de su casa un santo olor a tamales, con lo cual testifico que cumplió cabalmente con la tradición.
Antaño, a este divino infante se le buscaba con anticipación el vestido o ropón que llevaría al presentarlo en el templo a los cuarenta días de su nacimiento. Una vez que oía misa se colocaba en un nicho donde permanecería el resto del año. Si en casa no había una cuidadosa, ingeniosa o hábil costurera, se recurría a la tía solterona, o la curiosa abuela, o a señoritas de edad que aprendieron desde niñas el difícil arte de cortar y bordar, especializándose en esos trabajos diminutos y pacientes. Afortunadamente, en varias ventanas de nuestra pequeña ciudad, aparecían anuncios artísticamente elaborados con chaquira, o en un colorido bordado, o en un llamativo punto de cruz, con la leyenda: “SE VISTEN NIÑITOS DIOSES”.
Eran sin igual eran los vestiditos elaborados por la Sra. Flores Salazar, que atendía la más antigua de las farmacias homeopáticas, en la calle de Allende, a un paso de la Casa de los Perros. Ella no necesitaba poner su letrero. El vecindario y sus amigas sabían que ahí se confeccionaban buenas vestimentas, con un óptimo grado de perfección. Hacía verdaderos primores, desde el cuidado al escoger las telas, los encajes y aún los hilos, hasta crear zapatitos dorados y gorritos tejidos a mano, delicados fondos y calzoncitos de seda, ropones pequeñísimos con bordados con hilo de oro. Eran verdaderas obras de arte.
Por la modernidad ha decaído esta costumbre, pero para aquellos que la conservan, hoy tienen la facilidad de encontrar en los mercados todo lo necesario para engalanar al niño, aun cuando no con la exactitud y la gracia de antaño. Ahí hay tronos, tiaras, huaraches plateados o dorados, capas, casullas, chalecos que nunca substituirán aquellas nacidos de manos prodigiosas como las de las reverendas madres Capuchinas, que afortunadamente todavía bordan primores mientras rezan alabanzas al Creador y a ese niño que visten con cariño.
Esta fiesta tiene también raíces prehispánicas, pues en algunos pueblos los habitantes llevan a la iglesia mazorcas para que sean bendecidas, a fin de sembrar sus granos en el ciclo agrícola que inicia el 2 de febrero y que coincide con el decimoprimer día del primer mes del antiguo calendario azteca, fecha en que se celebraba a los tlaloques ─los dioses menores─, ayudantes del dios Tláloc, encargados de repartir la lluvia por la tierra, en vasijas. Este hecho es muy curioso, pues el dios del agua crió muchos ministros para llover, pequeños de cuerpo, los cuales están en los cuartos del tlalocan (recinto de Tlaloc) y tienen alcancías en que toman el agua de los barreñones (vasijas) y unos palos en la otra mano. Y cuando el dios de la lluvia les manda, cuando atruena, es cuando quiebran las alcancías con los palos, y cuando viene un rayo producto de lo que tenían dentro, o parte de la alcancía. Estos ayudantes eran almas de niños menores de 8 años. Si los niños lloraban era buen presagio.
En el México actual, lo que se celebra el día 2 de febrero, es la festividad en honor a la Virgen de la Candelaria venerada, originalmente, en el pueblo de La Candelaria, Coyoacán. Allí ella era paseada en coloridas andas con tonalidades prehispánicas, elaboradas con flores naturales sostenidas por una estructura de madera. Complementan este adorno con la elaboración de tapetes de aserrín pintado.
El evento era acompañado de salvas de cohetes, castillos multicolores, música de banda, representaciones teatrales, danzas tradicionales, intercambio de flores, la bendición del Niño Dios y su tradicional atolada (llamada así por la cantidad de atole de pinole, que es obsequiado a toda la gente para mitigar el frío de la noche). De los pueblos vecinos llegaban caravanas con imágenes religiosas para disfrutar estas fiestas.
El vestir al niño Dios data del siglo VI, cuando se empezó a celebrar la Purificación de la Virgen María y la presentación del Niño Jesús en el templo de Jerusalén. En el siglo IX se le agregó la ceremonia de bendición de las candelas, palabra de donde se deriva la fiesta del Día de la Candelaria.
Todo el ritual del Día de la Candela, de chocolate espumoso o atole de diversos sabores, es el resultado del sincretismo de dos culturas y religiones: la católica, que remite al momento en que la Virgen María llevó al niño Jesús al templo y la prehispánica, en la que son ofrendados los productos del maíz: los tamales y el atole, para rendir culto a los dioses.
Los tamales son un de platillo que data de la época precolombina y que forma parte de la dieta de los mexicanos. Hay de diferentes variedades: de rajas con queso, verdes con carne de puerco, mole con pollo o carne de res, pero aún más mexicano, el tamal con frijoles y no podemos olvidar los tamales de dulce. Todos deben degustarse con atole blanco de maíz, o de distintos sabores o café de olla. Deben servirse calientes a fin de que den la oportunidad de soplarlos.
En muchas esquinas de Querétaro, entre las calles de los barrios populares o clasemedieros se ubican vendedores de tamales. Los hay que por las tardes salen con un carrito anunciando su mercancía con silbidos. Hay también quienes los fríen hasta dejarlos crujientes, quedando con un delicioso y grato sabor en el paladar. Con la invasión chilanga muchos de los vendedores ambulantes cargan, además, un canasto con bolillos, a fin de despachar una torta de tamal.
Con el tiempo la segunda calle de Arteaga se ha convertido en la avenida de los tamales. Quienes tienen este gusto gastronómico encuentran ahí toda clase de tamales, desde los envueltos en hoja de maíz hasta los oaxaqueños envueltos en hojas de plátano. Sus expendios se han convertido en pequeños refectorios, de manera que pueden pasar a los pequeños patios de las casas o a las salas convertidas en comedores y ahí, bajo la luz de la luna o cobijado por cuatro paredes, se puede disfrutar este platillo mexicano. Estos negocios están abiertos todo el año. Normalmente se les agota el producto, pero el Día de la Candelaria, hay tal demanda, que los tamaleros hacen su agosto en el mes de febrero.