29/09/2023
AQUELLA MAÑANA DEL 29 DE SETIEMBRE EN BOQUERON.
Con la luz difusa del crepúsculo matutino de aquel 29 de setiembre, los combatientes paraguayos vieron que una seria de amorfas figuras blancas se movían del bosque enmarañado.
Después de un momento de estupor, comenzó a correr la voz de que serían señales indicando que el enemigo había decidido arriar su pabellón y doblegarse a nuestra voluntad, en ese primer choque brutal de las armas.
El crepitar de los disparos, hasta ese momento intenso, comenzó a declinar, hasta terminar completamente en todo el contorno.
El Alto mando había ordenado que esa madrugada se llevase a cabo un asalto general a las últimas posiciones enemigas, que ya se encontraban tambaleantes después de tres semanas de cuenta lucha.
La coordinación del salto sería con cohetes.
Cuando los combatientes comenzaron a distinguir las figuras blancas en sus respectivos frentes, ya habían sido lanzados los primeros, indicando el alerta y ya los soldados se estaban incorporando en sus hoyos individuales, con la mirada fija al frente, el índice sobre el disparador, esperando la siguiente señal, que sería la ejecutiva.
Pero estas señales de rendición, ¿no sería un ardid del enemigo para barrer con su mortífero fuego a nuestras líneas desprevenidas?
Tímidamente al comienzo, ambos bandos tomaron contacto entre sí, y el enemigo comenzó a entregarse incondicionalmente.
Dice Taborga recordando ese momento: “En algunos lugares, el enemigo que se encontraba a 10 metros de distancia, irrumpe en las zanjas y en vez de ultimar a nuestros soldados a bayonetazos, los abrazan, les dan agua y se apresuran a ofrecerles sus paquetes sanitarios”. (p. 83).
Y el Tcnel. Cuenca: ". . . en otros sectores de mis líneas veo con sorpresa que estaban algunos soldados y oficiales paraguayos en nuestras trincheras y fuera de ellas conversando muy amigablemente, abrazándose; los nuestros recibían galletas y un poco de agua". (p. 72).
Efectivamente. La fresca brisa septembrina y la alegría de la primera gran victoria conquistada a fuerza de temple y corazón hizo que se olvidaran momentáneamente las penurias pasadas hasta ese momento, y en los radiantes rostros de los paraguayos se destacaban los jubilosos ojos.
Los bolivianos, por su parte, no las tenían todas consigo. ¿Cómo se comportarían los “pilas” con los vencidos? ¿Serían verdad la versión que corría, de que eran crueles e inhumanos, y que serían todos asesinados luego de atormentarlos?
Estas especies, y muchas más, eran creídas firmemente por muchos bolivianos.
Todos estos infundios fueron prontamente aclarados, sin embargo, en este primer encuentro entre vencidos y vencedores, que se miraban mutuamente con lógica curiosidad. El vestido, el equipo, el comportamiento, el idioma: todo les llamaba la atención.
A los desesperados pedidos de “¡Agüita, paraguayito!” correspondían los nuestros ofertándoles el resto de la poco agua racionada, que guardaban como preciosa reserva para beberla durante lo más álgido del combate, como lo habían aprendido durante esos 20 días penosos.
Sin embargo, se desprendían del precioso líquido al ver que los bolivianos estaban en peores condiciones. Otros, ya con la caramañola vacía, ofertaban en cambio galletas, o carne conservada, o ci*******os, confirmando así, una vez más, nuestro tradicional espíritu de hidalguía y hospitalidad, aumentando en este caso por la compasión hacia el enemigo, camarada al fin, en desgracia.
Pero, los que recibían las mejores atenciones dentro de nuestros pobrísimos medios materiales, eran indiscutiblemente los heridos, tanto paraguayos como bolivianos apretujados en un rancho, con principios de gangrena algunos, y despidiendo fuerte olor.
A media mañana, recogidos todos los prisioneros en la plazoleta del fortín, (que según Fernández eran 844 p. 348), según el mayor Antonio González más de 566 (Ayala Moreira, p. 160) y según el Tcnel. Cuenca 594 (p. 74), se les ordeno la iniciación de la marcha hacía Isla Poí, y las unidades paraguayas, luego de reorganizarse, iniciaron igualmente la marcha, pero hacía la conquista de nuevos laureles.
Y así se cerró este primer capítulo glorioso de esta nueva epopeya de nuestra historia.
Imagen: soldado paraguayo dando de beber agua a un soldado boliviano moribundo. Fotograma del documental "En el In****no Verde" de Roque Funes. Fotograma original en blanco y negro coloreado digitalmente.