20/10/2026
Independencia: único futuro con futuro
A Rubén Berríos Martínez, Manuel de J. González, Heriberto Marín, Fernando Martín, Alida MIllán
El independentismo nace en el pecho. Irrumpe como desazón, quizás clara, quizás opaca; punzada de que algo no anda bien. Mucho antes ha sido paisaje: un lugar con cierta geografía: ríos, mar, montañas. Ha sido cielo. Y poesía.
La desazón se transmutará en resistencia que saldrá de esas honduras donde las palabras están vedadas y se expresará en un “¿a cuenta de qué?”
Nace también de la reflexión, del estudio y de un descubrimiento radical de que las retóricas del poder colonizador son puras baratijas. Don Rosendo Matienzo Cintrón, a lo mejor, fue uno de estos independentistas.
Nadie monopoliza la dignidad ni la devoción hacia el terruño imantado. Matienzo comenzó en el anexionismo y, como uno de los más preclaros luchadores de su generación, leyó bien y temprano al invasor. Se apartó de la hojarasca y llamó a la creación de una organización unificadora de los puertorriqueños. Dio así inicio a lo que sería, ya sin las convicciones de Matienzo, el Partido Unión de Puerto Rico. El gobernador norteamericano William Henry Hunt olfateó el deslinde y lo invitó a la Fortaleza para ofrecer el sirop bobo de las ventajerías que la lealtad al gobierno invasor prometía. Matienzo, imagino, se reiría ante tanta torpeza. Ante su firmeza, Mr. Hunt dejó la fachada y descendió a la amenaza.
Don Cayetano Coll y Toste describió la escena. “Siga usted con su fatal propaganda”-dijo el gobernador. “La pierna del presidente Roosevelt la aplastará”. Don Rosendo ripostó: “En el plano de las ideas, la pierna de un presidente y la pata de una vaca significan la misma cosa”. Mr. Hunt tragó hondo. Matienzo, con palabras, lo había convertido en Mr. Hunted. Esto lo digo yo, no don Cayetano.
Nadie monopoliza la dignidad. Don Rosendo ya transitaba hacia la independencia.
Solo el independentismo ha luchado contra la estrategia entrelazada, hidra de tres cabezas, del poder imperial: la represión frontal, la solapada (carpeteo, vigilancia, intercepciones de teléfonos) y la sinuosa. Esta última, cotidiana y la más nociva, retrató al proyecto de olvido y menosprecio de lo nuestro. Ha sido un proyecto de dos estados, el metropolitano y el colonial, para manufacturar, difundir y educar a generaciones con distorsiones y entierros de nuestra historia. Dos estados, un proyecto, una meta: acicalar el colonialismo.
Es el cerco mediático que no cesa. Los que pertenecemos a cierta generación recordamos el logro que significó la publicación en el periódico El Mundo de la serie de artículos de Rubén Berríos, “Los miedos a la independencia”. También recordamos el desencaje cuando un importante programa radial entrevistó don Juan Mari Brás por una hora.
Don Gilberto fue abogado de los que vivieron la primera hidra y conoció, en su entorno de experiencias, las otras dos. Si don Pedro fue maestro—como ciertamente lo fue --don Gilberto fue, sin duda alguna, cirineo y apóstol. Fue atalaya en unos tiempos donde el relumbrón de tantos cambios—industrialización, educación, emigración, mejoramientos reales de miles—ocultó sombras grotescas: un acto de subordinación al Congreso vendido como “autodeterminación”, el día de la invasión disfrazado como el día de la “constitución”. Con paciencia y sin injurias enfrentó a los quincalleros pamplineros, cepa muy cómica de la fauna colonial, que solían hablar con la convicción de los tolomeos.
Ahora es bastante fácil ser independentista: la decrepitud se vive y respira. Solo los momios y los locos defienden la colonia. Solo los falsos profetas siguen brincoteando en espera de que su Baal norteño y anaranjado les responda. Pero hubo un tiempo en que ser independentista fue sinónimo de “locura” y alarma. Los “lúcidos” disfrutaban su holganza.
Ante una crítica de don Gilberto a la política Santa Cló de exenciones contributivas por diez años, uno de aquellos quincalleros pamplineros, don Luis Solá Morales, aseguraba a la prensa que la política económica del Partido Popular iba más allá de la vida de sus propulsores”. Esa política--dijo “contempla los años y los siglos en que ha de haber seres humanos viviendo en Puerto Rico”. Nadie se ría. Eso fue en 1951. ¿Quién estaba de remate?
Solo el independentismo tuvo y tiene luz propia. Las otras dos corrientes por donde la metrópoli y algunas voluntades enrumbaron deseos colectivos siempre fueron lunas. No como la luna que nos alumbra, claro está. Más bien son lunas que orbitan por Plutón y reflejan—porque no puede ser de otra manera--ráfagas cada vez más lánguidas de la estatua muda. Todas “sus ideas” nacen allá, en el permiso anhelado o en la indiferencia de la metrópolis.
El independentismo es un collar de eslabones que une generaciones y que se extiende hasta Lares. Como escribió Frederick Engels—y Marx repitió—ese pasado pesa y recorre nuestro presente y futuro. Las sombras-antorchas, hombres y mujeres, acciones y palabras, nunca han dejado de retumbar en las memorias independentistas.
Trabajar dentro de instituciones no tiene, en sí mismo, ni nobleza ni heroísmo. Entrar y pelear en el vértigo y salir luego como salieron Sadrac, Mesac y Abed-nego del horno pagano, eso necesita la nobleza y heroísmos de una humanidad distinta, por no decir superior.
Una prueba infalible para evaluar ideas y acciones políticas es pasarlas por el cedazo de algunas preguntas: ¿han protegido y mejorado la vida? ¿Han protegido y mejorado la riqueza de esa naturaleza única de cada nación? ¿Han enriquecido nuestra sensibilidad artística e histórica? Con el cambio generacional de 1968, el PIP entró en terrenos prohibidos. Rubén, bien joven, sufrió cárcel por retar la presencia guerrerista en Culebra. Treinta años más tarde, y entonces parte indispensable de lo que ya era un movimiento nacional, Rubén hizo lo mismo en Vieques. En ambos tiempos, la cárcel fue el mismo desenlace. En el mismo año conoció el diagnóstico de una enfermedad de cuidado y entonces corrió para la gobernación. Es algo más que carácter. Es el sacrificio como convicción, inevitabilidad y sin amarguras. Es que las sombras-antorchas son otra nube de testigos. Y brotan desde el pecho.
La espiritualidad de una cultura, en su literatura y filosofía, comunica a veces premoniciones y rutas. En nuestro caso, en el mismo de su novela corta, Los dos Indios. Episodio de la conquista de Boriquen, don Ramón Emeterio Betances profetizó nuestra identidad. Escribió: “Caminaban. Y, sin embargo, la noche era sombría y bramaba la tormenta.” Y en la primera oración del segundo párrafo: “Caminaban. Caminaban siempre hacia adelante”.
¡Felicitaciones al PIP en el 80 aniversario de su fundación!
Roberto Alejandro
ENDI, 19 de octubre de 2026
(En la foto, Rubén Berríos pronuncia su discurso en el 80 Aniversario del PIP.)