09/06/2020
FE Y POLÍTICA: CARTA A UN CRISTIANO CONSERVADOR
Por Alejandro Rivas
Sé que te gusta descalificarme, llamándome "progre", "rojo", "liberal", "falso hermano", acusándome de "haberme olvidado de la Palabra de Dios para satisfacer mis bajos deseos y venderme a ideologías anticristianas", pero no es así. Simplemente discrepo contigo en tu valoración de la política a la luz del evangelio. Mientras tú quieres y celebras que las leyes reflejen el cristianismo y este se imponga desde el poder a los que no comparten tu religión, yo creo en una sociedad en la que el espacio público debe ser neutral (laico), en la que creyentes y no creyentes comparten valores mínimos (los derechos humanos, la integridad de la función pública, los procedimientos democráticos, la tolerancia, etc.) y en la que, en caso de desacuerdo, prevalezcan los mejores argumentos basados en la evidencia. Esa es, querido herman@, la diferencia entre tu teología política y la mía.
Así que no tienes porque enojarte conmigo, ni considerarme menos que tú. Tu teología política proyecta lo que considera "la" verdad, la lógica propia del gobierno eclesial, al campo de las leyes y las políticas públicas. Mi teología política es diferente: ella es consciente de que el Estado no es la iglesia y que seria injusto aplicar valores cristianos a quienes no creen en ellos. Simplemente aplico la regla de oro (Mt 7:2) y hago a los demás como me gustaría que me traten a mí. Así como no me gustaría que el empresario que llega al poder dirija el Estado como si fuera su empresa, o que el General que llega al poder dirija el país como si fuera su ejército, yo seria incapaz de gobernar con la Biblia a personas que no creen en ella o que no estén de acuerdo con mis interpretaciones. Tu proyección política del cristianismo es la teocracia. Yo simplemente digo que el cristianismo es compatible con la democracia.
Allí donde tú dices que no es posible que una minoría se imponga sobre una mayoría, yo discuto tu concepto de "imposición" y de "democracia". No se impone lo que tiene evidencia, lo que tiene razones suficientes como para ser comprendido por tod@s, lo que genera beneficios a las personas, sobre todo a las más violentadas. Además, en mi teología política ni la mayoría ni la minoría hacen la verdad, sino los argumentos serios y sus efectos prácticos positivos en la vida de las personas. Por eso, esperaba que quisieses debatir alturadamente sobre el género, los derechos de las personas LGTBI, el ab**to, el tema ambiental, la distribución de la riqueza, etc., pero no veo en ti argumentos o evidencia que respalde tu rechazo a estos temas, sino que solo encuentro en ti teorías conspirativas, fakes news, una mala comprensión de la teoría, un desprecio por el mundo académico. Siendo así, puedo concluir que, en el fondo, tu guerra y vehemencia por llegar al poder está motivada por el miedo a que no contradigan tus creencias. Comprendo tu miedo, pero este no es un buen consejero para hacer política. En el fondo, para ti la "imposición" es lo que discrepa con tu religión, pero si todos los individuos o grupos siguieran tu criterio viviríamos en una guerra permanente, traicionando así el ideal evangélico de la paz (Mt 5:9; Jer 29:7).
Por otro lado, veo que para ti la democracia es lo que dice la mayoría, y si la mayoría en un país pertenece a la religión cristiana, esta debería prevalecer. Nuevamente aquí discrepo contigo por la sencilla razón de que nada garantiza que lo que cree la mayoría coincida con la verdad. La democracia, querido herman@, no puede ser confundida con una tiranía de la mayoría. Como ya he dicho, el criterio para gobernar solo puede venir de los valores compartidos y de la deliberación de los asuntos complejos sobre la base de la evidencia y los mejores argumentos. ¿Tienes tú los mejores argumentos o solo has traído al debate público tus dogmas religiosos disfrazados por términos técnicos?
Comprendo el malestar que mi teología política puede causar en ti. De hecho, me acusas de que mi posición es demasiado pasiva y que para mí los creyentes deben limitar sus creencias al ámbito privado, reprimiéndose y escindiendo la vida de fe de cualquier espacio público. Nuevamente te equivocas respecto de mí. Al igual que tú, creo que la fe tiene lugar en todos los ámbitos de la vida, lo que incluye la política. Sin embargo, la diferencia entre tu teología política y la mía está en los fines para usar el poder. Tú apelas al poder de los cargos para construir el Reino de Dios en la tierra, algo de lo que Cristo se alejó (Lc 20:25). Yo, por el contrario, si busco llegar al poder, lo es para asegurar que creyentes y no creyentes podamos convivir en paz, que la gente violentada y discriminada ya no lo sea más, y para garantizar que las personas sean libres de vivir según el estilo de vida que escojan (aun si no es este cristiano), siempre que no hagan daño a otr@s. Tu usas, pues, el poder para favorecer el cristianismo y eso me parece egoísta y narcisista. Mi teología política, por el contrario, usa el poder para favorecer a tod@s, para servirles, y busca imitar a ese Dios que, haciendo salir su sol sobre buenos y malos, no nos fuerza a creer en él y que, incluso, nos da la libertad de pecar contra él. En mi teología política, pues, la fe se usa políticamente cuando es compatible con los valores democráticos o cuando alguien pretende atentar contra ellos. Ella posee un campo autolimitado de influencia porque el poder no es su arma natural para persuadir a los hombres y porque el Reino de Dios, según las enseñanzas de Cristo, no coincidía con el poder de este mundo. Mi teología política postula un uso modesto del poder precisamente porque sabe que el ámbito natural de la fe cristiana es la de la demostración del amor en palabras y obras. Tal es su principal herramienta de persuasión, no los dogmas ni las leyes o políticas que pretenden reforzarlos.
Como yo, tú solías creer que el verdadero campo de la acción cristiana estaba en las relaciones interpersonales, en la acogida de las personas que son capaces de ver en sí mismas sus modos insatisfactorios de vida y en la salvación personal (aunque en cuanto a la acción social evangélica no me hiciste mucho caso). Ahora, tu miedo a perder tu influencia cultural en ámbitos como el s**o, el placer, la educación sexual y la familia te ha llevado a reaccionar violentamente a buscar el poder para preservar tu cuota de influencia. Mi teología política te dice que tus miedos solo empeorarán la situación y que nuestras interpretaciones tradicionales sobre muchísimos temas pueden ser releídos a la luz de las Escrituras y reactualizados. Tú me acusas de "tergiversar la palabra de Dios para amoldarla al mundo", mientras yo te advierto de no caer en la bibliolatría, diciéndote que la Biblia no es un manual que podemos "copiar y pegar" para pronunciarnos sobre diversos temas de los que ella no habla o que esta no comprendió en toda su complejidad contemporánea. Sin embargo, me tomo en serio la Biblia tanto como tú, lo suficiente como para no dejarme aprisionar por la letra o por interpretaciones sesgadas por el miedo. Por eso me apena que ya no me consideres un hermano tuyo, que no sea para ti un interlocutor válido, que me expulses de tus comunidades y no me invites a tus charlas y eventos para darte mi punto de vista. Me temo que llegue el día en que tu teología política, tan popular y extendida, al menos por ahora, haya manchado tanto el testimonio cristiano que no haya lugar para la fe en la mente y en los corazones de los hombres y mujeres contemporáneos.